ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Miles protestan en Estados Unidos y en el mundo contra las políticas de Trump. Foto: Reuters

Este 2026 es el año en que los estadounidenses se aprestan a conmemorar los 250 años de la independencia de las 13 colonias norteamericanas, ubicadas al este de lo que hoy es Estados Unidos de América.

Tomando en cuenta el contexto de la época, aquel proceso independentista impuso proyecciones políticas que pueden calificarse de revolucionarias, convirtiéndose en paradigma insurreccional contra el orden colonial establecido entonces. Se tiene el 4 de julio de 1776 como fecha referencial del proceso, 28 años antes de la otra gran hazaña liberadora del dominio europeo en la región, en lo que hoy es Haití. Por tanto, es el primer episodio emancipador en todo el continente.

Desde luego que son los principios o postulados de los así llamados padres fundadores de la independencia estadounidense, los que definen, en general, al país político que hoy conocemos como EE. UU.

De entonces a la fecha ha llovido mucho y esas aguas han arrastrado a EE. UU. al lodazal en el que hoy está sumido, pareciéndose cada vez más a su madre patria, el Reino de Gran Bretaña, sobre todo cuando la condición de imperio hegemón de este último se vino abajo, posterior a la Segunda Guerra Mundial.

La administración que encabeza Donald Trump, en su virtual quinto año de gobierno, parece empeñada, paradójicamente, en darle el empujón final a la actual etapa crepuscular del imperio, aunque se suponía que su papel era justamente lo contrario, salvar lo que quede, incluido el control imperial, al menos, en su inmediata zona geográfica, denominada por José Martí como Nuestra América.

Resulta hasta relativamente fácil comparar lo que en su momento dijeron y establecieron George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin con lo que ahora hace el mandatario número 47, Donald J. Trump.

Y no es un asunto de pasar por alto los cambios que sobrevienen a la dialéctica de la historia; pero, obviamente, ciertos principios están para ser respetados. Más allá de las circunstancias, es ética política elemental, incluso conforman en la práctica el cuerpo legal y constitucional por el que se rige el sistema político estadounidense.

Repasando por caso estos contrastes, los independentistas establecieron como valores lo que denominaron la «libertad individual», según la cual cada ciudadano debía gozar de derechos naturales inalienables, como la vida; la «igualdad política», que significa que los hombres eran iguales ante la ley, nadie por encima de otros, sin importar el volumen de sus ingresos; también la «justicia y la legalidad», creándose un sistema de leyes para, supuestamente, proteger a los ciudadanos de los abusos del poder. Por último, lo que denominaron como la «unidad nacional», procurando cohesionar las 13 colonias en una sola nación independiente.

Para implementar estos valores se diseñó un sistema sociopolítico que, entre otras cosas, previó la «soberanía popular», léase que el poder emana del pueblo y no de un monarca; un «gobierno representativo» electo por los ciudadanos; también la «separación de poderes», es decir, la división entre el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial.

Quedó establecido desde entonces el «federalismo», que conlleva un equilibrio entre el gobierno central y los estados, garantizando autonomía local. Posteriormente, se aprobó la llamada Carta de Derechos (Bill of Rights), asegurando libertades como la de expresión, religión y prensa.

Pues, como se indica previamente, Trump se ha dado a la tarea de desafiar o directamente acabar con este andamiaje. Algunos piensan que es por su cuenta y riesgo, y hasta se emiten opiniones fundamentadas que hablan de un creciente deterioro cognitivo del mandatario. No se puede saber por ahora si realmente el presidente está o no demente; lo que sí parece ser bastante claro es que el sistema imperial requiere de alguien como Trump, justo para desmantelar o, mejor dicho, buscar una alternativa al modelo político ampliamente superado, casi inútil, para lidiar con las contradicciones socioeconómicas inherentes al capitalismo en su actual etapa.

La misión del inquilino de la Casa Blanca es clara: que haga lo que debe hacer para garantizar los privilegios de los que mandan en aquel país.

De ahí, con Trump, o mediante él, EE. UU. transita hacia un sistema político en el que cada vez menos se respetan los valores y los principios constitucionalmente establecidos por los independentistas. El propio Presidente, con su proverbial cinismo, admite que son tiempos en que se necesita un dictador; y, bueno, quién mejor que él, insiste.

