ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Aunque se restableciera la navegación en el estrecho de Ormuz en corto plazo, los analistas advierten que la normalización de las cadenas de suministro de alimentos podría llevar semanas. Foto: AP

La escalada del conflicto desatado por Estados Unidos e Israel contra Irán no solo ha provocado una sacudida en los precios del petróleo y el gas, sino que ha abierto un frente igualmente peligroso, pero menos visible: el mercado mundial de fertilizantes, cuya interrupción amenaza con desencadenar una crisis alimentaria de alcance global.

Según reportes de RT, las restricciones a la navegación por el estrecho de Ormuz —por donde transita alrededor del 30 % de las exportaciones mundiales de fertilizantes— ya han dejado varadas más de 1,1 millones de toneladas de estos productos, incluyendo 570 000 toneladas de urea. A diferencia del petróleo, este sector no cuenta con reservas estratégicas que puedan amortiguar el impacto, por lo que cualquier interrupción afecta directamente la seguridad alimentaria de los pueblos.

Los países del golfo Pérsico constituyen un nodo clave en el mercado global de fertilizantes. La región representa entre el 30 y el 35 % de las exportaciones mundiales de urea y entre el 20 y el 30 % de las de amoníaco, productos que dependen directamente del gas natural. Además, es la principal proveedora de azufre, componente fundamental para la producción de fertilizantes.

Las consecuencias, sin embargo, van mucho más allá de la logística. La interrupción de los suministros de gas natural de Catar ha obligado a empresas productoras de fertilizantes en India, Bangladés y Pakistán a detener parcial o totalmente sus operaciones. Egipto, otro actor relevante en el mercado, perdió los suministros de gas de Israel y ahora debe adquirir gas natural licuado a precios cada vez más elevados en el mercado internacional.

La reacción en los precios ha sido inmediata. Los futuros de urea subieron a 684 dólares por tonelada, el nivel más alto desde octubre de 2022, cuando en febrero se mantenían en torno a los 466 dólares. Pero los especialistas advierten que el golpe más fuerte podría estar aún por llegar: se producirá con retraso, en forma de encarecimiento de los alimentos y posibles crisis alimentarias, sobre todo en los países más vulnerables.

Adam Tooze, historiador y profesor de la Universidad de Columbia, señaló que la escalada ha ocurrido en un momento particularmente sensible: el inicio de la temporada de siembra en el hemisferio norte. «La región del golfo Pérsico maneja alrededor de un tercio del comercio mundial de nutrientes inorgánicos y, en términos del ciclo agrícola, este es el momento clave para que los envíos salgan del golfo hacia las principales zonas agrícolas del mundo», advirtió el experto.

El mercado de fertilizantes se caracteriza por su alta interdependencia. China, por ejemplo, ya antes del conflicto había restringido sus exportaciones para proteger su propia agricultura, pero depende de Brasil —uno de los mayores consumidores de urea procedente de Oriente Medio—, que a su vez suministra soja para la alimentación del ganado en el mercado asiático.

Varias economías importantes se encuentran en la zona de riesgo: Brasil, India, Tailandia, Bangladés, Turquía, Australia y Estados Unidos. Para países como Sudán y Bangladés, la dependencia de los suministros procedentes del golfo supera el 50 %, lo que los hace especialmente vulnerables ante las interrupciones.

La nueva crisis se suma a una situación de inestabilidad alimentaria ya existente. Según datos de la ONU, más de 670 millones de personas —alrededor del 8 % de la población mundial— enfrentan hoy hambre crónica. Regiones como Sudán, Sudán del Sur, la Franja de Gaza, Yemen y Malí ya se encuentran en la quinta y más grave fase de hambruna, y para ellas el encarecimiento de los alimentos y las interrupciones en las cadenas de suministro representan una cuestión existencial.

Tooze recordó que, durante la crisis alimentaria de 2022, los países africanos más afectados fueron aquellos que dependen de la importación de productos agrícolas: Costa de Marfil, Kenia, Nigeria y Sudáfrica, estados que carecen de recursos internos suficientes para adaptarse rápidamente a las crisis externas.

Aunque se restableciera la navegación en el estrecho de Ormuz en el corto plazo, los analistas advierten que la normalización de las cadenas de suministro podría llevar semanas, un tiempo del que los agricultores no disponen. El impacto final, advierten, se reflejará en los mercados mundiales a través del encarecimiento de los alimentos, afectando a los consumidores de todo el mundo, especialmente a los pueblos del Sur Global que ya enfrentan condiciones adversas derivadas del injusto orden económico internacional.

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