Los déficits actuales en salud, educación y el fomento de destrezas para el trabajo podrían costar a los países en desarrollo el 51 % de sus futuros ingresos laborales, estimó el Banco Mundial, sin desconocer los rezagos precedentes.
En los últimos tres lustros, dos tercios de las naciones de renta baja y mediana experimentaron deterioros en los niveles de nutrición, aprendizaje y en la capacidad de la fuerza laboral, señaló la institución, en febrero de este año, en su informe Desarrollar el capital humano y medir el progreso: en el hogar, el vecindario y el trabajo.
Sin embargo, desde 2015 la riqueza del 1 % más rico de la población mundial creció en más de 33,9 billones de dólares en términos reales, denunció una confederación de organizaciones no gubernamentales (ONG), con motivo de la IV Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, que sesionó el año pasado en Sevilla, España, bajo los auspicios de las Naciones Unidas.
Con esa cantidad de dinero se podría poner fin 22 veces a la miseria anual, si tenemos en cuenta que el umbral de pobreza más alto establecido por el Banco Mundial es de 8,3 dólares al día, agregó el análisis de Oxfam Internacional, compuesta por 19 ONG.
Pero la inequidad monetaria es apenas una arista. El progreso humano «está experimentando una desaceleración sin precedentes», advirtió el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), cuyas evaluaciones integran las dimensiones de salud, educación y economía.
Más allá del «alarmante ritmo de desaceleración», las mediciones del índice de desarrollo humano (IDH) ponen de manifiesto que las desigualdades entre los países ricos y pobres siguen aumentado, expuso el PNUD.
Los retos, opinó, son «especialmente serios» para las naciones con los valores más bajos de IDH, y «se ven agravados por las crecientes tensiones comerciales, el empeoramiento de la crisis de la deuda, y el surgimiento de una industrialización sin creación de empleos».
Al actualizar sus pronósticos, el Fondo Monetario Internacional indicó que el Producto Interno Bruto global podría crecer 3,3 % en 2026, y 3,2 puntos porcentuales en 2027, para una ligera revisión al alza frente a la estimación realizada en diciembre de 2025.
Cálculos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) también avizoran un comportamiento relativamente estable, con una expansión productiva del 2,7 % en 2026, lo que significaría una discreta reducción en comparación con el 2,8 % del ejercicio precedente.
No obstante, «detrás de las cifras generales, hay una economía mundial frágil, desigual y cada vez menos preparada para lograr un crecimiento sostenido e inclusivo», observaron los expertos Rebeca Grynspan y Li Junhua, a través de la página web de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo.
Para millones de hogares, la brecha entre el crecimiento global y la realidad cotidiana es palpable. «Las presiones del costo de vida siguen siendo elevadas, ya que los precios de los alimentos, la vivienda y los servicios esenciales continúan tensionando los presupuestos familiares», ejemplificaron.
También resultan conocidas las limitaciones fiscales, sobre todo, debido a la carga de la deuda, que consume una proporción cada vez mayor de los presupuestos públicos, añadieron los analistas en el escrito titulado El espejismo de la resiliencia económica mundial.
Según apuntaron, los avances en inteligencia artificial, infraestructura digital y en tecnologías de energía limpia «son nuevas y poderosas fuentes de crecimiento», pero muchas naciones subdesarrolladas carecen de la financiación y la capacidad necesaria para aprovechar los beneficios de manera óptima.
Paralelamente, recordaron, la competencia por minerales críticos –desde el litio y el cobalto hasta las tierras raras– está agudizando las rivalidades económicas y reconfigurando las políticas comerciales e industriales en el orbe.
La situación en el ámbito climático tampoco es halagüeña. Los estragos por contaminación, inundaciones, sequías, y olas de calor y otros fenómenos están a la vista, y, lamentablemente, el auge de la economía mundial sigue dependiendo en gran medida de la producción intensiva en carbono.
Por tanto, «la transición solo será creíble si la ambición climática viene acompañada de acceso a financiamiento a largo plazo y a bajo costo para la adaptación y la resiliencia», opinaron Grynspan y Li Junhua.
Tendencias como las descritas podrían agravarse en el futuro, si la humanidad sigue permitiendo que los recursos del planeta y sus dividendos estén cada vez peor repartidos y explotados de forma insostenible, desde el punto de vista económico y medioambiental.















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