Hace unos diez años, tal vez un poco más, leí en Cubadebate un texto bajo la firma de Mumia Abul-Jamal. El preso político con más tiempo tras las rejas, de origen afroamericano, acusado falsamente por el asesinato de un policía, citaba al historiador británico Niall Fergunson sobre la caída de grandes imperios.
Su fuente explicó que algunos de esos poderes se desvanecieron debido a crisis económicas, «generalmente causadas por aventuras militares», y recordaba al imperio francés que dio tropas y dinero a los norteamericanos, quienes buscaban terminar con la ocupación de Gran Bretaña, enemiga histórica de Francia.
Fergunson apuntó que en dos decenios los galos cayeron en quiebra, el pueblo se rebeló en las calles; una revolución copó todo el país y un rey, Luis xvi, perdió su noble cabeza.
Mumia, al interpretar el propósito del historiador, concluyó que «los imperios –incluso los que parecen más indestructibles– pueden sufrir por la convergencia de problemas financieros, militares, del medio ambiente y de tantos otros; y quebrarse como se quiebra un huevo».
La lógica imperial es de por sí irracional; lo mismo un emperador se come a su hijo, como hizo el romano Calígula, que otro, Donald Trump, asalta la propia sede legislativa que lo había visto presidente.
Esa irracionalidad se expresa aún más cuando siente que su poder flaquea. Entonces, el emperador desempolva legajos como la Doctrina Monroe, a fin de certificar que esto es mío y solo mío, entiéndase América. Para colmo, bautiza con su nombre aquella filosofía del quinto presidente de Estados Unidos, allá por el año 1816.
Lo que ocurrió en la madrugada del pasado 3 de enero en Venezuela es la expresión más nítida de esa lógica, hoy atravesada por el vértigo que causa la pérdida de liderazgo político, económico, científico, tecnológico. Es decir, el poderosísimo imperio estadounidense ha palpado que languidece, ante la vigorosa China, la siempre potente Rusia u otras expresiones como la concertación de las economías emergentes en los Brics.
Como aderezo de esa anemia del poder, no se puede descartar la táctica de desviar la atención sobre una espada que pende sobre la cabeza del mandamás imperial: la de su pasado de pederasta. Si hay una cortina de humo que pudiera mutilar esa bochornosa y ruin arista es una guerra, y si ella cumple con lo que él mismo ha llamado línea Trumproe, lo muestra poderoso y le arranca el petróleo al agredido, lo saca de la terapia intensiva.
Esas son razones que están encima del artero ataque a la República Bolivariana de Venezuela y el secuestro de su Presidente y esposa, como si estuviéramos viendo una película del sábado, en la cual siempre Estados Unidos es el bueno.
Arma letal del imperio, cuando ya no sabe qué hacer para mantenerse vivo, es la mentira. Fabrican narrativas como la de la captura de un dignatario y no secuestro, que fue lo que literalmente ocurrió con Nicolás Maduro, como si este fuera un fugitivo; o que se ha llevado a cabo esa operación porque Venezuela es un narcoestado, responsable de los millones de muertes por drogas en territorio estadounidense.
Desde los propios estamentos comunicacionales de su país, como The New York Times, se ha echado por tierra esa falacia. El rotativo calificó de ridícula esa justificación, afirmando que Venezuela no produce el fentanilo que mata a los estadounidenses, ni otras drogas, además de que no es desde Caracas que llega ese flagelo a Estados Unidos.
Para seguir mostrándose viril y sin flaquezas, enseña su rostro más amenazante e intimidatorio, lanza advertencias sobre otras naciones de América, sobre las que dijo «habrá que ver lo que se hace con México», y puso en la lista, como era de esperar, a Nicaragua y a Cuba. Pero debería escuchar bien al expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, cuando le aconsejó que «la efímera victoria de hoy puede ser la contundente derrota de mañana».
Aunque los tiempos en la política son veleidosos, y lo que parece hoy una debacle puede llevar más tiempo que el que parece, el emperador sabe bien de lo que habla amlo; sabe que está en crisis, y por eso busca su parte del mundo, esa que la política que invoca reza que América es para los americanos, en el entendido de que esa América es Estados Unidos.
Por eso, en política es fatal negociar con el enemigo, con el que te agrade; cualquier diálogo ha de ser con la estricta observancia de la dignidad de los pueblos y de su soberanía e independencia, o lo que es lo mismo, en igualdad de condiciones. A la América nuestra, la de José Martí, hay que vivirla hoy con los árboles en fila «para que no pase el gigante de las siete leguas. Es hora del recuento y la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes».
Solo así se puede enfrentar al imperio, que actúa en este siglo xxi como fiera acorralada, porque se siente amenazado, y en consecuencia, es más voraz; no mide las consecuencias de sus actos ni le importa el Derecho Internacional, y mucho menos la democracia de la que tanto se ufana, y en la que en nombre de ella mata. Así lo hizo en Venezuela, y se vanagloria de ello.
Cuba y su historia de lucha frente a ese poder tiene bien claro sus principios de que siempre será mejor pasarse en la alerta que la confianza y la ingenuidad. En el centenario del invicto Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, es preciso recordar un precepto inscrito en el Informe Central al Primer Congreso del Partido; entonces, en 1975, expresó: «Mientras exista el imperialismo, el Partido, el Estado y el Gobierno les prestarán a los servicios de la defensa la máxima atención. La guardia revolucionaria no se descuidará jamás. La historia enseña con demasiada elocuencia, que los que olvidan este principio, no sobreviven al error».















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