ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Ilustración de Michel Moro

Juega, Ernesto, con el fango y el polvo. Levanta todas las piedras y descubre lo que guardan. Mánchate las falanges con el tallo de los árboles y tirando de la hierba mala. Descubre con tus dedos finos las espinas diminutas y a ratos dolorosas del bledo común, que brota en aceras, contenes y terrazas.

Y tú, Renatta, ponte a contar cuántos árboles tiene un cerro y cuántas guacamayas atraviesan el cielo de tu ciudad en nueve minutos. Reclama tu derecho a ir de vez en cuando descalza para que sientas cómo el mundo –el caminar justo y fino del milpiés, la carrera entre charcos del chigüire, el segundo en que se posa allá en lo desconocido el zamuro– se conecta con tu sangre.

Rita y Ward, piensen en sus poetas e inventen travesuras con las nubes, que siempre pasan y tienen algo para decir. Escruten las arrugas del olivo y adivinen sus marcas en el tiempo futuro. Intuyan cuánta felicidad puede ser capaz de caminar sobre la arenilla seca y escuchen las historias que brotan de un recodo y otro de la barriada.

Pero no le regalen su cuerpo y su reloj al miedo, porque el miedo sabe succionar los colores y las luces que por derecho pertenecen al rostro de los niños. Y cuando eso pasa, el miedo crece y los niños y las niñas dejan de serlo a deshora.

Todo tiene su tiempo y el de ustedes, hoy, es el de descubrir la maravilla del grano de frijol que se transmuta en planta; y desconfiar de lo pronto que se vuelve oscuro y recio el tallo del framboyán cuando lo condenan a nacer y vivir en un frasco de vidrio; y entender que ni la belleza del bonsai ni la fiereza del rayo existen frente a las raíces y las ramas de una ceiba en los altos de un monte.

Tiempo de mirar, de mirarlo todo hasta el cansancio: el recorrido silente de las luces del cocuyo, las mariposas brujas tras las puertas, los peces escribanos saltando frenéticos del mar, la levedad con que se pierden las jicoteas en el verde ocre de los ríos.

Y seguir viendo y preguntando: por qué la flor mariposa nunca muere tras las crecidas; por qué los enamorados escriben sus nombres en cualquier parte; por qué cambia de color y de sabor la fruta; por qué suelen cansarse los viejos; por qué se humedecen los cristales y los dedos y las manos y las cuevas; por qué el colibrí no le tiene miedo a la culebra, ni el pitirre al gavilán, ni el pequeñísimo pez chopa de los arrecifes al enorme y violento buzo, ni el silbido de los tirapiedras y las ondas al estruendo seco de los hierros.

Siempre será tiempo de ver y preguntar, pero ninguno como este que ustedes viven, aquí, allá o acullá, en el Caribe o el Levante, Ernesto, Renatta, Rita y Ward.

Porque después, cuando su tiempo salte y los años les robustezcan las piernas y la espalda, tendrán que lanzarse desesperados a hacer todo –y va a ser mucho– lo que nosotros y nosotras dejaremos a medias, mal hecho o por empezar.

Y cuando ese momento llegue, los más justos, los buenos, serán ustedes, que tienen la vida, la sensibilidad y la fuerza que puede acumular una gota de lluvia, que ya sabrán que hasta en el desierto se florece y que la luna no pasa dos noches seguidas por la misma ruta.

Además, ya sabrán también que invencible es la ceiba y el olivo, pero no el miedo.

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IsaPinar dijo:

1

19 de marzo de 2026

21:07:13


Qué educativo para las nuevas generaciones, cuánta belleza. Gracias