
CARACAS.—Cuando Miguel mira al público se imagina el mar. En cada fila de personas sentadas ve una ola suave que se acerca, y los aplausos suenan como ese rumor de espuma que se deshace en la orilla, esa playa de madera que es el tablón del teatro.
Miguel padece a ratos la turbulencia de una epilepsia que lo revuelve todo en su cabeza, pero ver el mar lo tranquiliza, y aunque un dictamen médico certifica algún retardo intelectual, actúa con impecable calidad el personaje del niño que entierra su mano en la arena de la playa, bajo el agua, donde las olas se rompen, y celebra una alegría incontenible cuando saca un guacuco: esa masa deliciosa en una concha que ahora hervirá y comerá.
Pero al terminar la obra las olas vuelven a ser asientos y Miguel sale a las calles de Caracas, apartado del mar. Va a casa con el sueño de que un día, por fin, hundirá su mano en la playa y sacará un guacuco de verdad.
UNA SOLA FAMILIA
“En La Colmenita Bolivariana caben todos los niños”, dice Flavia Figueras, de siete añitos, y es la más grande verdad. Apenas había nacido cuando para esta misma fecha, en el 2009, el teatro Teresa Carreño ofrecía la función inaugural de la primera de las hermanas venezolanas que ahora tiene el gran proyecto infantil cubano del querido Tin Cremata.
En la obra que representa Flavia hay muchachos que le doblan la edad y el tamaño, pero es una fiesta verla pequeñita en la danza del manduco, en un goce de contorsiones y faldas multicolores que unen un baile tradicional a los versos de Nicolás Guillén, un niño negro a una niña blanca, un cuatro venezolano a un tambor cubano, un Heyberth de clase media a una Natalie de los cerros más pobres de Caracas.
“Me dio trabajo encontrar la tela exacta, pero le hice la falda con recortes y ahí está ella feliz en su danza”, resalta Roxana González, madre de Flavia, quien procura todo el tiempo posible para estar en las funciones, los ensayos, garantizarle al grupo lo mínimo necesario para que no se caiga una sola sesión.
“Es increíble como La Colmenita les transforma la actitud. Es su motivación principal para todo, corrigió la disciplina, la hizo más aplicada en los estudios, le quitó muchas horas a una televisión no siempre adecuada y sobre todo la hace feliz, muy feliz… y con ella yo, por supuesto”.
Como Roxana hay varios padres y abuelas, y como Flavia, cientos de niños en varios estados de Venezuela. Ya no es solo La Colmenita de Barlovento, aquella que inició en el 2009, sino otras 13 en Cojedes, Carabobo, Vargas, Miranda, Yaracuy, Zulia, Anzoátegui, Barinas y cuatro en la urbe caraqueña, que a lo largo de siete años completos han visto pasar por ellas a más de cinco mil infantes.
Es curioso, sin embargo, que siendo tantas siga llamándose La Colmenita Bolivariana, aun cuando se hable de todas a la vez.
“Es que somos exactamente eso, una sola familia, que ha derivado en comunidad participativa, porque ya ni siquiera el sostén logístico depende solo de una institución estatal, sino de la gestión de los familiares, los profesores, la población donde residen. Cada colmenita se ha convertido en un núcleo promotor de la integración social que moviliza esfuerzos colectivos para mantenerlas vivas”, explica Kenny Ortigas, coordinador cubano del movimiento colmenero desde el 2011.
Los pequeños protagonistas coinciden en la definición: “Me fascina estar aquí, pues además de actuar, de cantar, de hacer música, lo que me gusta es estar con mis amigos, una familia divertida que hace arte mientras está jugando y echando bromas”, dice Alejandro Moreno, calzado por Amanda Peralta, de 13 años.
“Lo que más disfruto es compartir con mis amigos. De los siete años yo llevo cinco y en este tiempo se me ha convertido en una gran familia, así la veo. Este teatro es para mí un segundo hogar, quiero a los profesores como a mis padres, mis compañeros son mis hermanos y esa amistad que tenemos es la clave que nos permite seguir adelante, como un equipo que en las buenas y en las malas está siempre unido”.
