
El 21 de febrero de 1934 puso en luto el alma libertaria de Nicaragua.
Con la descarga de fusilería de una cuadrilla enviada para matarlo, al borde de una fosa cavada con premeditación, se apagó la vida de Augusto César Sandino, y fue más negra la noche.
El héroe que había cargado en sus hombros el liderazgo de un movimiento antimperialista, con efecto en un continente entero, sería alzado, desde entonces, en el altar de los mártires de la América nuestra.
Cuentan que, antes de enterrarlo, el ordenante del asesinato indicó que le trajeran el cuerpo. Entonces jefe director de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza, el futuro dictador, se regodeó en la imagen, satisfecho, pero ignoró, creyéndolo bajo tierra, que Sandino flamearía, como bandera.
La fragua de las ideas del General de los Hombres Libres debía mucho a la Revolución Mexicana. La había vivido en el exilio, y fue inspiración para librar su guerra en Nicaragua, referente antimperialista a nivel mundial.
En el turbulento escenario de inicios del siglo XX en su país, Sandino surgió como una figura emblemática, por su actitud desafiante y resuelta a defender la soberanía de la nación, opuesto radical a la explotación extranjera.
Su postura y liderazgo en la resistencia armada lo convirtieron en un símbolo de lucha por la autodeterminación. En seis años comandó acciones militares y fue dueño de una retórica encendida que logró captar la atención de la comunidad internacional, por su compromiso nacionalista y el rechazo a la intervención estadounidense.
Sandino enfrentó a diferentes gobiernos títeres del imperialismo, y en su férrea cruzada, el líder ganó la admiración popular y aglutinó en torno a sí a muchos nicaragüenses dispuestos a combatir.
La estrategia de resistencia aplicada se caracterizó por la guerrilla y la movilización popular, desafió las fuerzas ocupantes, y despertó la conciencia de un pueblo, a tal punto, que se volvió prácticamente invencible.
En 1932, luego de importantes victorias frente a las tropas estadounidenses, logró expulsarlas del territorio nacional, y entonces decidió participar, pacíficamente, en la construcción de un mejor país.
Su ejército depuso las armas, confiados en el entendimiento, pero la traición, al calor del concilio del Embajador de EE. UU. y el oscuro Somoza, prepararon la trampa que derivaría en su asesinato.
Al cabo de una cena con el entonces Presidente, detuvieron su auto en el camino de regreso. Separado de su padre, y apartado a un terreno baldío, con dos de sus generales, pusieron fin a la vida del General Sandino.
«Hablan en las plazas, en las universidades, en todas partes, de ese general de América, que se llamó Augusto César Sandino… usadlo contra el panamericanismo del silencio y que resuenen nuevas voces de juventudes alertas en las atalayas, pues la lucha de Sandino continúa».
El canto del escritor y periodista Miguel Ángel Asturias suena como un legado que perdura en el alma de los pueblos latinoamericanos, en el ansia de una soberanía total.
A 90 años de aquella noche muy negra en Nicaragua, ante la amenaza de los buitres imperiales que no dejan de mirar a América Latina por encima del hombro, con la arrogancia de los que ven todavía un patio trasero al sur del Bravo, Sandino es luz de su país, del continente.















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