ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Obra de Michel Moro

Los helicópteros gringos sobre la madrugada de Caracas. Las bombas gringas reventando en la tierra –que no es solo tierra– de Venezuela. ¿Decenas de mártires? Un presidente y la abogada del Chávez de aquel 4 de febrero secuestrados.

La presión rara en el pecho de millones de personas, que no se puede definir exactamente como la rabia, aunque pasa por ella; que tampoco es exactamente el dolor, a pesar de que lo transita. Son sentires que solo adquieren forma en las palabras crudas de variantes muy nuestras del español. Ni rabia ni dolor, como términos, alcanzan.

Seríamos muy poca cosa, muy sin fuego en la sangre, muy sin sangre en el fuego, si nos bastara con salir a «expresar que nos preocupa la escalada», que «se ha violado el Derecho Internacional», que si esto crea un «precedente peligroso»; que «apoyamos la resolución pacífica de los conflictos».

Nosotros no somos eso; nunca lo hemos sido. Sabemos que no hay «escala», sino guerra declarada años hace, y no solo contra Venezuela.

No nos «preocupa», lo asumimos y nos responsabilizamos de nuestro papel histórico.

De sobra conocemos –y en carne propia– para qué suelen servir el «Derecho Internacional» y sus garantes.

No andamos de tan mala memoria como para hablar de «precedente» a estas alturas, después de tantos años poniendo el cuerpo y la vergüenza, después de tantos años siendo los de siempre tan mismos, del lado de acá y del otro. Hemos visto demasiado como para ser inocentes, parafraseando aquel guion de Tomás Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes sobre las memorias de nuestros complejísimos subdesarrollos.

Por los indios ametrallados desde helicópteros en el Alto boliviano; por los araucanos desaparecidos o hechos hoy prisioneros políticos en nuestras ejemplares democracias sudamericanas; por los asesinados en Ecuador a punto de entrar a una elección; por el nombre, procedencia y comportamiento de tantas empresas que ahora mismo sacan petróleo y madera de la Amazonía, cobre, litio, oro y plata de las entrañas de la cordillera, peces del fondo de nuestros mares; por los asesinados con un cohetazo en altamar sin beneficio de la duda, ni pregunta, ni juicio; por los golpes de Estado que se intentan y los que se concretan; por nuestros migrantes criminalizados, expuestos siempre a lo último de la fila, a la informalidad y al sobresalto eternos, al racismo y a la discriminación más humillantes...; por todo eso y mucho, pero mucho más, intuimos que difícilmente sea pacífica la resolución de cosas que no tienen concilios posibles, al menos no en las condiciones del mundo que corre.

¿Qué fue lo que el presidente de Estados Unidos –ni loco, ni excéntrico, ni payaso: asesino a secas– dijo haber visto en directo como si fuera un show televisivo? ¿Qué carajos dijo que fue distinto y asombroso? ¿Se refería a la muerte en combate, casi asesinato, de los nuestros?

¿Acaso aún no sabemos cuál es el lugar que nos corresponde en sus películas de comando? ¿En sus videojuegos? ¿Somos eso? ¿El sujeto «sin alma» ni nombre atravesado por la bala que dispara –o el cuchillo que empuña–un marine o algo que se le parece antes de completar su estúpida misión?

¿Será que sí? ¿El despeinado, el mestizo, el del acento raro? ¿Los ladrones, los contrabandistas, los estafadores, los hambrientos, los siempre sospechosos de todo, los esquineros, los que llorarán borrachos por el himno nacional bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte, los arrimados, los mendigos, los marihuaneros o los guanacos hijos de la gran p... a los que Roque Dalton les dedicase un «Poema de amor»?

¿Será que sí? ¿Los de la madre loca, el padre ebrio y el hijo delincuente; los que no tienen dirección exacta, los flautistas acompañados por ratones, los caballeros ligeramente sobrehumanos, los más locos que sus madres, los más borrachos que sus padres y más delincuentes que sus hijos; los y las que reclaman su sitio en el infierno, mentados por Retamar?

¿Será? ¿Seré? ¿El muerto en el suelo por el supuesto éxito de la «operación quirúrgica»; quien escuchó la bomba y corrió a llenar las plazas y las calles; los que se arrechan al recordarse tataranietos de caracas o caribes; los que tendrán o tuvieron miedo –cómo carajos no tener miedo– y saldrán o salieron a fajarse con la muerte sin seguro de vida? ¿Seremos? ¿Somos? Que se nos busque por ahí.

Pero hay cosas que no seremos ni somos: ni el aplauso cobarde, cómplice y un poco más a la invasión extranjera; ni el asesinato a sueldo; ni la carrera ni la súplica por un puesto mezquino en los ejércitos del norte; ni la falta de valor y de vergüenza para concretar con las propias manos el sueño propio; ni la traición; ni la anexión; ni la frialdad en el cálculo; ni la narración escéptica e imparcial de nuestros mundos que se derrumban; ni la arrogancia que impide jugarse el alma bajo la terrible carta de una fe.

Quienes se encuentran ahí, antes, durante y después de los helicópteros gringos sobre la madrugada de Caracas, son muchas cosas que ni somos ni seremos nosotros, nosotras.

Nosotros, nosotras... que desde Bolívar y Martí, desde Villena, desde Mella y desde el venezolano Aponte que cayó junto al cubano Guiteras, desde Sandino, desde Fidel y desde Hugo, desde los corajudos anónimos de todos los tiempos, desde ayer y para siempre, aunque a veces se nos olvide, aunque de vez en cuando nos salga más caro y doloroso de lo que se pensó, con apagón y todo, somos en el norte, en el sur y en el oeste del Caribe, como dijera Pablo de la Torriente, la primera y más inmediata trinchera contra esa cosa horrible y deshumanizante que se llama imperialismo.

A Venezuela pueden asesinarle un presidente y secuestrarle a otro, pero las revoluciones están hechas no solo de presidentes, sino de pueblos.

Venezuela ha demostrado ser más compleja, rica y real que las acusaciones en su contra y que los que las espetan. Y no está sola ni rendida.

Cuidado cuando vuelvan a tirarse o a sobrevolarla, que no siempre se gana. Hagan memoria. Hagan memoria y no se olviden de que aquí y allá no solo se pelea hasta la muerte, sino también hasta la victoria.

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Ignacio Murcia dijo:

1

5 de enero de 2026

06:50:12


Somos muchos en este mundo, quizá no tantos como tendriamos que ser- aunque sí suficientes-, para enfrentar ese imperialismo criminal en el campo de batalla que nos toque pelear.

Ignacio Murcia dijo:

2

5 de enero de 2026

06:53:29


Ah! Y algunos estaremos ahí en Cuba para acompañar a los patriotas cubanos en el recibimiento "merecido" a ese criminal, nazi y asesino de Narco Rubio.

Maria de los Angeles dijo:

3

5 de enero de 2026

17:19:11


Brillante Mario. Corajudo joven cubano comprometido con su tiempo. Con Cuba, con America Latina!

Rafael dijo:

4

5 de enero de 2026

19:14:06


Sería su error pensar que ganarían una batalla y la guerra contra esta pequeña isla y si los pueblos del sur global aprendieran que enfrentarse a los gringos les despojarian de esas ataduras que solo están en sus mentes. Hace falta una carga como la que pedía Villena para acabar con toda esa jauría de racistas y pocos hombres que nos agreden y que solo tienen el poder de su fuerza . Bravo

Rodney dijo:

5

6 de enero de 2026

13:33:15


Escrito con la pasión, el rigor y la belleza que necesita el momento. Digno homenaje el pueblo cubano, de donde nacieron estos 32 héroes