ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Caracas, Venezuela.–Mientras unos 2 000 delegados de todas las áreas geográficas del planeta convertían a la patria bolivariana en epicentro de la lucha mundial antifascista, y palpaban con todos los sentidos la fiesta democrática de la toma de posesión presidencial, los oligarcas y extremistas del exterior buscaban nuevas puestas en escena para su show político. 

Como no les funcionaron las maniobras previas para impedir la juramentación, el propio día, 10 de enero, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de EE. UU. sancionó a ocho funcionarios venezolanos. Entretanto, la Unión Europea le «siguió la rima» y penalizó a 15 miembros del Consejo Nacional Electoral, el poder judicial y las fuerzas de seguridad.   

Por otra parte, el canciller venezolano Yván Gil denunció que, el sábado en la noche, «el fascismo» atacó con bombas incendiarias la sede del Consulado General en Lisboa, Portugal, y afirmó que «las agresiones irracionales de los grupos desquiciados no podrán revertir los avances de la Revolución Bolivariana».

Y es que Venezuela vistió sus mejores galas para celebrar la juramentación de Nicolás Maduro como presidente constitucional de los próximos seis años.  

Ninguna de las acciones extremistas empañó el brillo de la fiesta popular, que definitivamente no terminó en enfrentamientos internos ni derramamientos de sangre, según esperaban los enemigos del chavismo y los personeros más detestables, como el expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, quien llamó desde Cúcuta a una intervención militar en Venezuela. 

Hasta ahora, las calles de la nación sudamericana siguen limpias del odio y de los acólitos que pretendían aguar el inicio de 2025 para este pueblo. En el país de la bandera tricolor y las ocho estrellas, las buenas nuevas siguen siendo para quienes apuestan por la paz.

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