Hay momentos en la historia de la diplomacia mundial que deberían ser grabados para que las futuras generaciones entiendan hasta dónde puede llegar la desfachatez del gobierno de turno de Estados Unidos. La imagen de la primera dama de ese país empuñando el mazo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es, sin duda, uno de esos instantes; presidiendo la instancia de carácter vinculante más importante del planeta, es un insulto a la seriedad que requieren los asuntos de guerra y de la paz.
Pero no nos llamemos a engaño: la banalidad es el método. Para Washington, las Naciones Unidas dejaron de ser, hace mucho, el foro en el que se busca solución a los conflictos, para convertirse en un escenario más de su propaganda. ¿Qué mejor manera de humillar a la comunidad internacional que enviar a la esposa del presidente, una modelo sin experiencia política ni conocimiento alguno de relaciones internacionales, a ocupar el sitial que debería corresponder a un jefe de Estado o, como mínimo, al secretario de Estado? Es la diplomacia del desprecio elevada a su máxima potencia. Es decirle al mundo: Este órgano es tan poco importante para nosotros que mandamos a la señora a que se haga unas fotos, mientras nuestros generales deciden quién vive y quién muere en Oriente Medio.
El cinismo alcanza cotas estratosféricas cuando analizamos el contenido de la sesión. Estados Unidos, el país que acuñó el eufemismo más repulsivo de la historia bélica –eso de «daños colaterales» para referirse a niños despedazados por sus bombas–, convoca a una reunión para hablar de «protección de la infancia en conflictos armados». Es el imperio de la hipocresía en estado puro.
Porque mientras ella soltaba sus perlas sobre la necesidad de «conectar a los niños con la tecnología» y la importancia de «salvaguardar el aprendizaje», las niñas de la escuela de Minab, en Irán, aún yacían bajo los escombros con sus cuadernos, empapados en sangre, con sus mochilas, perforadas por la metralla fabricada en Estados Unidos. No, esos no son «daños colaterales», eso son crímenes de guerra. Y los criminales no suelen sentarse a hablar de los derechos de sus víctimas, a menos que sea para lavarse la cara ante las cámaras.
La hipocresía no termina ahí. Habló de la necesidad de protección de los menores y la administración de su esposo fue la que recortó fondos precisamente a la Oficina de la ONU para los Niños en Conflictos Armados, a UNICEF, y se ha retirado de la UNESCO. En otras palabras, destruyen con una mano las herramientas multilaterales que dicen defender con la otra.
El discurso de la primera dama fue un prodigio de esquizofrenia política: habló de paz duradera y conocimiento, pero no tuvo una sola palabra para las víctimas de la guerra que su esposo acaba de escalar. En cambio, sí encontró tiempo para extender sus condolencias a las familias de los «héroes» estadounidenses caídos. Porque en la geopolítica del imperio, las niñas iraníes no existen; su sangre no mancha la alfombra de la ONU.
Pero hay algo más, algo que hace que este episodio trascienda el cinismo político para adentrarse en el terreno de lo grotesco. Y es que mientras la señora presidía con su sonrisa de porcelana la sesión sobre protección infantil, su esposo enfrenta, desde hace años, serias acusaciones y vinculaciones con el caso Epstein, ese entramado de pedofilia de élite que ha salpicado a la crema y nata de la política y las finanzas estadounidenses.
Este es el contexto que la diplomacia estadounidense pretende ignorar. El país que bombardea escuelas en Irán, que protege a sus élites pedófilas, que acuña eufemismos para justificar el asesinato de niños, se atreve a presidir el Consejo de Seguridad con la excusa de proteger a la infancia. Es el colmo del cinismo. Es la institucionalización de la doble moral.
Las fotografías de la modelo en la ONU dan la vuelta al mundo. Impecablemente vestida, rodeada de flashes, posando como si aquello fuera una pasarela de moda y no el lugar en el cual deberían tomarse las decisiones más graves para la humanidad. Estas imágenes tenían, como telón de fondo, los cadáveres de las niñas iraníes, de los niños asesinados en Gaza. Y más atrás aún, el fantasma de Epstein.
Que la historia juzgue este momento con la dureza que merece. Porque cuando la desvergüenza se institucionaliza, cuando la hipocresía se convierte en política de Estado, cuando se utiliza a los niños como escenografía para fotos oficiales, entonces la humanidad ha tocado fondo. El cinismo nunca había vestido tan bien.















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