ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Se trata de esas casas viejas que, para sobrevivir al tiempo, necesitaron convertirse en otra cosa: en hostal, patio de conciertos, sala de ensayos, carne de mural y grafiti, rincón de amores y tatuajes, piso de fiesta; sitio, en fin, de encuentro, de todo a la vez, de todo.

Está en una calle y un barrio de Santiago de Chile que parece una calle y un barrio de Santiago de Cuba. Al doblar se escucha una rumba saliendo de otra vivienda y no sorprende, exactamente no sorprende porque esta capital del sur, de una forma u otra, con más o menos permisos, ha sabido convertirse en hogar de mucha gente.

Por el otro lado está la avenida, que corta como flecha el círculo del mapa y oxigena con su amplitud esta parte de la urbe marcada por espacios estrechos.

Frente a la puerta metálica y grande de la casa vieja, quien no sabe no imagina lo que hay dentro, que es algo así como el mundo de las maravillas; de las maravillas tímidas, las que se construyen en la belleza rotunda de lo diario, de lo cotidiano y de los impulsos que siempre eclosionan esta semana y la otra.

Adentro y al fondo también está sobre el breve escenario una banda de rock, mientras la siguiente espera. El patio yace lleno. Antes de llegar a él hay una breve cocina parapetada tras un mostrador.

Esta noche de viernes el centro de todo el espacio no es la música ni los cuartos en arriendo, ni las paredes pintadas. Esta noche todo nace y muere en esa meseta a una profundidad de tres cuartos de casa.

Las puertas se abrieron para todo, pero fundamentalmente para vender completos, que es como se le dice en Chile a un pan largo con una salchicha dentro y otras cosas. Y no vender por vender, sino vender por recaudar.

Se precisa sacar dinero de cualquier parte, porque 500 kilómetros al sur, hace menos de un mes, el fuego segó la vida de 20 seres humanos y se tragó más de medio millar de viviendas, que es como tragarse más de medio millar de micromundos, de microtodos para miles de personas.

Y esta noche de viernes se recauda vendiendo completos y cervezas a los cabros del rock, que van a comprar con más fuerzas al saber de qué se trata.

Hay quien no vino a lo de la música, sino a ayudar, y tras el mostrador se genera una especie de cadena rara que quizá no lo hace todo más eficiente, pero sí especial, porque hasta la torpeza es tierna y fuerte cuando se piensa y se hace por el otro y la otra, que no es tan otro ni tan otra, porque aquí mucha gente sabe lo que es vivir en la pobla o en la toma de tierra, con el fuego o el desalojo en la nuca.

Es el pueblo de por aquí mandando dinero y fuerzas para el pueblo de por allá, que a veces se traduce en los primos para los primos o en los hijos para los padres, porque las familias cada vez se estiran más por el país y el mundo… y se riegan como las semillas.

Es la gente de esta casa vieja de los rockeros y de otras que no salen en los medios de prensa, que no gritan mucho, que hacen «completadas» o lo que sea y no lo gritan tanto y solo dejan que, de cierta manera, la vida se encargue de plantar lo bueno.

Y a mí nunca me había gustado ni un poquito el rock.

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