ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ciento treinta años después, siguen existiendo en EE: UU: las «máquinas de levantar». Foto: TELESUR

Martí vivió en EE. UU. entre 1880 y 1895. Cuando se leen sus crónicas escritas para diversos diarios de Latinoamérica, allí pueden verse las entrañas de la sociedad norteamericana. Nada escapa a su mirada ahondadora: la ciudad con sus palacios; la maravilla; el Presidente, el bandido, las costumbres, el pugilato de los hombres, los inviernos en el alma de los pueblos.

El 9 de agosto de 1886 escribe una carta a La Nación de Buenos Aires (así llamaba a sus crónicas), donde abordaba entre otros asuntos: «Cleveland y su Partido. Cruel tratamiento de los presos en la penitenciaría».

Comenta las contradicciones entre el Presidente de la Casa Blanca y su partido; el vicio de los políticos que no quieren representar los intereses de toda la nación. Y apunta Martí: «El egoísmo levanta los pueblos y los pierde». A propósito de esa palabra, levantar; José Martí denunció un método de tortura que, por aquellos días, se aplicaba en la prisión del Estado de Nueva York: «La máquina de levantar».

La prisión gozaba de fama de ejemplar y clemente. Pero, el «curioso» periodista supo, por los presos, que allí… «alzar los ojos es tener encima una red de látigos»; que hay «privilegios para los serviles y espías»; que «no ven allí en cada preso una criatura a quien mejorar y compadecer, sino bestia que ha de halar en agonía una tarea enorme».

No hay dudas de que nuestro Apóstol  conoció de muy cerca aquel horror, por eso afirma: «El curioso que fue a la prisión vio aún luciente en los ojos de uno de esos infortunados el reflejo mortal de la otra vida. Criaturas de barro parecen aquellos hombres sombríos y macilentos: y en la cara amarilla les relampaguean los ojos viscosos como los fuegos fatuos sobre una sepultura».

Dejemos que sea Martí, con esa capacidad de captar los detalles, quien haga pasar, como una cinta cinematográfica, una visión del horror:

«No ha habido en cinco años presos puesto en ella que no pidiese clemencia a los cuarenta segundos; los cuelgan por las manos esposadas, de una especie de horca que van subiendo los alcaides lentamente; las esposas les cortan las carnes; la circulación cesa en los brazos; las puntas de los pies vagan por el suelo; los alaridos espantables detienen en el aire los martillos de los presos que escuchan desde sus talleres; y el color no se lo detienen en las mejillas, porque allí no hay una sola mejilla con color: sacan en brazos al preso del potro, y luego lo echan a andar, como una fiera deshuesada».

¿Podía esa sociedad, con tales castigos que nos recuerdan las torturas medievales, ser ejemplo de las repúblicas nuevas de Nuestra América? En la respuesta a esa pregunta estaban las advertencias martianas.

Ciento veinte años después oímos hablar de la cárcel de Abu Ghraib en el Irak ocupado en nombre de la libertad. Otra vez la tortura hasta la muerte, con una risa sádica y enferma; espaldas acribilladas a latigazos; perros en la cara; pequeñas pirámides de hombres desnudos y humillados; juegos a muerte; libros sagrados en los inodoros…

¿Y la libertad, y los derechos humanos, y la democracia? Esas son también palabras para confundir a los que sueñan con la verdad, para dominar a los que no conocen las entrañas de los imperios. Lo cierto es que la tortura y el terror vienen en ese país desde el siglo  xix.

Desde los propios Estados Unidos, Martí los denuncia con un dedo que apunta a una prisión del Estado de Nueva York, donde se levantaba a un hombre para matar sus mejores esperanzas.

Fuente: José Martí, OC, T. xi, p. 28.

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