Quienes no somos expertos en temas militares, de política internacional, o en otros asuntos que guardan relación directa con el comportamiento y el rumbo del mundo, pero sí (somos) padres, abuelos, hijos, esposos, hermanos, vecinos, amigos…, y sentimos en carne y en latido propios el dolor de quienes están a miles de kilómetros, podemos darnos el lujo hasta de equivocarnos con la mejor intención.
Puede estar sucediéndome ahora mismo, si afirmo que quizá nunca antes para este cascarón de nuez que representa nuestro planeta en la galaxia, fue tan real el peligro de sumergirse en las tinieblas de su propio holocausto.
El panorama tecnológico de hoy no es el que había cuando estallaron la primera y la segunda guerras mundiales, por razones muy similares: codicia sin límite ni escrúpulos, afán de dominio, intereses geopolíticos por encima de todo, incluso del derecho a la vida.
El poder destructivo de las armas actuales es, sencillamente, demoledor, brutal, como asombrosos resultan su alcance, velocidad, nivel de precisión sobre el objetivo.
Aun así, instalaciones civiles y, más triste o lamentable aún, personas inocentes, devienen blancos directos, mortales, grisáceo césped en el cual se plantan la muerte, el sufrimiento humano.
Cierre usted los ojos –viva donde viva, tenga la edad, sexo, creencia u orientación política que tenga– e imagine el infierno que envolvió a la escuela iraní en la que perecieron, destrozadas por el bombardeo agresor, 165 niñas. Acerca del dolor de madres, padres, hermanos, abuelos… prefiero no teclear ni una palabra, por saber que quedaré a años luz de la desesperación interna en todos ellos.
La avaricia, la arrogancia y la prepotencia –armas más peligrosas y por lo visto, más incontenibles que las mismísimas ojivas nucleares– han desatado una guerra que puede, así de «simple», conducir al exterminio de la humanidad.
Para algunos, los tiempos del diálogo, del respeto al Derecho Internacional, a la vida, a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, a la coexistencia pacífica, a la paz y al amor entre los seres humanos, son viejas letras sobre pergaminos, que también las bombas pueden reducir a cenizas en cualquier lugar y momento.
Ilusos quienes, mareados de poder, se sueñan vencedores y no alcanzan a verse dentro del gran perdedor: la vida, la especie humana.
Aparto ya del teclado la yema de mis dedos, que no son –repito– los del experto en esos temas, sino los del padre, abuelo, hijo, hermano, amigo que, en Cuba, Alemania, México, Australia, Vietnam, Haití, Angola, Canadá, España, China, Gaza, Irán, Sudáfrica, Brasil, Rusia, Bélgica, e incluso, dentro de Estados Unidos e Israel, desean lo que por derecho natural merece y necesita toda persona, toda familia, toda nación: paz, tranquilidad, respeto, progreso, hermandad, futuro.
Sean estas líneas virtual refugio o regazo para los miles de niños que no hallan a sus padres –y viceversa– entre llamas, escombros o explosiones, y para los que –como lamenta esa tierna canción convertida en himno– «han apagado su voz».
Y sea –este puñado de párrafos– sensata alerta, ojalá no baldía, frente a la mayor estupidez (no hablo de error, desliz o imprecisión) que puede cometer un irracional: hundir en medio del océano el barco cuya cubierta los acoge a él y a su familia.













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