ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Un recordatorio perenne de lo que le ha hecho al pueblo de Estados Unidos el hombre que supuestamente debía protegerlo, eso es el llamado «Reloj de la Muerte de Trump». Más que llevar el lamentable conteo de las vidas perdidas en ese país a causa de la pandemia, la creación de Eugene Jarecki, (documentalista, autor y activista del proyecto) visible en Times Square, en New York, es otra abierta denuncia a la postura «Poncio Pilatos» asumida por el mandatario estadounidense ante la pandemia, quien, no sólo le restó importancia, ignoró las alertas de la OMS y tardó en poner en práctica medidas de contención, sino que se declara a sí mismo como «exitoso», por su gestión ante la COVID-19.

Lo cierto es que mientras el egocentrismo del Presidente alcanza niveles tan insospechados como los de la enfermedad, el «Trump Death Clock» sigue su fatídico conteo mientras la cifra de muertes ya rebasó los 80 000, y aun no se vislumbra el fin de la pandemia.

Tras las cifras del reloj, tras esos números rojos que han llevado a la meca del capitalismo en el mundo a ser también la meca de los contagios y las muertes, hay mucho de la segregación, del racismo y la xenofobia, del sentimiento antinmigrante que ha promovido la administración Trump. Desmembrando los datos globales de esa nación, rápidamente se percibe lo que desde la entrada del virus al imperio del norte se vislumbraba, los negros, los latinos inmigrantes e indocumentados, las familias de bajos ingresos, los millones de seres humanos cuyo sueño americano se resume a una tienda de campaña o una caja de cartón que hacen función de hogar, han sido las más abundantes gotas en la ya desbordada copa de los adioses definitivos.

A juzgar por lo que sucede en ese país, tal parece que el comportamiento de la pandemia ha sido consecuente con las políticas gubernamentales. Al ser los sectores más vulnerables de la sociedad, el virus se ha llevado consigo en mayoría, a quienes jamás han figurado como prioridad en el discurso presidencial, salvo para referirse a ellos como parias en una sociedad «magnánima y perfecta», como culpables del tráfico de droga, de la violencia y de cuantos otros males se les ocurran al inquilino de la Casa Blanca o a la camarilla que lo secunda.

En el más extremo de los casos no sería descabellado preguntarse, si el mandatario no estará aprovechando al nuevo coronavirus como pretexto pretexto para «limpiar» a su país, aunque existan «daños colaterales» no incluidos en su postura de odio, porque para hombres de su estirpe, «el fin, justifica los medios».

Mientras el reloj expone la crudeza de las muertes que un 60 por ciento se le deben a la «exitosa» gestión de Trump, el presidente tiene cosas más importantes de qué preocuparse como derrocar a Maduro, vetar intentos de desarme en medio de la contingencia epidemiológica, asfixiar a Cuba y silenciar un ataque a su Embajada, recrudecer sanciones contra Irán y si seguimos el listado de sus errados pasos sería interminable.

Entre tanto, para que nadie diga que a él su pueblo no le preocupa en lo más mínimo, piensa en soluciones ingeniosas y los insta a tomar productos químicos de higiene o a exponerse a los rayos ultravioletas para matar al virus. Quien sabe, tal vez su enfermedad de poder le haya hecho creer que será el próximo Premio Nobel de Medicina o Química, por descubrir la cura definitiva de la COVID-19.

Cada vida que se apaga implica familias incompletas, sueños truncos, dolor, pero desde lo alto de su torre ese llanto es apenas un zumbido imperceptible que, puede ser cualquier cosa, como mismo el coronavirus no es más que «una gripe común». Pero como contrapartida simbólica a su conciencia ausente, allí está el reloj, que ha sustituido los segundos por suspiros apagados. Allí está, y ojalá ya no le quede mucho por sumar, aunque siendo realistas, así no es como pinta el presente estadounidense.

El excéntrico magnate pasará a la historia, por haberle sumado a los muertos de sus guerras sin sentido, los que ya no están porque un hombre, movido por su prepotencia decidió voltear la cara con un tsunami a sus espaldas. El «Reloj de la Muerte» será también el de la vergüenza, porque ningún hombre, aun agazapado tras las cortinas del poder, puede escapar a las consecuencias de sus actos.

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JMCF dijo:

1

15 de mayo de 2020

06:38:18


Excelente trabajo Leydis, ojalá el pueblo norteamericano lo pueda leer algún día y despierte de ese letargo que su gobierno los ha tenido siempre. Es el pueblo más desinformado del planeta.

Andrachi dijo:

2

15 de mayo de 2020

08:06:06


El imperialismo norteamericano se está desintegrando, agoniza, perdió cuerda, ya no da para más. Ya se oyen los estertores. Y nadie tendrá que hacer nada. Sin mover un dedo, veremos muy pronto el hundimiento definitivo. Bastante duró.