
Oswaldo Guayasamín lo pintó muchas veces y siempre le hizo espacio en su gran obra, con más de 200 lienzos sobre el bello paisaje ecuatoriano donde se inserta el macizo de los Pichinchas, que integran los principales volcanes: el Guagua Pichincha y el Ruco Pichincha.
En épocas adversas como la actual, el Pichincha parece hacer guardia permanente desde los más de 4 784 metros de altura en la cordillera occidental de Los Andes, como protegiendo a la bella Quito y advirtiendo sobre intereses mezquinos enquistados en un gobierno neoliberal.
También vale recordar en estos días, meses y últimos años de Ecuador, cuando el «pintor de los oprimidos», al referirse a su obra, dijo: «Mi pintura es para herir, arañar y golpear en el corazón de la gente. Para mostrar lo que el hombre hace en contra del hombre».
Y es que a Guayasamín y a su obra hay que traerlos al presente en tiempos como los que vive la sociedad ecuatoriana, con una pandemia mal atendida gubernamentalmente, una crisis económica y social atroz y un ambiente electoral donde la actual administración ha hecho lo posible y casi imposible para mellar el avance del aspirante de izquierda, por la Unión por la Esperanza, Andrés Arauz, favorito en todas las encuestas, a pesar de las zancadillas a su candidatura.
Este próximo domingo, 7 de febrero, será la cita a las urnas donde, por supuesto, la caótica situación de la pandemia conllevará a un alto porciento de ausencia a los comicios, aunque son 13 millones de ecuatorianos los convocados a emitir su voto.
El actual mandatario, Lenín Moreno, que con muchas penas y ninguna gloria abandonará el poder, quiso por estos días realizar, quizá, su última voluntad política como Presidente, y junto a parte de su gabinete viajó a Washington, lo más probable, para tantear con la nueva administración estadounidense, cómo queda él una vez que abandone el palacio presidencial de Carondelet, en Quito, y si habrá cambios en el apoyo que antes le brindara la administración de Donald Trump.
En su paso por la presidencia, a Lenín Moreno se le pueden contar hechos de muy poca conducta ética, como el haber traicionado al movimiento Alianza País, dirigido por Rafael Correa, por el cual fue elegido al cargo y donde había sido vicepresidente. También sacó al periodista Julián Assange, asilado en la embajada de Ecuador en Londres y al que se le había otorgado la nacionalidad ecuatoriana, lo que significaba –y Moreno lo sabía– que sería llevado tras las rejas y, muy probablemente, deportado a Estados Unidos.
Tal acción, se ha afirmado que el mandatario la realizó como favor a ee. uu., para que le brindase ayuda y reconocimiento.
En realidad, Lenín Moreno y los mecanismos de poder dirigidos por su Gobierno han dedicado mucho tiempo a perseguir a Rafael Correa, juzgarlo sin pruebas, con el objetivo de evitar, a toda costa, que se fuera a presentar como candidato a la presidencia, porque sería un seguro vencedor en los comicios del próximo domingo.
Deja a su país con una multimillonaria deuda con el fmi, al estilo de Mauricio Macri, en Argentina; sin las brigadas médicas cubanas que tanta salud cuidaron en esa nación, y –al estilo Donald Trump–, fuera de los organismos multilaterales y de integración regional como el alba, Unasur y la Comunidad de Estados Latinoamericanos, y Caribeños (Celac).
Tienen los ecuatorianos, este 7 de febrero, la oportunidad de reencontrarse con el camino que, entre los años 2007 al 2017, con la presidencia de Rafael Correa, condujo a los grandes avances sociales y económicos.
En el centro del mundo –cita mágica de todos cuantos visitan a Quito–, la nación andina puede volver a hacer realidad el deseo que motivó más de una vez, a Guayasamín, a mirar hacia el Pichincha y plasmarlo en sus lienzos para la perpetuidad.















COMENTAR
Galo Gallegos H. dijo:
1
3 de febrero de 2021
11:36:37
Responder comentario