Internet está últimamente plagada de referencias al llamado «fenómeno therian», presentado como una nueva extravagancia juvenil o como prueba de una supuesta deriva cultural sin freno. Para quien no vive pegado a las redes sociales, la pregunta es inevitable. Qué es exactamente y por qué de repente todo el mundo habla de ello. La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, reveladora. El therian no es una novedad social de masas. Es un ejemplo casi de manual de cómo los algoritmos, combinados con el morbo y con determinados intereses políticos, pueden fabricar una noticia de la nada.
Conviene empezar por el principio. El término therian proviene del inglés therianthropy, que a su vez deriva del griego antiguo therion, que quiere decir bestia o animal salvaje, y ánthropos, humano. Se utiliza para describir a personas que sienten una identificación profunda, simbólica o espiritual con un animal. No se trata de gente que «cree ser literalmente un lobo o un gato», como suelen caricaturizar algunos titulares, sino de una vivencia subjetiva de identidad que, en la mayoría de los casos, se expresa de forma estética o emocional. Es un fenómeno minoritario, muy localizado en comunidades digitales específicas, con antecedentes que se remontan a foros de internet de hace más de 20 años. No es una corriente nueva ni un movimiento organizado, y mucho menos una tendencia mayoritaria entre jóvenes.
Entonces, por qué ahora aparece en redes e informativos de todo el mundo como si fuera una ola imparable.
La clave está en el funcionamiento de las plataformas digitales, que priorizan aquello que genera reacción. Cuanto más extraño, más polarizante o más fácil de ridiculizar, mayor es su capacidad de provocar clics, comentarios y compartidos. Un video aislado de una persona con orejas de animal gateando en un parque puede quedar enterrado en el océano de contenido o puede ser amplificado hasta la saciedad si despierta indignación, burla o alarma moral. Como ha ocurrido.
Ese es el primer paso. El segundo llega cuando entran en juego agendas políticas interesadas en presentar a la juventud como «confundida», a las luchas identitarias como «degeneración» o a la cultura digital como un síntoma de decadencia social. De pronto, lo anecdótico se convierte en categoría. Lo marginal pasa a describirse como fenómeno generacional, y lo que eran un par de videos virales se transforma en «noticia».
Y aquí es donde entra el morbo. La imagen de alguien que dice sentirse animal resulta perfecta para el consumo rápido. Es visual, chocante y fácil de simplificar. No requiere contexto. No exige hablar de precariedad, desigualdad o falta de horizontes vitales. Basta con mostrar y señalar. El resultado es un relato cómodo que desplaza debates más urgentes y los sustituye por una caricatura.
No vivimos una epidemia de identidades animales. Vivimos en una economía de la atención en la que cada gesto puede ser explotado, recortado y redistribuido hasta servir a narrativas reaccionarias, en un contexto en el cual los algoritmos premian el conflicto y penalizan la complejidad. Y cuando eso se combina con medios sin escrúpulos y con actores políticos deseosos de fabricar pánicos morales, el resultado es previsible.
El fenómeno therian no nos dice gran cosa sobre la juventud actual, pero sí sobre cómo se construyen hoy las noticias. Hay ingeniería social detrás del ruido, y van de la mano con intereses ideológicos y plataformas diseñadas para convertir lo marginal en espectáculo. Si algo demuestra este episodio es que, en la era digital, no hace falta que exista un problema real para que se hable de él. Basta con un algoritmo, un poco de morbo y una agenda política dispuesta a soplar sobre la chispa más conveniente.















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