Donald Trump ha demostrado, desde que irrumpió en la lucha por alcanzar la presidencia de Estados Unidos, el 16 de junio de 2015, que es capaz de hacer lo que sea para lograr su objetivo.
En aquella oportunidad hizo el anuncio en la Torre Trump, de la ciudad de Nueva York, con el lema Make America Great Again (Hagamos Estados Unidos grande de nuevo).
Luego, en su andar por el mundo de la política, tropezó una y otra vez con el rechazo de quienes, dentro y fuera de Estados Unidos, advirtieron del peligro para la sociedad estadounidense y el planeta: las riendas de la mayor potencia económica y militar serían conducidas por –así lo llamaron– un «fundamentalista» instalado en la Sala Oval de la Casa Blanca.
Cuando se sintió perdido en su aspiración por reelegirse presidente en 2020, fue capaz hasta de organizar la toma violenta del Capitolio, la meca del sistema.
No han sido pocas las veces que ha desacreditado al actual mandatario, Joe Biden, o ha cuestionado a su gobierno, a la administración de justicia, y se regodea en la ofensa y el escarnio que Twitter le permite impunemente, para atacar a cualquiera que se le oponga.
No conforme con la derrota en los últimos comicios, y bajo el paraguas de que 74 222 958 de sus compatriotas votaron por él, siguió cuestionando el proceso electoral en el cual resultó vencido por escaso margen, y ahora insiste en dar la batalla por su vuelta a la presidencia en 2024.
En este contexto, las últimas noticias respecto a Trump pueden resumirse en cuatro imputaciones penales que acumula, entre ellas la acusación de que intentó alterar el resultado electoral de 2020 en el estado de Georgia, lo que, según EFE, conlleva no poder librarse de la cárcel.
El propio despacho noticioso refiere que Trump estaba ya inculpado en Washington D.C. por intentar revertir los resultados electorales del propio año; en Florida por sustraer ilegalmente y mantener, en su mansión de Mar-a-Lago, documentos clasificados que sacó de la Casa Blanca al acabar su mandato; y en Nueva York por un supuesto soborno a la actriz porno Stormy Daniels, para asegurarse de que guardara silencio sobre su affaire, durante la campaña electoral de 2016.
No puede olvidarse la llamada que Trump hizo, en enero de 2021, al secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensperguer, a quien conminó a «encontrar los votos suficientes para revertir los resultados de los comicios allí», de manera que fuera el aventajado sobre Biden.
Ese audio ha salido a relucir recientemente, y sostiene una de las querellas contra el exmandatario republicano.
En consecuencia, a Trump se le culpa de «conspiración», un término que, en estos casos, mucho se usa para tratar con mafias.
Trump podría recibir por estos cargos hasta 20 años de prisión. No obstante, «es posible que termine en la cárcel y sea presidente de Estados Unidos. Ciertamente sería impactante y vergonzoso, pero es posible», subraya Mark C. Smith, profesor de Ciencia Política y Derecho Constitucional de la Universidad de Cedarville (Ohio), citado por EFE.
A lo que no se refieren ni se referirán los grandes medios de prensa occidentales, es a la «obra diabólica de Trump» que significaron las 243 medidas con las que endureció el cruel bloqueo contra Cuba, así como su infame decreto para que la Isla volviera al arbitrario listado de países «patrocinadores de terrorismo», decisión que firmó pocos días antes de abandonar la Casa Blanca.
De esa manera se confabulaba con los sectores de la mafia cubanoamericana asentados en Miami, y con políticos de esa misma corte, involucrados –lo mismo en la administración Trump que en otras anteriores– con todas las mentiras, las agresiones, el terrorismo, las sanciones y demás formas de agredir a la nación caribeña, por el solo hecho de mantenerse firme en la resolución soberana de ser libre y edificar, sin injerencias, su propio proyecto político y social.















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