Cuando Rusia anunció el 10 de septiembre que concluyó el Nord Stream 2, «una de las mayores construcciones energéticas del mundo», recordé la gran hazaña, en época de la Unión Soviética, que consistió el viaje de Yuri Gagarin al cosmos.
Fue el 12 de abril de 1961, miércoles, cuando, desde el cosmódromo de Baikonur, en la actual Kazajistán, Gagarin subió a la cápsula que lo llevaría al espacio, heroicidad que marcó un hito y cimentó el desarrollo científico del país de los soviets.
Hoy, cuando es bastante natural y frecuente que otros cosmonautas realicen incursiones extraterrestres, un hecho que avala calificación humana y desarrollo tecnológico, es, sin dudas, la construcción del gasoducto Nord Stream 2, capaz de trasladar, desde territorio ruso hasta Alemania, a una distancia de 1 224 kilómetros por debajo del mar, un volumen superior a los 55 000 millones de metros cúbicos de gas al año. La obra es símbolo de seguridad energética, para que los países del Viejo Continente tengan garantizado, de manera estable y más barata, el combustible que, además, por la contribución ecológica en su extracción y traslado, no constituye amenaza alguna contra el medioambiente.
La obra, cuyo costo es superior a los 10 000 millones de euros, atraviesa aguas territoriales de Rusia, Finlandia, Suecia, Dinamarca y Alemania, incluye dos ramales paralelos, cada uno con 1 224 km de longitud, 1 220 mm (48 pulgadas) de diámetro, y debe comenzar a transportar gas para finales de este año.
Vale recordar que el gobierno estadounidense de Donald Trump se opuso a esta obra, por lo cual aplicó sanciones a Rusia, exigiéndole que detuviera la construcción. Más que todo, Washington teme a la dependencia europea del gas ruso, y a que Estados Unidos no pueda exportar dicho combustible hacia ese continente.
El gas de procedencia estadounidense proviene de campos de lutita, donde se emplea la tecnología de fracturación hidráulica, muy perjudicial para el medioambiente, además de lo caro que es su transportación marítima hasta las naciones europeas.
Como generalmente ocurre, también los gobiernos de Polonia y Ucrania, ajustados a su retórica antirrusa, se han manifestado contra el proyecto, aunque se trate de una obra de beneficio completo para las naciones de Europa.













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