Rodrigo está medio ansioso y aún no arranca la asamblea. No es un encuentro común para quien lleva décadas organizándose por Cuba en el sur del mundo. No se sabe exactamente cuántos y cuántas vendrán hoy. Con Cuba nunca se sabe, porque de pronto hay gente a la que se le despierta un miedo terrible por –quizás– no poder entrar a Estados Unidos, pero también hay muchos y muchas a quienes no les importa, o de repente deja de importarles.
No se sabe. Cuba genera esas cosas, dentro y fuera de ella, que así, como un arranque, se le quiere mucho. Cuántos serán hoy, que «el mundo» hala. ¿Vendrán 12 o 15? ¿Los de siempre?
Pero los asientos se llenan. Al fondo hay personas de pie y en el pasillo del costado, tras las columnas, se asoman otras. Más de cien rostros, más de cien. No es poco para Concepción, esta ciudad más o menos pequeña, 500 kilómetros al sur de la capital de Chile.
Antes de que alguien hable pondrán un documental de La Jornada, realizado bajo los fueros de este mismo febrero. Y el video empieza con la voz de una mujer de 22 años. No me es desconocida. «Obviamente no le gusta al imperio asumir que hay personas que luchan contra él» dice. Es Amalia, con su cara de conspiración, sus ojos grandes y sus cabellos de guerra.
Y yo la veo y la escucho y pienso que hace falta que a esta niña no le callen la boca nunca, porque esta niña, que no es tan niña, sabe decir cosas duras y hermosas.
Seis mil kilómetros al sur de La Habana se inicia una asamblea con cientos de personas y hay muchas formas de empezar una asamblea: con un himno, con un discurso, con una imagen, con un tambor… o con Amalia, que de pronto puede sintetizar todo eso.
Rodrigo explica que no es un día para teorizar, sino para concretar acciones, que este es un año muy importante en la pervivencia de la Revolución cubana, que la van a atacar como nunca, pero que hay tiempo, porque esta es una pelea constante en el reloj, una actitud.
Y la gente lo asume y alguien ofrece un espacio para almacenar donaciones; otro sus habilidades para dibujar lo que sea; otro su cuenta en x con más de 30 000 seguidores, otro propone que, quienes puedan, dejen 30 lucas sobre la mesa antes de salir; otro llama a vender choripanes, libros, revistas, hacer colectas y colocar en cada carro de vendutas de la ciudad banderas y carteles que digan que Cuba no está sola, para que también se sepa que nosotros no estamos solos, que no somos unos locos o sí, más o menos, pero no cualquier tipo de locos, sino de los que nos agarramos a algo, siempre a algo, de los que nos gusta tironear al mundo constantemente, una y otra vez, y no esperar, melancólicos, a que este nos tire para abajo.
Y se queda en eso, en llenar de medicinas un contendor que sale en marzo; en hacer una coordinadora por Cuba que incluya a los de siempre, a los de a veces y hasta a los que «nunca», vengan solos o en masa; en mandar materiales de estudio para una escuela primaria de Casa Blanca y unas 1 500 mascarillas «de las buenas» que ya están listas; y en que cada uno y una se aparezca con tres más a cuestas para la próxima, que quien sabe si sea en esta sala o en una calle o dispersos por los muros de por ahí… que habrá que pintar.















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