ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Emmanuel Tornés. Foto: Ecured

Era un tipo que, de viejo, solo tenía las canas, porque ni siquiera el rostro, que asumía una actitud casi de provocación, de reto, de una picardía extraña y seria cuando entraba al aula y buscaba la silla.

Hablaba como hablan las personas que han leído mucho. Parecía fino, aunque no frágil. La tez se le iba en vuelo rememorando las visitas de Gioconda Belli a Cuba y sus ojos pasaban a la ofensiva cuando alguien, sin querer queriendo, dejaba ir que las letras de Isabel Allende resultaban una suerte de copia a las de García Márquez: ignorantes y machistas, les decía.

Contaba de sus charlas interminables con Mario Benedetti en Casa de las Américas, a ratos interrumpidas por quien les cuestionaba si acaso no trabajarían hoy. Y ellos carcajeaban, porque a pesar de que hubiese gente que no lo entendiera, el trabajo también era eso.

Si alguien no lograba pronunciar bien el nombre de José Carlos Mariátegui en el aula, él lo mandaba a sentar, porque había cosas que a sus ya más de 70 años, Emmanuel Tornés, maestro, sencillamente no tenía sangre para aguantar de un estudiante de Periodismo. Era sanguíneo, sin perder ni la ternura ni nada, y estaba vivo, como está vivo el viento de la cuaresma y el río. Parecía algo así: una ventolera o una corriente de agua, hablando de literatura.

Corría un semestre en el que se le palpaba el pulso a América Latina. ¿El mismo jueves? ¿Un turno a continuación del otro? Quizá. Primero llegaba la literatura regional y luego la clase de historia, también relacionada con este costado del mundo.

Y esa serendipia de la literatura de un lugar, seguida por la historia de ese mismo sitio, nos hacía entender cuán en serio hablaban nuestros escritores y escritoras, cuán peligrosos y pragmáticos han sido –y tendrán que seguir siendo– nuestros poetas.

El maestro de literatura quería decir muchas cosas, porque entendía que lo difícil y lo profundo no se aprende ni fácil ni rápido. Un semestre no le bastaba y desde el primer día anunció que, en vez de una, impartiría dos clases por semana y que a la del martes nadie estaba obligado a ir.

Quien por norma solo tenía el jueves, se inventó el martes. Era Feliz los martes el señor Tornés y éramos felices los que le seguíamos el paso.

Y entonces se acabó el semestre y desapareció. Incluso pasaron los años y uno, que necesariamente no lo recordaba todos los meses, fue comprendiendo con el tiempo que, gracias a él, tenía encima una armazón, una luz, ni tan fuerte ni tan débil: fértil, nuestra.

«A un hombre se le sabe el oficio si se le mira con detenimiento. Cada quien tiene en la presencia de su cuerpo lo que de rechazo le fundió con sus días la pelea del vivir. (…) Un hombre, pues, se mide por un pedazo vivo de él, o por un pedazo muerto que vivió más que los otros». Eso escribió Onelio Jorge Cardoso en uno de sus cuentos.

Emmanuel Tornés, al final de la vida, es recordado así por sus alumnos: con América Latina, Cuba y sus literaturas marcándole minuto a minuto los ojos, la respiración, las manos y las palabras. Hombre marcado, sí… de los que, por amar, saben; para saber, aman; y de paso, para vivir, enseñan.

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Eugenio Marrón dijo:

1

23 de febrero de 2026

07:31:35


Espléndido y emotivo retrato de un lector apasionado, que supo convertir tal posibilidad en cátedra y ensayo.

Marlen Domínguez dijo:

2

24 de febrero de 2026

10:12:23


Gracias, Mario. Todos los maestros que en el mundo han sido quisieran dejar una huella así, pequeña, pero luminosa en las vidas de sus alumnos.