ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La alegría del niño y su mamá dicen suficiente del cariño y la gratitud merecida por Yusleidis. Foto: Del autor

ALTAGRACIA DE ORITUCO, Guárico, Ve­nez­uela. —Ahora en visita de control, Yusleidis Orta camina los mismos callejones empedrados de la comunidad pobre, que en la persona de esta cubanita, conoció al primer doctor que tocó las puertas de sus casas.

Por obra de la Revolución Bolivariana, en el barrio periférico Ezequiel Zamora, de esta ciudad al centronorte del estado de Guárico, se levantó una de las bases de misiones socialistas diseñadas por el gobierno chavista para atender diferenciadamente a los asentamientos de extrema pobreza.

Con la nueva construcción también llegó al caserío la jovencita Yusleidis, quien con todas sus maletas, una nostalgia grande por su natal Encrucijada y el susto natural de un recién graduado que se atreve, se instaló en el centro mismo de la cotidianidad precaria del lugar.

Lo que hizo con las puertas fue su mejor presentación: primero abrir de par en par la de su propia consulta, luego irse casa a casa a darse a conocer y ofrecerse a sus pacientes, incrédulos todavía.

Muy pronto el consultorio fue un lugar concurrido de las madres con sus niños, ancianos, personas que buscaban por primera vez explicación a un dolor que nunca tuvieron a quien decir, curiosos que allí fueron porque sí, para ver nada más a aquella casi niña que les trajo un poquito de esperanza.

En los hábitos públicos del barrio empezaron a verse también los efectos de la villaclareña de bata blanca que no solo curaba y daba medicinas; sino que aprovechaba el grupo más pequeño para ofrecer una charla sobre higiene, cómo evitar epidemias, sugerir mejores modos de protegerse en el consumo del agua y los alimentos. Ya no hay los yerbazales que casi tapan las casas y los caminos, ni las cloacas infectas que en las lluvias desbordaban y corrían al nivel de los tobillos.

“La doctora es muy querida, no solo por su profesionalidad, sino por el empeño personal con que se toma su oficio. No paró hasta que logró llevar a consulta a mi esposo enfermo”, cuenta María Herrera, autoridad comunal.

“El terco padecía una trombosis en su pierna, que solo pudo aliviar por la insistencia de Yusleidis. Así es ella: se toma para sí los problemas de la gente. Es un sol esta muchachita.”

Y en su repaso actual por los mismos caminos de aquel tiempo fundador, ahora como alta responsable en el área de salud del municipio, Yusleidis recibe de metro en metro la confirmación de aquel cariño que sembró durante su estancia allí.

Apenas iniciado el recorrido, una señora sale disparada desde el fondo de su casa, a través del patio, gritando el nombre de la joven: “Es Rosa, de mis pacientes más frecuentes”, señala Yusleidis, antes de someterse al apretón de un abrazo.

“Mi niña, te extrañaba. Me da tremenda alegría verte”, le espeta, mientras explica sus razones a los acompañantes: “Fue el primer doctor en el barrio. Nos malcrió a todos y la quisimos como a un pariente nuestro”.

Bajo la guásima grande de la próxima cuadra, un señor la saluda con el brazo levantado, mientras atiza un fogón de leña bajo un caldero que expide un olor conocido.

“Es el chicharronero. Tremenda nostalgia de Cuba cada vez que pasaba por aquí. Le daban unos ataques que le diagnostiqué como epilepsia. Vio el cielo abierto cuando conmigo conoció el fenobarbital. Oye, pero ni así se le escapaba un chicharroncito para mi consulta, y yo loca de ganas”, ríe, y responde el saludo desde el camino.

Cuesta arriba, al final de un trazado de piedra, una niña se desprende de su madre y corre a abrazar a la doctora cuando la ve doblar la esquina, en una escena que no necesitó descripción extra; aunque solo superada en emociones por la reacción de un paciente especial en la manzana siguiente.

Bastó que José Gregorio Ortuño la divisara desde el portal, para que la silla de ruedas se le hiciera de pronto demasiado estrecha, y la risa borrara de un plumazo el ensimismamiento que le tenía la mirada pegada al horizonte.

Ya tiene 13 años, padece una parálisis cerebral infantil y en la ruta larga y lenta de la rehabilitación, Yusleidis tuvo en poco tiempo un lugar singular.

Al menos eso explica el alboroto del pequeño. Convence con su alegría evidente y la sacudida de sus piernas.

“Mira, qué bien, ya las mueve, es un avance grande”, hace notar la doctora, quien precisa que recibe la terapia en la sala de rehabilitación adjunta al CDI, de manos de otros cubanos.

Por la madre se sabrá después que en la gestión de la jovencita tuvo acceso a medicamentos complicados, al inicio de las sesiones terapéuticas y hasta la consecución de una silla nueva, que ella misma se empeñó en resolver como quien lo hace por un hermano, por un hijo.

Pero se supo después, porque desde que Yusleidis cruzó los pocos metros de la calle hasta la casita humilde, solo hablaba del cariño la gran sonrisa del niño y la agitación incontenible que sacudía la silla.

Pocas veces, sin mediar una palabra, se explicó tanto y tan bien la huella que a su paso dejan los médicos cubanos cuando practican su oficio con la fuerza de una caricia, de un regalo, al costo de un profundo capital humano y la gratitud de sus pacientes como póliza de pago.

Alarmada al ruido repentino de la silla, Zulay Ortuño salió en procura del hijo, hasta hace un rato tranquilo en la sombra del portal.

Lo encontró en su fiesta de contorsiones, los gestos más expresivos de una alegría incomparable. Delante, la cubanita de impecable bata blanca.

“Ya entendí, ya entendí —respiró aliviada—. Nunca nadie lo pone tan feliz”.

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cumana dijo:

1

25 de agosto de 2016

22:29:10


la oposicion prepara una gran concentracion provocadora para el dia primero y el imperio esta echando mas leña al fuego,como es logico