Algunos ejemplos son tan obvios que sobran extensas explicaciones. Empezando por el respeto a la vida, la más vital de las llamadas libertades individuales, vulnerada de forma dramática por estructuras policiales federales como la denominada patrulla fronteriza, conocida también como ice o Gestapo trumpista, que, desplegada en casi toda la geografía nacional, actúa sin límites y con impunidad a cientos de kilómetros de las referidas delimitaciones territoriales.

Desde septiembre de 2025 hasta el pasado sábado 24 de enero, los esbirros de ice han asesinado o herido al menos a 12 ciudadanos estadounidenses en Illinois, Chicago, Los Ángeles, Phoenix, California, Texas, Maryland, Minneapolis y Oregón; en cuanto a los inmigrantes, suman numerosos muertos en cautiverio, así como centenares humillados de múltiples formas, que es otra manera  de aniquilar, dicen, que incluye a menores de dos y cinco años, estos últimos casos ya icónicos de este desenfreno represivo.

La violación descarnada de la separación de poderes es otro de los rasgos distintivos de un poder ejecutivo que desestima las funciones y el rol del Congreso, o ataca retóricamente –y también con acciones concretas– la independencia del sistema judicial, con tufillo a vendetta política, o aplicada contra opositores al mejor estilo de cualquier tiranía.

A todo lo anterior se suman episodios en los que la narrativa trumpista, o incluso acciones administrativas, procura coartar la famosa libertad de prensa –que nunca existió, pero ahora ni siquiera las apariencias se cuidan–, o peor, por los peligros implícitos, lo que los fundadores llamaron unidad nacional, atacada en la medida en que el gobierno nacional desafía el federalismo; hasta Trump amenaza con invocar la ley de insurrección de 1807, como se ve, el Pentágono atacando a EE. UU., en un clima en el que predomina una retórica oficial permanentemente irritada, agresiva, pletórica de amenazas por cualquier cosa y razón.

Y si se le aplica este análisis al impacto doméstico de la política exterior de Trump, pues prácticamente parece un glosario, implementado con descaro, de lo contrario a lo previsto por los fundadores de EE. UU. Lo anterior se aprecia en asuntos como exacerbar el supuesto excepcionalismo estadounidense; también en ridiculizar fundamentos morales originarios, como cuando la Casa Blanca afirma que ya no les interesa tanto la democracia y los derechos humanos, sino el petróleo (Venezuela). Detrás de todo esto, el «súper» secretario de Estado Marco Rubio, no olvidarlo para cuando venga el pase de cuentas en el futuro.

Puede escribirse un tratado sobre las acciones internacionales del imperio y, en todo caso, tal vez en esto sí son fieles continuadores de los que les sucedieron a los padres fundadores, que dejaron para ser actualizadas ahora doctrinas como las de un tal Monroe, o dieron riendas sueltas a infinitas guerras de conquista, destilando sangre y lodo por todos los poros; que suman, solo con las invasiones estadounidenses posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no menos de 26 000 000  de personas convertidas en daños colaterales.

El pueblo estadounidense merece respeto, es su derecho celebrar con un mínimo de paz y prosperidad tan significativa fecha; pero en el ocaso, el sistema derivó en una estructura que solo funciona –cada vez es más evidente– para unos muy pocos hipermultimillonarios. Así las cosas, pareciera que se necesita otra revolución como aquella de julio de 1776, actualizada a estos tiempos. Trump, sin proponérselo, está, de la peor manera, sugiriendo esta radical solución a tantas contradicciones y frustraciones acumuladas. Saludos al aniversario 250 de la independencia en el norte revuelto y brutal que nos desprecia.

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Telesforo (Deutschland) dijo:

1

3 de febrero de 2026

09:07:57


Muy buen articulo. ES conveniente que se repase de nuevo la formación de los EE.UU, para poder comparar y darse cuenta todo lo que ha revertido Donalus Trumpulus.

Humberto dijo:

2

3 de febrero de 2026

17:32:09


No sé los padres fundadores pero de las aguas de los que vinieron detrás vienen todos estos lodos de hoy, ojalá que los estadounidense lo vean así y le den una oportunidad a la una verdadera democracia.