ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Trabajadores de Chesapeake Energy en un sitio del pozo de gas natural cerca de Burlington (Pensilvania, EE.UU.) Foto: AP

Cuando este 29 de junio la compañía estadounidense Chesapeake, pionera en obtener petróleo por medio de la fractura hidráulica conocida como fracking, se declaró en bancarrota, por una deuda de 9 000 millones de dólares, me vino a la mente todo el entramado que envuelve a esa forma de extracción del más conocido como gas esquisto.

La citada empresa llegó a la cima en la producción de petróleo y gas por ese cuestionado método, y forma parte del gran consorcio encabezado por el presidente Donald Trump, que ha hecho caso omiso a todas las advertencias sobre el daño ambiental y humano, por el empleo de esa técnica extractiva.

Debo explicar que en regiones como Texas o Dakota del Norte, el rápido desarrollo de la extracción de petróleo y gas esquisto, han contribuido en gran medida a que Estados Unidos superara los diez millones de barriles diarios, lo que lo se compara con naciones como Arabia Saudita, por su volumen de producción.

En 2018, el mandatario estadounidense, a quien nunca le ha importado el tema del cambio climático o del medioambiente, calificó a la energía salida del carbón como «la más limpia», y ha apostado al método fracking, aunque este resulte, además, nocivo a la salud de los seres humanos.

En relación con la extracción del conocido gas esquisto por el método de la inyección de agua, recordemos una Reflexión de Fidel del 5 de enero de 2012, cuando citaba un artículo de la agencia ips en el que se advertía: «(...) la explotación de una plataforma con seis pozos puede consumir 170 000 metros cúbicos de agua e incluso provocar efectos dañinos como influir en movimientos sísmicos, contaminar aguas subterráneas y superficiales, y afectar el paisaje».

En el citado texto reseña que para extraer el petróleo hay que bombardear las capas de la corteza terrestre con grandes cantidades de agua y otros componentes químicos, entre ellos el benceno y el tolueno, que son sustancias terriblemente cancerígenas.

No obstante todas estas advertencias, que muy bien se conocen, la producción de esquisto por la vía de la fractura hidráulica, que en el año 2000 era de 11 037 millones de metros cúbicos, subió a 135 840 millones en 2010, y a partir de entonces la curva ascendente se inclina cada vez más a la gran meta de llegar a cubrir el 45 % de la demanda general en el año 2035.

De lo que no hablan los empresarios apoderados de ese gran negocio, ni tampoco los grandes medios de comunicación a su servicio, ni los informes anuales sobre tal avance, es de la cantidad de habitantes, cercanos a los lugares de extracción del esquisto, que ya padecen de cáncer o de otras anomalías vinculadas a ese entorno.

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