Aunque su historia es muy joven, La Colmenita Bolivariana es un legado que varios dentro de ella defienden como idea autóctona del Comandante Hugo Chávez… y dan fe de ello.
Fundadora y coordinadora de La Colmenita en Cacique Tiuna, una urbanización al suroeste de Caracas, Wendy Urbina recuerda con nostalgia el día en que Yoki, un instructor cubano, llegó al barrio buscando a los niños para iniciar el proyecto.
“Empezamos a ensayar en los apartamentos, en los bajos de los edificios, en los estacionamientos, hasta que hicieron el anfiteatro Maracapana.
“Pero el recuerdo más lindo fue el día del 2012 en que presentamos La Cucarachita Martina delante del presidente Chávez, ya enfermo. Yo brincaba de alegría viéndolo aplaudir, reír, disfrutar, jugar con ellos como si fuera un niño. Más fue la emoción cuando abrazó a mi hija, que era la Cucarachita, y le preguntó por qué siendo tan pequeña se quería casar”.
Jeinckely Catalán es su niña, la pequeña Cucarachita de entonces y de ahora, porque recién cumplidos los 15 años sigue haciéndola dentro del mismo grupo, y casi llora cuando recuerda el momento: “Me abrazó, me besó y me pidió que no abandonara nunca La Colmenita, que con el impulso de la cultura los niños pueden aprender mejor que la verdadera Venezuela no está en la droga, en la violencia, ni en la delincuencia.
“Y aquí estoy, como él me pidió, no solo por el placer de hacer cultura en un proyecto lindo en el cual estoy creciendo, sino por la satisfacción de ayudar a otros niños a seguir un camino de bien.”
EL GUACUCO, POR FIN
Romance en Barlovento es un maravilloso espectáculo infantil que estrenó en sus inicios La Colmenita Bolivariana de esta región del estado de Miranda, la primera de estas 14 hermanas que hoy tiene Venezuela.
Es una adaptación del Romeo y Julieta de Shakespeare, llevado a la geografía barloventeña, con el detalle incluido del guacuco, que cautivó en el Festival Internacional de Teatro de Caracas, con la misma fuerza que enamora a los niños del resto de las colmenitas. Todos quieren hacerla.
A insistencia de los pequeños de la sede central en Caracas, Kenny, coordinador nacional y profesor principal del grupo capitalino, los llevó un día a Barlovento, “a conocer por fin la tierra de su obra preferida”.
“Llegamos hasta la orilla del mar, a que vieran y vivieran la historia tantas veces actuada del guacuco. Todos los niños enterraron sus manos en la arena y encontraron al menos uno, celebrando enseguida con tremenda felicidad; excepto uno de ellos, que rompió a llorar rayando el desespero, porque no encontraba el suyo. Se llama Miguel.
“Entonces, sin que él se diera cuenta, enterré un guacuco en la arena, luego tomé su mano y la guié hasta la concha. A Miguel los ojos le brillaron con el descubrimiento, lo levantó como un trofeo y sin dejar de sonreír se lanzó a una nueva búsqueda.
“Increíblemente, cada vez que metió la mano topó uno, y al cabo de los minutos fue el niño que más guacucos sacó… y fue el más feliz.
“Tin Cremata dice siempre que La Colmenita se mueve por lugares místicos, rincones misteriosos, y logra cosas imposibles. Ese día, con Miguel, entendí mejor la esencia verdadera de este proyecto iniciado hace siete años en Venezuela.
“La Colmenita Bolivariana no es la culminación de un suceso artístico, es solo un comienzo, una inspiración, la mano colectiva que guía la del niño que empieza, cualquier niño, y lo ayuda a descubrir la alegría, el compartir, los buenos sentimientos, dándole un primer impulso para que luego siga su vida en el camino del bien, de la humildad, de la virtud”.













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yaima dijo:
1
29 de agosto de 2016
11:33:25
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