Las elecciones recién concluidas en Argentina dejan como resultado la peor de las alternativas en disputa: la victoria del aspirante de La Libertad Avanza, Javier Gerardo Milei, que obtuvo el 56 % de los votos, contra el 44 % del oficialista Sergio Tomás Massa.
El giro del electorado hacia la extrema derecha en Argentina no debería extrañar. Aquí se cumplen las generales de la ley, que explican la existencia de corrientes ultraderechistas en toda la región.
El lenguaje pretendidamente rupturista de Milei no debe llevar a engaño. Su propuesta es, en rigor, una solución del propio sistema, ante el ocaso político de opciones de derecha tradicional, que se veía venir desde antes de 2023. Tal es el caso del grupo político del exmandatario Mauricio Macri.
En efecto, mucho antes de octubre de 2023, los poderes fácticos del país identificaron y construyeron un personaje de talante y vocación mesiánica, especie de Trump recargado y rioplatense. Por ejemplo, solo en 2018, Milei fue entrevistado 235 veces por los medios corporativos, una posibilidad que nadie de su jerarquía tiene.
A pesar de su perorata contra el Estado, Milei no puso peros para recabar de este el 87,5 % de los recursos para pagar la campaña; el resto provino de multimillonarios como Sebastián Braun, líder de una acaudalada familia con un pasado violento y que espera, agazapado, cobrar favores en el festín privatizador prometido por el ahora presidente.
Un peso extraordinario lo tiene el deterioro de la situación socioeconómica, la cual provocó que importantes segmentos de las capas medias pasaran a formar parte de ese 40 % de la población argentina calificada de pobre. En estos tiempos, estos sectores suelen constituir la base socioclasista del extremismo de derecha.
El resto lo hizo la posverdad, la retórica plagada de consignas vacías o con énfasis en aspiraciones, usualmente imposibles de cumplir, como el proyecto de dolarizar el país, política que terminó en una pesadilla a fines del pasado siglo.
La relevante votación obtenida por Milei entre la juventud aportó otro ingrediente a los resultados electorales. Principal víctima de la precarización de los trabajadores y capas medias, esa juventud no vivió la época de la mencionada pesadilla, creyó, entre otras promesas, que sus ingresos se convertirán automáticamente en dólares (por arte de magia), y resultó fácilmente manipulable, vía redes sociales digitales.
Con el tiempo se sabrá más sobre este intrigante asunto; la verdad arrojará luces sobre el armado político que se implementó tras el flamante nuevo mandatario.
En el lado contrario se apreciaron errores políticos. Elegir como candidato a Sergio Massa, titular de Economía, en el contexto de una crisis de esa naturaleza, es tal vez el mejor ejemplo.
Otros aspectos de mayor peso tienen que ver con el propio agotamiento del oficialismo en su capacidad de convocatoria, presumiblemente, debido a su talante moderado, sin capacidad o intención de tomar medidas más radicales, que beneficiaran oportuna y sistemáticamente a las mayorías, ante los desafíos impuestos por la crisis.
En paralelo, otras estructuras conformadas por organizaciones sociales, sindicatos, e incluso los clubes de fútbol, que exhortaron a no votar por Milei, tampoco pudieron movilizar suficientes votos para pararlo. ¿Han perdido representatividad? Es la pregunta que esta realidad sugiere.
Se impone, de oficio, un reacomodo de figuras y sectores políticos en el interior del así llamado peronismo o kirchnerismo, asunto de única incumbencia de los argentinos, y que, de seguro, tomará en cuenta las insuficiencias, las limitaciones y las causas profundas que habilitaron el ingreso de la extrema derecha al Gobierno Federal.
Inventariar en brevísimo espacio los conceptos vertidos por Milei en estos meses, debería ser tarea de siquiatras. Desconocer el rol del Estado como velador del respeto cabal a los derechos sociales y, por el contrario, prever que el 50 % de los ministerios que conformarán el próximo y reducido gabinete (cuatro de los ocho que quedarán) tengan como perfil la seguridad y la defensa, entre otros, reflejan el pensamiento de una corriente política sectaria, concebida desde la oposición, para venderse como alternativa a ciertos poderes establecidos (la «casta»), pero no para gobernar con consenso y tributar a la estabilidad de un país, deberes indelegables de cualquier mandatario.
Especular sobre cómo sigue esta historia, puede ser temerario, pero es razonable esperar una moderación de las proyecciones más radicales, más allá de la voluntad mileista, al menos en su agenda económica; por caso, proponerse una ruptura con China o Brasil, primero y segundo socios comerciales de Argentina, parecen ser de las tantas propuestas incumplibles que enarboló Milei. Privatizar la salud y la educación, áreas administradas a nivel provincial y que, además, impactarían cruelmente en millones de personas, sumarían a estos imposibles.
Milei deberá gestionar una realidad política y social que resulta adversa para sus planes extremistas, contando, además, solo con el 10 % del Senado y el 14 % de la Cámara de Diputados, así como cero gobernadores.
Al unísono, tendrá ante sí a un pueblo con una extraordinaria historia de lucha –30 000 desaparecidos lo demuestran, aunque lo niegue, despreocupadamente, la nueva Vicepresidenta–; enfrentará a grupos y fuerzas políticas y sociales experimentadas que, dada la gravedad de la situación, encontrarán la manera de gestionar la ineludible unidad para resistir.















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Marcelino Eduar Marzàn de la Paz dijo:
1
6 de diciembre de 2023
17:38:32
Don Lucero dijo:
2
6 de diciembre de 2023
19:12:06
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