No quieren morir, aunque en realidad les resulta igual fallecer ahogados en el cruce del Mediterráneo en una frágil embarcación, que terminar su vida y la de los suyos a consecuencia del hambre, las enfermedades o simplemente víctimas del fuego cruzado entre bandas rivales que operan en su país de origen, o de grupos terroristas estimulados desde el exterior.
Su procedencia: Eritrea, Etiopía, Tanzania, Siria, Sudán, Nigeria, Somalia, Gambia… El destino es Europa, cuna de metrópolis que expoliaron a la mayoría de esos países que fueron sus colonias.
La forma de llegar: la más incierta. Expuestos al cruce del Mediterráneo hacinados en cualquier tipo de barca, pagando sumas de dinero que van de 3000 a 8000 euros y para lo cual han vendido lo poco que tenían, si es que poseían algo o, en muchos casos, se ofrecen como esclavos modernos, sometidos a las más variadas formas de maltrato.

Son cientos de miles. Pero miles no han podido llegar al lugar escogido y han perecido ahogados o comidos por animales convirtiendo al Mediterráneo en un inmenso cementerio. La cifra exacta no existe.
Lo descrito es solo una parte de la realidad, que transita por el rechazo de algunos países europeos a recibirlos, los inhóspitos y desprotegidos campamentos a los que son llevados, la expulsión o la cárcel y los muros y las altas alambradas para que no crucen de un estado a otro. Una especie de racismo y xenofobia no desaparecidos aún en un sistema social capitalista fundamentado en la explotación.
Libia, país del norte africano, devenido en un ente de ingobernabilidad, es usado como punto de embarque de los emigrados que quieren llegar a Europa. Allí, la Organización Internacional de Migraciones (oim) ha advertido sobre la «venta de muchos emigrantes como si fueran verdaderos esclavos» en pleno Siglo xxi, aunque ahora –a diferencia de la época de la esclavitud– se use el dólar o el euro como monedas de cambio por las mafias que operan en aquella nación.
El tema tuvo esta semana su última Cumbre en Bruselas. Las posiciones no coincidentes entre los países del sur y los del centro y el norte europeos, han llegado a advertir una gran fractura dentro de la UE. Mientras Italia y Grecia se sienten solas para abordar la llegada de los miles de inmigrantes desde África y Medio Oriente, los del norte europeo acusan a los primeros por no patrullar bien sus costas al Mediterráneo.
Para Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, el asunto «está incrementando el tamaño de las grietas y la fragilidad de la Unión». Un claro ejemplo de ello es que, aunque en esta Cumbre se acordó que todos los países miembros deben ayudar a los migrantes rescatados, no se dio ningún detalle de quién o cómo se hará esto. En igual sentido se indica la creación de «centros de migración asegurados» y en ellos se determinará quienes buscan asilo «genuino» y quienes son «migrantes irregulares, que serán regresados a sus países».
El acuerdo no aclara qué estados albergarán esos centros. Y lo más controversial, no se explica qué significa un «centro asegurado», por lo que algunos temen que sea un tipo de prisionespara los migrantes que llegan a Europa, según publica bbc Mundo. Un tema que parece un «descubrimiento tardío» se refiere a lo planteado por los líderes europeos de lograr una mayor inversión en África para ayudar al continente a obtener «una transformación socioeconómica sustancial» para que la gente «no tenga que dejar su país buscando una mejor vida».
Ojalá se cumpla con aquello de más vale tarde que nunca y de verdad las naciones africanas reciban inversiones foráneas y otras formas de colaboración que al menos les disminuyan el hambre y las enfermedades. Ojalá y se tengan presente escalofriantes datos de la unicef como que en naciones africanas mueren 2 600 niños cada día durante sus primeras 24 horas de vida, encabezando Etiopía y Tanzania la lista de los diez países con más mortalidad neonatal del mundo.Hasta hoy el saldo de las muchas cumbres sobre el asunto migratorio, no ha sido favorable.
Mientras solo se busquen paliativos y no se vaya a las raíces del problema, la migración seguirá siendo una pesadilla para las naciones del Viejo Continente. O mejor dicho, mientras no se salden las grandes deudas de siglos de explotación contra los africanos y habitantes de otros países pobres que fueron colonias, las supuestas soluciones no pasarán de ser curitas de mercurocromo para una gran herida aun sin sanar.
Según estadísticas oficiales, más de 65,6 millones de personas en todo el mundo se han visto obligadas a abandonar sus hogares a causa de conflictos internos y condiciones precarias de vida. De esta cifra, son casi 22,5 millones los refugiados, de los cuales más de la mitad son menores de 18 años.
La ecuación no requiere de profundos conocimientos matemáticos ni de otra índole. Hay emigración masiva de países empobrecidos, que fueron despojados de muchos de sus recursos, donde la mortalidad infantil supera los dos dígitos. En muchos de ellos, el caos gubernamental, las luchas entre clanes o facciones, las desavenencias entre religiones, y la falta de inversión para el desarrollo, son constantes del malvivir diario, de un presente sin futuro.
Millones de ciudadanos se lanzan a la mar, como única tabla de salvación que los lleve a un destino distinto, para que la vida tenga algún sentido.















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Miguel Angel dijo:
1
5 de julio de 2018
01:35:41
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