Vergüenza ajena, y hasta lástima, es lo que provocan los anexionistas que se creen el cuento de su propia aspiración enajenante.
Entre esos se contaron los cuatro gatos –con perdón de los felinos– de una «multitudinaria manifestación» que, en Nueva York, se pronunció contra Cuba, alzando la bandera infame de sus deseos: que la Isla sea un apéndice de Estados Unidos.
Los tímidos, los irresolutos, los apegados a la riqueza, como llamara Martí a esa especie con mentalidad de cipayos, posaron para las cámaras de celulares, en las afueras de un parqueo de autos, mientras clamaban por un absurdo: Cuba debía ser el estado 51 de «la Unión».
Expresión humana de una identidad ambigua, propia de sujetos colonizados, solo el predominio en ellos de un sistema de valores poco coherente los hace actuar así.
Aunque en la historia del archipiélago hay muchos ejemplos similares, en el presente son unos cuantos los nacidos en la tierra de Félix Varela, de José Antonio Saco, de José Martí y de Fidel Castro, que tienen por cosa natural el desdeñar la Patria suya y exhibir orgullosos su postración ante «el norte revuelto y brutal que los desprecia».
Descendientes de aquellos a los que combatió con energía ese cubano que dejó para la posteridad, sobre su tumba, el epitafio: «Aquí yace José Antonio Saco, que no fue anexionista, porque fue más cubano que todos los anexionistas», sueñan con una tierra ajena.
A gente como esa quiso cerrar el paso el Apóstol, con su sangre generosa, a esa claque que, en la república dependiente, se adaptó al protectorado de Washington, cobardes convencidos de que nada se podía hacer sin la aprobación de los yanquis.
Ante cualquier albur, dirigían la mirada suplicante al norte y, frente al avance de las leyes revolucionarias, se fueron a esperar, tendidos en sus poltronas de playa, a que el ejército estadounidense les devolviera sus haciendas y privilegios.
Como entonces, ahora suplican por una invasión armada a Cuba.
Son esa clase bien señalada, «contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante –la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país–, la masa inteligente y creadora de blancos y negros».
Quienes empuñan la bandera de la anexión, quieren para la Patria el porvenir contra el que se alzaron en armas, una y otra vez, hasta vencer, los cubanos dignos.
Contra ese destino tampoco han dejado de luchar un solo día, desde 1898, los hermanos puertorriqueños. Mírense en el espejo de Puerto Rico los que creen que a Cuba le tocará el capitalismo de la potencia, y no el de la isla colonizada. Es un peligro que aún nubla los cielos de Nuestra América.
Millones de nacidos en la tierra de Martí y de Fidel trabajan, construyen y defienden nuestro destino de independencia y soberanía. La libertad es el alma que mueve el país, y no se puede ir contra el alma de una nación.
Nunca seremos el estado 51. Tendría que unirse el mar del norte con el mar del sur, y nacer, de un huevo de águila, una serpiente.













COMENTAR
Jorge garcia dijo:
1
30 de septiembre de 2023
20:32:51
Omar dijo:
2
10 de diciembre de 2025
00:54:09
Responder comentario