Es fácil ver las ceibas en las grandes avenidas de Buenos Aires. Los cálculos más conservadores hablan de unas 3 500 en toda la ciudad. Las ceibas son árboles que viven mucho y que, por tanto, han estado ahí –estar es algo más que permanecer– por tiempo largo.
Hoy hay marcha en Buenos Aires. Será inmensa, dicen. Por la memoria, explican. Y por otras cosas que deberían venir con ella, porque la memoria no es solo asunto de museos y estatuas, aunque los incluyan.
La memoria siempre tiene que servir para algo. Para decir, por ejemplo, que fueron 30 000 los desaparecidos y no solo 8 000, como tratan de «matizar» quienes hoy en el poder niegan o relativizan lo que ocurrió. Pero sobre todo para que nunca más se agregue un nombre –¿otra vez sin cuerpo?– a la lista.
Las dictaduras no aparecen porque sí y, cuando llegan, no matan porque sí y punto, aunque de pronto haya gente a la que le sepa a éxtasis el olor de la sangre.
En Argentina, en Chile, en Uruguay, en Brasil… las dictaduras llegan para frenar algo y asesinan y desaparecen para frenar algo, para detener, por el tiempo que se considere «prudente», el giro de la vida, de un tipo de vida, al costo de ella misma, en lo literal y en lo colateral.
Dicen que las ceibas de la ciudad viven menos y, aun así, viven mucho o lo suficiente para saber lo que son 50 años o cien en Buenos Aires: los tangos que se tararean, las murgas que pasan, los emigrantes que llegan, los hijos e hijas que se van, los discursos que estremecen, las palabras que paralizan, el estruendo a boca de jarro, el grito, la multitud una y otra vez ahí, las madres, las abuelas, los viejos de un miércoles y otro, el Congreso fortificado, el helicóptero en que viene y va el presidente y que, desde un balcón, en la calle de los teatros, un hombre convierte en ironía al ritmo de las aspas.
Y los besos irrepetibles, pero reiterados, de las décadas, y la pregunta de tú qué hiciste, de por qué estás vivo, de quién naciste… y el silencio que cargan los que ya dijeron que nunca van a abrir la boca.
No es la piel de la ceiba ni sus flores de estación las que guardan todo esto, aunque se preste para la metáfora fácil. Es el alma argentina, que sabe inventarse muchos tipos de belleza para la cronicidad del diario, y hasta un gruñido entre lo doloroso y lo irreverente cuando los cansados preguntan por qué carajo no dejan de joder con lo que pasó, que ya pasó.
Pero la memoria no es solo para acordarse ni solo para cantar melancólicos con Sabina que «Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear y al llegar a la Plaza de Mayo, me dio por llorar y me puse a gritar: ¿dónde estás?».
La memoria es para seguir construyendo la vida, un tipo de vida, que nunca se detiene, aunque la aten de manos y pies y la lancen 30 000 veces a un río que parece mar.
Hoy vamos a la calle, dicen, no para llorar por los 50 años del zarpazo de Videla, sino para hacer lo que sabemos, que es nacer y nacer y nacer como las hojas cada vez que el invierno nos deja los gajos secos y llenar todo de flores y crecer un tanto más… y crecer y clavar profunda la raíz, porque nos parecemos, nadie sabe bien por qué, más a la ceiba que al miedo.













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juan manuel dijo:
1
25 de marzo de 2026
00:50:47
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