Parecería absurda la obsesión con Cuba y Venezuela en cualquier paraje de América Latina –y más allá–, máxime cuando va in crescendo el tufo a elecciones presidenciales. Pero no es absurda; se trata, más bien, de la trampa perfecta.
Claro que, para un exponente de cualquier tonalidad de la derecha, salvo coloridas y contradictorias excepciones, el tema de marras en una entrevista aparece como comodín y le da alas para esgrimir un buen panfleto. Nada nuevo...
Pero la pregunta se esgrime con mayor frecuencia y «agudeza» para representantes de alguna de las tantas tonalidades de la izquierda, en la que ahorita caben fácilmente neofascistas, de tanto dejar en el olvido aquello de las contradicciones irreconciliables, que el marxismo siempre se ha tomado el trabajo de apuntar.
Si usted es de América Latina, se dice de izquierda e involuntariamente sueña con ser presidente de cualquier cosa –los sueños son celosamente pesquisados desde las cuentas bancarias–, probablemente tenga en la mañana a un grupo de periodistas tocándole la puerta para preguntar qué cree de Cuba y Venezuela, o si acaso pretende convertir al país, o a lo que sea que usted sin querer soñó con presidir, en algo parecido.
La respuesta, o lo que dejen viva de ella, se replicará por todos lados en las horas siguientes, de una forma en la que ni usted, ni Cuba ni Venezuela quedarán sin rasguños.
No hay forma de salvarse de esas máquinas organizadas en serie para producir y vender picadillo a gran escala; y la gran trampa es pensar que sí existe cómo.
Hay malas noticias: esas máquinas tienen dueños a los que, por cierto, nos les gusta publicar entrevistas a «cualquiera», sino recortes de declaraciones; dueños que deciden titular, imagen, pie de foto, información adicional y hasta el orden de la pirámide informativa.
Usted no hablará a través del medio de prensa, sino que el dizque medio de prensa hablará mediante usted, sin importar lo que su decente persona se haya esforzado en decir o los matices que haya tenido a bien colocar.
En este apartado, solo «queda bien» la derecha y la «izquierda democrática», que es el último nombre que se inventó la socialdemocracia, empeñada aún en su relación tóxica y sadomasoquista con el fascismo, que va década tras década entre la complicidad y el victimismo y nunca tan víctima como las víctimas de verdad. Sigmund Freud sonríe en su tumba ante la persistencia a nivel sistémico de su caracterizada pulsión de muerte o Thanatos.
No existe riqueza posible en estos seudodebates de política exterior, que más bien funcionan como un filtro para la política interior. De lo menos que se trata al final del día es de Cuba y Venezuela.
Un antídoto quizás sea entender y asumir con quién se está hablando, su demostrada –hasta el cansancio demostrada– naturaleza, y que ni el perro jíbaro criollo ni el león de montaña continental perdonarán jamás a la liebre, menos cuando esta no se defiende.
Thanatos también se revela en las presas que, mientras condenan las herejías sistémicamente castigadas de sus iguales, protegen a muerte (y claro que van a morir) las leyes de una selva que perpetúa su destino fatal. ¡Organízate conejo, que te comen!













COMENTAR
Responder comentario