ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Caricatura Jorge

Un método, que todavía confunde a algunos y «marea» a otros, fue el usado una vez más por Estados Unidos en su prevista e inminente guerra contra Irán: las conversaciones entre delegaciones de ambos países, en Ginebra, fueron la tapadera de que supuestamente se avanzaba en la consolidación de un diálogo para llegar a acuerdos pacíficos.

El objetivo de Washington fue el de ganar tiempo para el arribo de portaaviones y otras fuerzas navales y aéreas a las cercanías de Irán, preparando los últimos detalles para lanzar el ataque contra la población persa.

El mandatario estadounidense, quien una semana antes había recibido al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, no «soltó prendas», cuando algún periodista preguntó sobre el tema, ya fuese en la Casa Blanca, o en el avión presidencial, en su tránsito hacia Mar-a-Lago, Florida, donde tiene una de sus residencias.

Pero, realmente, todo parece indicar que en esa cita quedaron precisados los detalles de la contienda bélica contra la nación islámica.

Todo esto sucedía a la sombra de un plan criminal para el cual el Pentágono movía todos sus hilos, y el presidente se ponía al frente –no en la zona de peligro, allá en el Oriente Medio–, sino desde el puesto de mando en su país, donde una vez más apretaba el botón que daba inicio a tan ignominioso acto de guerra.

No se consultó al Congreso de Estados Unidos, y una vez más se ignoró al Consejo de Seguridad de la ONU. Ni consulta ni autorización, nada importa para quienes la guerra es una forma de mostrar el poder superior de la administración estadounidense.

Vienen a la mente de quienes llevamos algunas decenas de años en estas lides del periodismo, las veces que los gobiernos yanquis –demócratas o republicanos– han emprendido guerras de agresión, como las de Yugoslavia, Iraq, Libia, Panamá, Granada y otras. Lo real es que de ellas el único recuerdo son los cientos de miles de muertos, mutilados y heridos, y la destrucción de ciudades, fábricas, hospitales, guarderías infantiles y otras instalaciones civiles.

Además de la gran cantidad de personas asesinadas, lo peor de todo es que nunca se estableció accionar alguno para condenar a los gobiernos estadounidenses, ni se sancionó a quienes, en repetidas oportunidades, y la de hoy en Irán es una de ellas, pueden llevar al mundo a la extinción de la especie humana.

En el tercer día de agresión a Irán, el presidente de Estados Unidos hizo declaraciones que lo identifican tal como es: «El ataque ha sido un éxito. No va a haber ni quien ocupe alguna responsabilidad en el gobierno. Todos están muertos», afirmó en una conversación telefónica con el periodista Jonathan Karl, de ABC News.

Sobre el asesinato del líder iraní ayatolá Alí Jamenei, enfatizó: «Lo alcancé antes de que él me alcanzara a mí».

No obstante, su euforia por el «éxito» de haber matado al líder iraní y a otros de la cúpula dirigente de la nación persa, el mandatario se negó a hablar sobre Irán cuando un reportero en la Casa Blanca le preguntó por el «objetivo» que tenía con los ataques a Teherán.       

La respuesta, en lugar de hacer frente a las preguntas, fue un comentario elogiando algunas estatuas situadas en la rosaleda de la Casa Blanca. «Estatuas increíbles. Vean. Vengan a verlas», manifestó para después abandonar el lugar.

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