
El presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, el 2 de julio de 1964, anunció, por radio y televisión, la firma de la Ley de Derechos Civiles que refería, entre otros aspectos, que las personas negras y de otros grupos étnicos y sociales tenían iguales derechos que los blancos.
Tardía definición para una nación meca del desarrollo de la vida moderna, en la que aún en pleno siglo xxi, es un asunto sin resolver, y en la cual proliferan las acciones marcadas por el racismo y la discriminación.
«Esta nación fue fundada por hombres de muchas naciones y orígenes. Se fundó sobre el principio de que todos los hombres son creados iguales, y que los derechos de cada hombre se ven disminuidos cuando los derechos de un hombre se ven amenazados», expresó, un año antes, el entonces gobernante estadounidense, John F. Kennedy.
Todo parecía tan claro que hasta resultaba difícil entender por qué en esa nación las expresiones más crueles de racismo perduran en nuestros días, y tienen su expresión más cotidiana cuando aparece la noticia de un ciudadano negro asesinado por un policía, o que, en las cárceles estadounidenses, los negros, que representan solo el 12 % de los habitantes de ese país, constituyan el 40 % de los presos.
No ha sido casual que la propia ONU denunciara que, pese a los progresos, en el tiempo transcurrido desde aquella histórica aprobación de la Ley de Derechos Civiles, aún se practique la discriminación.
Las imágenes de un policía blanco, con su pie puesto sobre el cuello de un ciudadano negro, y la muerte de este por asfixia, todavía hoy no son excepciones, como no lo es tampoco que exista una ilegal base militar en un territorio cubano usurpado por Estados Unidos, a la que fueron llevados cientos de reos de distintos lugares del mundo, que solo, por el hecho de sus facciones árabes, eran apresados, torturados y hasta fallecían o se suicidaban por tanto sufrimiento.
Me atrevería a pensar, entonces, que la Ley de los Derechos Civiles es una cuenta pendiente para los ciudadanos estadounidenses, rehenes de un sistema para el cual es cotidiano, la discriminación racial en su expresión máxima.















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