ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

El fallo conocido la semana pasada en Los Ángeles, California, en el que un jurado declaró responsables a Meta y YouTube por los daños causados a una joven debido al uso adictivo de sus plataformas, puede parecer, a primera vista, un caso más entre muchos. Sin embargo, lo que lo convierte en un hecho relevante es que no se trata de una multa aislada ni de un escándalo pasajero. Por primera vez, un tribunal ha señalado directamente al diseño mismo de las redes sociales como causa de daño.

Hasta ahora, las grandes plataformas habían logrado protegerse con el argumento de no ser responsables de lo que ocurre en el ecosistema digital, porque el contenido lo generan los usuarios. Es decir, se han presentado como meros intermediarios, como si fueran una plaza pública neutral donde cada cual dice lo que quiere. Se negaron, a reconocerse como «editores», aunque en la práctica ordenan la información con algoritmos, deciden qué se ve más y diseñan la experiencia del usuario. Es decir, influyen como medios sin asumir sus obligaciones que están reguladas en Estados Unidos.

Este fallo rompe esa lógica. El jurado no condena a Meta y YouTube por lo que la gente publica, sino por cómo están construidas sus plataformas.

Para entender por qué esto es importante, conviene explicarlo de forma simple. Las redes sociales no están diseñadas solo para que la gente se comunique, sino para que el usuario permanezca el mayor tiempo posible conectado. Eso no es casualidad: cuanto más tiempo pasamos en ellas, más publicidad vemos y más dinero generan las empresas.

Para lograrlo, utilizan mecanismos muy concretos, como videos que se reproducen automáticamente, pantallas que nunca terminan de desplazarse (lo que se conoce como «scroll infinito»), y algoritmos que nos muestran contenidos cada vez más ajustados a lo que nos engancha. No es que el usuario «quiera quedarse»; es que el sistema está pensado para dificultar que se vaya.

El veredicto introduce una idea nueva en el debate público. Si una empresa diseña un producto sabiendo que puede generar comportamientos compulsivos, especialmente en menores, entonces no puede lavarse las manos. Es responsable. Igual que lo sería una empresa que comercializa un producto defectuoso, engañoso o peligroso.

Esto abre una puerta que puede tener consecuencias profundas. En primer lugar, porque hay miles de demandas similares en curso. Si este criterio se consolida, las plataformas podrían enfrentarse a una cascada de litigios. Por tanto, más allá de lo judicial, el impacto es político: obliga a replantear qué son realmente las redes sociales.

Durante años se han presentado como herramientas de libertad, de conexión, de democratización de la información. Este caso muestra la verdad: son sistemas diseñados para capturar la atención, moldear el comportamiento y, en algunos casos, deteriorar la salud mental, especialmente entre los más jóvenes.

El cambio que puede venir no será inmediato. Las empresas recurrirán el fallo, y el proceso será largo. Pero el precedente ya está ahí. A partir de ahora, será más difícil defender que estas plataformas son neutrales, lo que puede traducirse en nuevas regulaciones, cambios en el diseño de las aplicaciones o mayores controles sobre cómo operan.

En el fondo, lo que está en juego es una pregunta más amplia: ¿puede el beneficio económico justificar cualquier diseño tecnológico? El veredicto sugiere que no. Y, por primera vez, apunta a que las redes sociales no solo deben responder por lo que contienen, sino por lo que hacen contra nosotros.

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