
«Mi nombre es Samar Alghoul, tengo 20 años. Nací en Gaza, la tierra del amor y de la guerra», así abre sus recuerdos, con las palabras exactas en un idioma que ya ha hecho suyo, y con una nostalgia tenaz, que no dice pero se trasluce en todo cuanto narra.
Samar es disciplinada y metódica. Estudia para su examen parcial, y también recita versos en la tribuna, ante miles de cubanos que se solidarizan desde La Habana con el dolor de Palestina, su país. Samar tiene promesas que cumplir. Si algo no le ha arrancado el sionismo, son las ganas de labrar el futuro, y la sonrisa.
Y ello a pesar de que la guerra siempre ha estado ahí. ¿Cuál es el primer recuerdo del horror? No lo son, sin embargo, ni la metralla ni el miedo. Durante la escalada de 2008, ella tenía cinco años: «No recuerdo bien los detalles, pero hay una escena que nunca olvidaré: mi madre amasando y recogiendo leña y arena para encender el fuego y hornear».
Ahí, en la persistencia de su madre, están muchas de sus claves: «Mi infancia no fue como la de un niño feliz que juega con su familia, sino llena de problemas entre mis padres. Cuando decidieron separarse por primera vez, yo estaba en cuarto grado.
«Estaba muy unida a mi madre, a quien veía como mi gran modelo a seguir. Ella luchó contra su familia y la familia de mi padre, así como contra las duras circunstancias, para convertirse en lo que es ahora, y para reunirnos a sus hijos bajo un mismo techo. En su última separación, logró obtener la custodia de nosotros, mis tres hermanos, después de mucho sufrimiento».
Pero al drama familiar, que puede ser el de muchas otras personas alrededor del mundo, se sumaba, omnipresente, y una y otra vez, la guerra: «En Gaza, nos refugiábamos todos en la habitación de mi madre. Cuando escuchábamos los sonidos de los bombardeos y las explosiones, tapábamos nuestros oídos con las manos para no escuchar nada. Leíamos el Corán, jugábamos a las cartas, cocinábamos nuestras comidas favoritas.
«Un día, durante la guerra de 2014, mi madre y mi hermano mayor estaban en el mercado comprando alimentos mientras yo me bañaba. De repente, escuché a mi padre golpeando la puerta y diciéndome que saliera rápido porque iban a bombardear la cocina de los vecinos, que estaba a pocos metros de nuestra casa».
No terminó de bañarse, se vistió a las apuradas –quizá, las manos le temblaban, quizá el corazón quería salírsele del pecho, o le parecía escuchar el silbido amenazador que anticipa la desgracia–, se envolvió una toalla en la cabeza y salió corriendo para buscar a su madre, quien los condujo por un camino desconocido. «Gracias a Dios, logramos salir ilesos. Regresamos a casa y encontramos que las ventanas estaban rotas».
En medio de ese panorama, Samar siempre fue una estudiante ejemplar y trabajadora, y fuerte, tanto que no está segura de si la separación de sus padres «no afectó mucho mi estado emocional, o al menos eso mostraba a los demás, para evitar que sintieran lástima por mí.
«Mi madre siempre me decía que me convertiría en médica porque la sociedad les otorga un alto valor. Siempre que me enfermaba y me llevaba al hospital, ella me decía: “Mañana estarás en el lugar de esta doctora”.
«Soñaba con ser médica, y día tras día, mi sueño crecía frente a mis ojos. Cuando me gradué de la escuela secundaria, con un promedio de 96,1, solicité una beca en Cuba. Hubiera preferido estudiar en mi país, al lado de mi madre y mi familia, pero cursar Medicina en Palestina es muy costoso, y mi madre no podría asumir esos gastos.
«Llegué a Cuba en 2021 y descubrí que era la ciudad de mis sueños, tranquila, sencilla, llena de árboles y naturaleza, y su gente es amable y siempre sonríe».
Samar no está ahora físicamente en zona de guerra, pero la vive y la sufre cada día, porque en cada ocasión –bien lo sabe– la saña israelí es mayor: «Las personas se enfrentan a la destrucción y la falta de recursos básicos como electricidad y agua. Mis familiares se desplazaron del norte al centro de la ciudad de Gaza al principio, pero el bombardeo alcanzó la mezquita junto a ellos, y salieron de entre los escombros.
«Se desplazaron nuevamente al sur de Gaza, donde vivían en una tienda de campaña, en un entorno rodeado de basura. Después, mi madre fue a buscar lugar en una escuela. Les resultaba difícil encontrar comida y cocinarla, cargar sus teléfonos, y salir a la calle en el frío intenso, para informarme de que estaban bien».
Y no dice más sobre las comunicaciones, sobre el bienestar de los suyos, sobre la zozobra, pero tampoco es necesario. Mientras tanto, se duele de la impasibilidad con que el mundo asume la masacre de su gente: «Al principio de la guerra, el mundo difundía lo que estaba sucediendo en Gaza y promovía campañas de boicot contra la ocupación. Sin embargo, con el tiempo, la gente se aburrió y dejó de hablar y publicar. Por eso estoy agradecida con Cuba, por no dejar de apoyar al pueblo de Gaza».
Con la misma esperanza con que estudia, se imagina «un futuro cercano donde Palestina esté liberada de la ocupación; y volviendo a trabajar en mi país, entre mi familia y en los brazos de mi madre».
«Resistente», dice que es la palabra para describir a su país, y hay que creerle, porque tal como dice el poeta Yasser Jamil Fayad, el verbo de Palestina es luchar, y el de Samar, también.















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