Entre los eventos históricos más transcendentales de la nación americana se encuentra el ocurrido el 28 de agosto de 1963, conocido como la marcha sobre Washington, cuando 250 000 personas se reunieron frente al monumento al presidente Abraham Lincoln. Allí pidieron el cese de la discriminación racial contra los afroamericanos y el respeto a los derechos civiles en Estados Unidos.
El principal orador fue el luchador social Martin Luther King, quien dejaría para el futuro su conocido discurso «Yo tengo un sueño», como parte del cual expresó: «Yo tengo un sueño de que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: Creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales».
Sin embargo, cada día ese pensamiento se hace más difícil de alcanzar, porque los hechos de discriminación en EE. UU. continúan.
La violencia con armas de fuego en ese país ha dejado familias incompletas y escuelas ultrajadas. Aun así, muchos estadounidenses consideran sacrosanto su derecho a portar armas, consagrado en la Constitución estadounidense, a pesar de amenazar otro sagrado derecho: el derecho a la vida.
Investigadores de Small Arms Survey (SAS) estiman que los estadounidenses poseen 393 millones de los 857 millones de armas civiles disponibles, lo que supone alrededor del 46 % del arsenal civil mundial. En un contexto así podría parecer hasta normal el promedio de más de un tiroteo masivo por día.
En Estados Unidos también continúa una profunda desigualdad racial que, cada cierto tiempo, desemboca en fuertes protestas.
A estas alturas de 2024, el 24 % de los muertos a manos de la policía son de piel negra, lo que alcanza mayores dimensiones cuando se conoce que este segmento poblacional sólo constituye el 13 % del total del país, de acuerdo con la ong Mapping Police Violence.
Cifras recogidas por el Centro de Investigación Pew, en 2018, revelan, además, que la población carcelaria del país no baja de un 33 % de piel negra. En 2018 había 2 272 reclusos por cada cien mil negros adultos, una tasa casi seis veces mayor comparada a los 392 encarcelados por cada cien mil adultos blancos. Uno de cada 20 jóvenes negros es encarcelado.
A esto se suma que, como promedio, los negros tienen el doble de probabilidades de ser pobres o de estar desempleados que los blancos; y las familias afroestadounidenses ganan poco más que la mitad de lo que ingresan las blancas.
En términos de patrimonio neto, los hogares blancos son por lo menos diez veces más ricos, con ingresos promedios de 933 700 dólares, mientras que el de los negros no pasa de 138 200.
Entre la comunidad afroestadounidense, la tasa de mortalidad infantil es muy superior a la de otras comunidades.
Estas diferencias han profundizado las causas del racismo que, unido a los problemas estructurales del capitalismo, llevan al enfrentamiento de los hombres y al resurgir de ideas tan reaccionarias como el fascismo.
El pueblo estadounidense necesita hoy volver al sueño de Martin Luther King, cuyas ideas solo podrían ser verdaderamente alcanzadas cuando su nación en pleno se proponga, como en 1963, ser protagonista de los cambios que le urgen.















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