El 12 de junio de 1959, hace 65 años, el Che inició un recorrido por diez países afroasiáticos que eran parte, entonces, del llamado Pacto de Bandung. Regresó tres meses después, el 8 de septiembre y, como al partir, Fidel está en el aeropuerto.
Conoce perfectamente la importancia del viaje para el futuro de las relaciones externas, políticas y estatales de la Revolución. Juntos lo habían concebido y, por tanto, le urgía conocer sus resultados, los que –como se confirmó luego– abrieron una página en la historia de la proyección internacional de la nación.
Ambos, además, sabían el significado histórico de la Conferencia de Bandung (del 18 al 24 de abril de 1955), celebrada en esa ciudad de Indonesia. En esa parte del mundo, líderes de talla mundial, como Gamal Abdel Nasser (Egipto), Yawaharlal Nehru (India) y Sukarno (Indonesia), junto a los de Pakistán, Birmania y Ceilán (actual Sri Lanka) habían logrado que 29 países afroasiáticos recién descolonizados uniesen sus plurales voces y proyectos para buscar opciones de desarrollo cooperado en pro de sus pueblos, así como un lugar de respeto en el sistema internacional surgido después de la Segunda Guerra Mundial.
A su regreso, el Che caracterizó así lo ocurrido en Bandung: «El poder de aglutinación de los pueblos ha sido más grande que la capacidad de división de las fuerzas coloniales y se produce de pronto un hecho que es la alborada de la recuperación de los pueblos afroasiáticos, la Conferencia de Bandung».
Y luego añade: «(…) no hubo unanimidad, pero hubo conjunción. No fue un bloque disciplinado que votara como un solo hombre las ponencias de la conferencia, hubo intentos de división (…) El sentido común pudo más que los intentos coloniales y la fecha de Bandung tiene ya características históricas».
No estaba en los planes del Che encabezar la delegación que había concebido junto a Fidel. Pero este y el núcleo dirigente de la Revolución pensaban lo contrario. Se necesitaba para ella a una figura de vasta cultura; visión compleja del mundo de la época; plena claridad sobre las necesidades de la proyección externa de la Revolución para lidiar con un vecino hegemonista que ya había dado señales inequívocas de que no aceptaría desafío sin respuesta en su frontera sur; capacidad para construir alianzas políticas y sociales amplias; y visión realista para adoptar acuerdos comerciales y de cooperación operacionales, ajustados a las capacidades del país en esos momentos de despegue del proyecto revolucionario.
Frente a este cuadro de expectativas, con una presencia diplomática débil de Cuba en Asia y África, sin todas las informaciones previas que hoy sabemos que resultan vitales para estas misiones de apertura de relaciones, con integrantes de la delegación que se estrenaban también en estas lides, se puede comprender por qué algunos autores califican de desiguales los resultados por países. También el Che lo admite y explica, en una conferencia de prensa, el 9 de septiembre de 1959, con su habitual honestidad y sentido crítico y autocrítico, dos rasgos éticos vitales para los días que corrían.
¿Por qué rememorar esta primera misión internacional del Che? Entre otras razones también relevantes, porque mostró en la práctica cómo se pueden y deben combinar, al unísono, los objetivos de la política externa de un Estado en proceso de transformación revolucionaria, y los relacionados con su proyección externa o internacional.
Evocar estas razones, y precisar sus resultados políticos y estatales, procura, además, un objetivo práctico: mostrar el grado de actualidad (vigencia) y, sobre todo, la validez (utilidad) del estilo de actuación y la capacidad para construir relaciones de amplio espectro desarrolladas por el Che y su delegación, más allá del contexto que Cuba tenía en junio de 1959: una presencia diplomática y política muy débil en África y Asia, carencia de cuadros conocedores de esas todavía «lejanas culturas», y la presión que ya sentía sobre sus espaldas, por la hostilidad de EE. UU., como más de una vez lo pudo constatar la delegación. Esta última es una realidad que prevalece.
La creatividad y la capacidad del Che para percibir lo esencial para Cuba en cada país; la humildad para identificar las enseñanzas potenciales que cada uno de ellos podía aportar; la comprensión sobre la interrelación de intereses entre las excolonias africanas y asiáticas con las realidades vividas en Cuba y América Latina y el Caribe; la identificación precisa de las causas que empobrecieron a unos y otros en virtud del lucro de unos pocos países; y la convicción resultante de que solo mediante la lucha unida se podría avanzar en los procesos emancipadores, cobran vida para la Revolución Cubana en el actual contexto geopolítico mundial.
Uno de los elementos de validez de la misión que es útil rescatar hoy es el siguiente: la intensa agenda política y de Estado cumplida por el Che y su delegación en diez países afroasiáticos mostró una relación de estricta continuidad con el estilo de hacer política que Fidel Castro había desarrollado con éxito durante sus primeros recorridos internacionales por Venezuela, Argentina, Uruguay y EE. UU., entre el 23 de enero y abril de 1959.
No había para ellos sector gubernamental o no gubernamental, político o social, empresarial o comunicacional de importancia subalterna durante sus respectivas escalas. Para ambos, promover las ideas de la Revolución, ganar adeptos y cortar el camino a los enemigos de la primera eran objetivos de prioridad permanente y simultánea. Influir y sumar parecían ser las metas de valor omnímodo.
Tal coincidencia no era fortuita, resultaba de la unidad de criterios políticos e ideológicos, de valores éticos compartidos y de estilos convergentes de actuación entre ambas figuras cimeras de la Revolución, justo cuando estaban en proceso de gestación y desarrollo las políticas interna y externa del país, tanto en materia de contenidos programáticos, como en el campo de las búsquedas de las formas institucionales más apropiadas a su particular contexto histórico y geopolítico.
Fidel y el Che –es clave subrayarlo en este punto–, desde aquella noche de julio de 1955, cuando hablaron por primera vez y el argentino se transformó en el segundo expedicionario del Granma, forjaron una relación paradigmática de amistad y de unidad en la acción política, culta y de principios éticos que bien valdría la pena estudiar y entender mejor, sobre todo cuando se analizan situaciones particulares como la que nos ocupa.
Demostrar de manera sumaria lo expresado constituye el objeto central de este texto. Los argumentos probatorios los aportará el propio Che: están contenidos en la conferencia de prensa que ofreció el 9 de septiembre, horas después de su retorno a Cuba (Parte II), así como en los testimonios que escribió para Verde Olivo semanas después (Parte III/Final), entre el 5 de octubre y el 16 de noviembre, todos concebidos con objetivos formativos para los integrantes del Ejército Rebelde, su destinatario priorizado en aquellos momentos.
No obstante, el alcance o significado final fue mayor: legó experiencias claves para todos los que pretendan defender la Revolución en el terreno internacional.













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