Habrá quien diga que pasar por encima no es estar. Algo de razón lleva. «Estar» resulta un verbo demasiado profundo como para gastarlo en cualquier cosa. Sin embargo, «estar» tampoco podría sustituirse exactamente por permanecer.
«Estar» implica un instante, aunque sea fugaz, de conciencia: un diálogo de sentidos, una constatación nerviosa, tal vez… un descubrir. Cuando «estar» es descubrir, entra en la ecuación la maravilla de los nacimientos: nace una imagen, nace una idea.
Quizá sea eso, que uno nace cada vez que siente «estar» desde lo profundo de su consciencia, cada vez que se descubre tocado por las circunstancias específicas e irrepetibles del tiempo y espacio que habita, aunque esté pasando…
Todo esto llega a la cabeza cada vez que me cuestiono si alguna vez estuve en El Cairo. La respuesta podría ser sencilla. En términos simples: si estuve, habría caminado alguna de sus calles, chocado inevitablemente contra una, dos o tres de sus 21,75 millones de personas, escuchado la lengua, sentido el aire.
Sin embargo, yo pasé en avión a miles de pies de altura. Yo pasé y era El Cairo. Era de noche y sentí quizá que la luz me despertaba. Por dos noches distintas yo vi El Cairo desde arriba, desde muy arriba.
Y sé que estuve, defiendo que lo hice, porque, además de pegar la boca como un estúpido a la ventana, encontré en ese fugaz vistazo una certeza tremenda y me reí con malicia, como un niño que no estudia y, sin embargo, acaba de adivinar la respuesta al problema en medio del examen de Matemáticas.
En esos días iba atormentado, precisamente, por un problema quizá un poco matemático. Me obsesionaban las formas, las figuras, los tamaños de las ciudades, sus trazados delimitadores. Le temía sobremanera a la organización de ciertas urbes del mundo «desarrollado».
Las veía como un derroche metódico de cálculos, y entendía en esa milimétrica «perfección», la capacidad de quienes se han alimentado de nuestros pueblos por siglos, la capacidad para seguir haciéndolo. La dominación organizada suele sofisticar sus prácticas y suele calcular mucho o todo o bastante.
Las luces de las ciudades no lo dicen todo, pero dicen mucho. Si organizan así sus casas, me decía, cómo no organizarán entonces sus guerras, sus negocios, sus trampas…
Me aterraba pensar que el enemigo fuese tan perfecto. ¿Cómo ganar? ¿Cómo ganar para vivir? ¿Cómo ganar, al menos, para ser?
Solo El Cairo pudo dar respuesta a mi agonía. Las luces de El Cairo no están organizadas. Las luces de El Cairo se amontonan unas sobre otras y parecen ocuparlo todo.
Pensé entonces que no habría forma humana de entender El Cairo, de «separarlo metodológicamente», de automatizar comprensiones sobre un contexto inabarcable en lo numérico primero, y luego en las sensibilidades e historias y dramas y certezas particulares de cada «cifra», que sería decir de cada «luz».
Pensé también que África está llena de ciudades así, más que en tamaño, en naturaleza. Ciudades impertinentemente indescifrables, sin más arquitecto que el azar, sin más trazado que la ocurrencia y la casualidad de un día, más la ocurrencia y la casualidad de otro y otro y otros que jamás terminan, sin más orden que la vida en crudo chocando con la vida en crudo.
Fue un alivio. Una señal de victoria, una esperanza, un destello.
Yo conversé unos pocos minutos con El Cairo, que de noche es como un sol que explota, y me dijo que, por muy exquisita que se antoje la dichosa Matemática, a veces no se puede calcular ni detener la luz.













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Ariel Garcia Mascareno dijo:
1
26 de mayo de 2025
12:33:43
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