Las acciones que identifican a la política de Donald Trump respecto a Israel se pueden resumir en un apoyo total a Tel Aviv, y en un desafío a la comunidad internacional, a partir de querer revertir cualquier avance —si es que hubo alguno— que ilusionara a los palestinos y al mundo con una posible paz en la zona.
Trump retó a la humanidad y decidió instalar la embajada estadounidense en Jerusalén, en contra de las decisiones de la onu, de los árabes —incluidos los aliados de Washington— y de todo aquel que brindó un ramo de olivo en sustitución de las armas.
El presidente estadounidense declaró unilateralmente a las Alturas de Golán sirio, ocupado por Israel ilegalmente, como territorio israelí. Y lo hizo «porque sí».
Hace pocos meses dictó un documento al que puso el nombre de Acuerdo del Siglo, expresión moderna de colonización en aquella volátil región.
En tal Acuerdo, Trump, y solo Trump, decidió echar a la basura todo lo que se había avanzado entre palestinos e israelíes, con los auspicios de la onu, la Liga Árabe y otras instituciones internacionales.
También ha decidido el magnate-presidente colonizar gran parte de la Cisjordania palestina y dar pisón y poner cemento a todas las violaciones que han posibilitado la construcción de cientos de asentamientos judíos en pleno territorio palestino.
Trump necesita a Israel tal como es y, en todo caso, más poderoso militarmente, más genocida contra los palestinos, y más desafiante ante los países cercanos como Siria, Irán e Irak. Para tal objetivo, Washington entrega cada año más de 3 000 millones de dólares en armas para ese gobierno, convertido en punta de lanza en la región.
Por su parte, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, que estuvo en la cuerda floja en los más recientes comicios debido a las varias acusaciones sobre corrupción que pesaban sobre él, recibió en días recientes al exjefe de la cia, hoy Secretario de Estado y «corre ve y dile, lleva y trae» de Trump, el siniestro Mike Pompeo.
Tiene lógica, entonces, la última decisión del gobierno sionista de bautizar un ilegal asentamiento judío que
construirá en territorios usurpados de los Altos de Golán, con el nombre de Donald Trump.
Se trata de una zona, que Israel ocupó ilegalmente durante la Guerra de los Seis Días, en 1967, y que luego se autoanexó en 1981.
Aunque la comunidad internacional se opone a ello, en marzo de 2019, en una visita de Netanyahu a Washington, su amo, Donald Trump lo espero con la mesa lista para firmar tan abominable documento, que sepulta la existencia misma de un Estado palestino, cínica acción que tituló como Acuerdo del Siglo.
Se «merece» entonces que Israel le ofrezca una parte de las tierras que no le pertenecen y que, además, la bautice con su nombre: Altos de Trump. ¡Qué vergüenza!















COMENTAR
Responder comentario