No podemos sentir que la Tierra rota sobre sí misma a unos 1 667 kilómetros por hora en el ecuador, ni que se traslada a una velocidad aproximada de 107 280 kilómetros por hora alrededor del sol.
Aunque a la altura de estos tiempos parezca un sinsentido que haga que encumbrados científicos se retuerzan en sus moradas eternas, nuevo auge cobra el terraplanismo y quienes, en pleno siglo XXI, aseguran que habitamos sobre un disco de hockey.
Quizá muchos de ellos, irónicamente, estuvieron atados a su teléfono durante el último eclipse, mientras la claridad se convirtió en tinieblas y, como los hombres de la Antigüedad, creyeron en el advenimiento de malos augurios.
Las imágenes de las calles abarrotadas de espectadores del fenómeno astronómico recorrieron el mundo, al igual que los titulares sobre las últimas inundaciones en Dubái, clasificadas por los especialistas como un «acontecimiento excepcional» en la historia climática del lugar. La tormenta dejó 254,8 milímetros de agua en 24 horas en la zona de Khatam al Shikla. El Centro Meteorológico Nacional del país árabe confirmó que constituye la mayor precipitación de los últimos 75 años.
Tal parece que el cambio climático existe, aunque figuras como Donald Trump asuman una postura de negación. De igual modo, la esfera de la Tierra gira, constantemente, aunque nadie lo note y otros quieran echar en la hoguera varios siglos de ciencia. ¡Qué tiempos más extraños se viven!
Igual de inédito que las lluvias de Dubái es el juicio histórico que se realizó contra el expresidente estadounidense, quien promete hacer a «América» grande otra vez. Los abogados, en su defensa, aseguraron que «no hay nada malo en tratar de influir en unas elecciones». La frase muestra la garra de quien siempre estuvo dispuesto a todo, incluso a pasar por encima de las reglas, porque él traía sus propias reglas.
Hace varias semanas, Nueva York, la sede del mediático juicio contra Trump, vivió un inusual temblor de tierra. ¿Será una especie de antesala de otra sacudida mayor a escala política? A su forma, la naturaleza también habla.
En Ecuador, las noticias también se hicieron eco sobre un estremecimiento, pero esta vez no causado por las placas tectónicas. El presidente Daniel Noboa ordenó el asalto a la Embajada de México en Quito para capturar a Jorge Glas, una decisión sin precedentes que quebrantó normas internacionales sobre la inviolabilidad de las sedes diplomáticas. La respuesta del país agredido fue contundente. Una vez más las normas parecen importar nada o casi nada.
Otro de los que prometen «trasformar» lo establecido en Argentina, Javier Milei, se reunió con Elon Musk en Texas. Ambos hablaron del compromiso de eliminar obstáculos burocráticos para los inversores y «establecer reglas claras y estables» para atraer empresas, según asegura la prensa.
Hace poco el magnate, dueño de la red social X, declaró que hay una probabilidad del 20 % de que la inteligencia artificial «acabe con la humanidad», y se refirió a ella como un niño con inteligencia divina al que hay que saber criar, y para cualquier crianza efectiva hacen falta establecer regulaciones más claras y estables que las que se recomiendan para atraer a las empresas.
Justo un puñado de empresas son las nuevas incubadoras de una inteligencia artificial que ya está por cambiar las reglas del juego en el mundo, como en la típica escena de un filme de ciencia ficción. ¿Cómo será el orbe dentro de 20 años? ¿Cuánto se trasformará la dinámica de los países? ¿Cuánto afectará la brecha tecnológica a las naciones pobres?
El hombre se halla en un punto crucial de su historia. Como siglos atrás, la especie humana está frente a la rueda, sin todas las certezas y cientos de preguntas.
La mayoría de los terrícolas pasan horas en su celular. Tal parece que nada ha cambiado, que todo está estático, como la Tierra de los inquisidores de Galileo Galilei; y, sin embargo, se mueve.















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Alexia Egues Valdes dijo:
1
4 de junio de 2024
09:19:10
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