ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Olof Palme era el primer ministro sueco cuando el 28 de febrero de 1986, el último día de su vida, decidió tomar el metro de Estocolmo sin escoltas e ir al cine junto a su esposa Lisbet Palme, su hijo Mårten y la nuera, para disfrutar de una comedia; algo que podía permitirse en uno de los supuestos países más seguros y neutrales del mundo.

En Suecia, desde 1796 no ocurría ningún asesinato político. La última conflagración en la que participó ese país ocurrió en 1814, cuando las campañas napoleónicas. Acompañaba al país, además, una larga tradición de neutralidad.

Esa aséptica tradición no le impidió al Premier sueco apoyar resueltamente, durante dos mandatos al frente del Partido Socialdemócrata en el poder –entre 1969 y 1976, y desde 1982 hasta 1986–, a la Revolución Sandinista de 1979. Consideró al líder Fidel Castro su amigo. Visitó Cuba en 1975 y desafió la política de bloqueo de Estados Unidos contra la Isla, con la que colaboró en su desarrollo educacional y en la salud pública.

Condenó el golpe de Estado del general Augusto Pinochet, ayudó a la resistencia en ese país y dio refugio a miles de perseguidos de la dictadura.

El mandatario sueco fue enemigo del apartheid en África, y los guerrilleros namibios se trasladaron y combatieron en camiones donados por ese país. Criticó el sionismo y simpatizó con la causa palestina.

Estuvo en contra de la política de Estados Unidos y la otan de instalar más armas nucleares en Europa occidental, y se convirtió en una voz disonante al ser el líder incuestionable de la Internacional Socialdemócrata en el Viejo Continente, región en la que los gobiernos de la época secundaron la estrategia estadounidense contra la urss y los movimientos progresistas en el mundo.

Olof Palme era un inaudito líder occidental que promovía una alternativa de cooperación de los países desarrollados con el Tercer Mundo, dirigida a lograr un modelo de desarrollo caracterizado por los derechos sindicales de los trabajadores, altas prestaciones sociales y el papel del Estado como garante activo de esas conquistas, lo cual era inadmisible para los estrategas de la administración del presidente Ronald Reagan.

Ni antes ni después del líder sueco ningún estadista socialdemócrata occidental asumió iguales posiciones, y por ello Palme se ganó el odio de dictaduras, servicios especiales occidentales y organizaciones de extrema derecha, entre los cuales, sin duda, estuvieron sus asesinos.

Crimen sin castigo
A la salida del cine, Palme y su esposa caminaron hacia la estación del metro mientras comentaban la película. A poca distancia de la entrada, un desconocido se acercó y sin dar tiempo a reaccionar hizo dos disparos, uno lo alcanzó por la espalda y lo hirió mortalmente, y el otro acertó a su esposa levemente en una mano. El pistolero se perdió en la noche. Olof Palme no llegó con vida al hospital y murió cerca de la media noche.
La esposa de Palme identificó al asesino, Christer Pettersson, un drogadicto de 21 años con antecedentes delictivos, una lesión en el cerebro y sin una supuesta vinculación con móviles políticos.
Fue condenado por el magnicidio, pero el Tribunal Supremo lo exoneró de cargos y lo puso en libertad al no encontrarse el arma homicida. Tampoco quedó claro el móvil del procesado y se plantearon dudas sobre la objetividad del testimonio de la testigo. Tampoco se tuvo en cuenta que, en 1986, en una carta a su novia, el acusado confesó ser el asesino.

Otro sospechoso, Victor Gunnarsson, de 33 años, fue detenido, pero también rápidamente liberado por falta de pruebas concluyentes a pesar de sus vínculos con varios grupos extremistas hostiles a Palme. El investigado se refugió en Estados Unidos, donde fue asesinado en extrañas circunstancias.

Durante los 29 años transcurridos luego del asesinato, los servicios de seguridad suecos encargados de la investigación gastaron alrededor de 45 millones de dólares sin haber aclarado el crimen.
Los investigadores siguieron pistas en casi todo el mundo y trataron de comprobar teorías que vinculaban el asesinato con grupos de extrema derecha suecos, italianos y españoles, en los que aparecen vinculados familiares de los dictadores Francisco Franco y Benito Mussolini, los servicios secretos del general Augusto Pinochet, de la inteligencia sudafricana y de la CIA, y varios libros lanzaron hipótesis con más elementos de ficción que pruebas sin ningún resultado, lo que acumuló toneladas de documentos que, es muy posible, sepulten para siempre la verdad del crimen.

En la tumba del dirigente sueco nunca faltan rosas rojas, depositadas diariamente por sus compatriotas y visitantes extranjeros.

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