Sin lugar a dudas el presidente chileno, Sebastián Piñera había estado al tanto de los últimos acontecimientos en Ecuador, Argentina y Brasil, donde la población se ha lanzado a las calles a protestar por las medidas neoliberales que se están aplicando en detrimento, fundamentalmente, de los más desposeídos.
Pero, al parecer no conoce el refrán popular de que «cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo».
De no ser así, cómo entender que, sólo dos días antes de que la intensidad de las actuales protestas lo llevara a invocar el estado de emergencia, el presidente Piñera había declarado en entrevista con Radio Cooperativa que Chile era «un verdadero oasis en medio de una América Latina convulsionada».
Se sintió «seguro» y por eso subió el precio de los pasajes del Metro, medida que afecta a millones de ciudadanos, principalmente a los estudiantes, los de menos salarios y otros.
La desesperación popular mostró a un Chile que nada tiene de oasis y, una vez más, la represión de los carabineros —igual que durante la dictadura de Pinochet— exhibe un saldo, solo el primer día, de más de una veintena de heridos, y 160 detenidos, según varias fuentes desde la capital chilena.
La periodista Paula Molina, en reporte desde Santiago, señala que «los estudiantes han cumplido más de una semana de evasiones masivas en el Metro de Santiago, en protesta por una nueva alza en el pasaje del tren que moviliza a 2,8 millones de pasajeros diarios y cuyo valor en hora punta ha llegado a ser de los más caros de Latinoamérica: 1,17 dólares el ticket, tras la última subida».
Este domingo, cuando se anunció que el presidente Piñera había suspendido el alza del pasaje del transporte subterráneo, el propio mandatario argumentaba que 78 estaciones de Metro habían sufrido afectaciones debido a las protestas masivas escenificadas un día antes.
Remember, Ecuador, de Lenin Moreno, Argentina, de Mauricio Macri, Brasil, de Jair Bolsonaro.
Llegó la hora al «oasis» chileno, de Sebastián Piñera, y en todos los casos, las supuestas soluciones para detener las protestas, no son más que «curitas de mercurocromo», no para sanar definitivamente, sino con el fin de alargar la pesadilla neoliberal.















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