Era miércoles, pero no cualquier miércoles aquel 21 de enero de 1998, cuando el mundo vio cómo Karol Józef Wojtyla, el papa Juan Pablo II, llegaba a Cuba; único país del hemisferio occidental con un sistema socioeconómico y político marxista. Poco más de un año antes, otro momento trascendental puso delante de Su Santidad, en el Vaticano, al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Entonces, el Jefe de la Revolución Cubana le extendió una gentil invitación al Sumo Pontífice, quien la agradeció y trasladó su «bendición para él y para todo el pueblo cubano»; y la honró con su presencia en la Mayor de las Antillas.
Ya en La Habana, Juan Pablo II instó a finalizar el aislamiento de la nación caribeña: «Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades, y que el mundo se abra a Cuba», convirtiendo esas en las palabras célebres de su visita, que fueron interpretadas por muchos analistas como un pedido a finalizar el bloqueo económico, comercial y financiero del Gobierno estadounidense contra la Isla.
Al recibirlo, Fidel le dijo: «La tierra que usted acaba de besar se honra con su presencia. Santidad, pensamos igual que usted en muchas importantes cuestiones del mundo de hoy, y ello nos satisface grandemente; en otras, nuestras opiniones difieren, pero rendimos culto respetuoso a la convicción profunda con que usted defiende sus ideas».
«Un momento de gracia y bendición para todos». Así definió el papa Francisco, años después, en conmemoración de ese viaje apostólico que desmanteló algunos mitos sobre la nación caribeña, y que en ese momento mostraba su realidad a los medios extranjeros.
Hace hoy 20 años de la partida física del primer Papa que visitó Cuba, donde se le recuerda por su fe y confianza en nuestro pueblo; pero, sobre todo, por su independencia, como lo expresó el líder histórico de la Revolución Cubana, al no permitir órdenes, en un mundo acostumbrado a ser constantemente humillado y requerido por un Gobierno que se cree jefe moral de la Tierra.
Aquella primera visita papal posibilitaría, más adelante, la de Benedicto XVI, en marzo de 2012, y la de Francisco, en septiembre de 2015.















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