ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El hermano es el hermano y se le agradece y quiere. Foto: Nieves Molina

No es de ahora. En el barrio todo el mundo se conoce de siempre, y cada cual sabe quién es quién: por el apellido, por el camina’o, por cómo revira los ojos y por los años y los años, que siempre ponen sobre la mesa tiempo de sobra para que la gente saque los demonios, los ángeles y las enredaderas con espinas y flores de estación que lleva dentro.

Pareciera que todo pasa y se borra. A veces alguien se asoma a la calle y la ve tan de cemento, que no imagina todo lo que tiene para decir y hasta la presiente muda.

Pero basta con que algo extraordinario ocurra. Que vuelvan a entrar a robar en la casa de al lado o que el de la otra esquina salga echando humos en su tareco rumbo al hospital, para salvarle la vida a tu hija.

Cuando esas cosas pasan, el barrio casi nunca se sorprende, porque el barrio sabe lo que tiene y lo que lo ronda. Te va a decir que la gente de al lado se estaba confiando y que dos o tres veces al día había uno que se paraba cerca e intentaba ver para dentro. Que ese «uno» es el mismo ratero de hace un tiempo, que se las arregla para estar de vuelta… y que ahora el mal fue al lado, pero ya todo el barrio más o menos sabe lo que es vivir con su hocico tras la nuca.

A ratos lo ve pasar y hace como que no se acuerda, como que lo perdona, pero en el fondo lo desprecia.

Con el de la otra esquina pasa un poco similar, que viene y va y el barrio no reacciona mucho, lo trata como a un tipo normal, pero el barrio en el fondo sabe que el día en que al niño o a la niña de alguien le dé una fiebre por la madrugada o se rompa una canilla montando chivichanas, el de la otra esquina será de los pocos a los que se le pueda tocar la puerta a pedir ayuda, de los pocos que siempre van a decir que sí, aunque tenga sus propios rollos en la casa, aunque tenga las ojeras llegándole a los hombros.

No es una intuición. Se llama memoria. Porque aquí todo el mundo se acuerda de todo, le convenga o no, lo diga o no, lo asuma de una forma u otra. Y es que cuando la gente no es exactamente rica, como en este barrio, a ratos cae en un bache un poco más profundo que el anterior, y entonces queda marcado hasta en los riñones quién es el que siempre viene a joder y quién, en medio de la desgracia, cuando para unos cuantos apestas, siempre –también siempre– se las arregla para llegar con la mano abierta de ofrecer y de abrazar.

No hablamos de esencialismos. Hay quien jode un día y después no jode más. Como hay quien ayuda una vez y ya no ayuda más nunca. Pero hay gente que siempre está jodiendo y otras gentes que siempre están buscando cómo te salvan, y se les conoce por el apellido, por el camina’o, por cómo revira los ojos y por los años y los años.

Desde un balcón escondido entre otros balcones, tanques de agua, techos y matas de mango, una vieja y un viejo ven cómo entra a la bahía de Matanzas un barco, y después observan cómo sale. Saben de dónde viene y adónde regresa.

Esos viejos son como el barrio, que a veces parece de piedra y mudo, pero sabe y se acuerda y sigue viendo. Se alegra o se entristece, pero a estas alturas no se sorprende nunca. El delincuente es el delincuente y se le desprecia, pero, con una u otra diferencia, el hermano es el hermano y se le agradece y quiere.

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