
SAN JUAN DE LOS MORROS, Venezuela.—“Llegó nuestro José Gregorio”, dice el señor de muletas que está sentado más cerca de la puerta, y a la entrada de Yanurys, un coro de voces esperanzadas lo reciben con notable emoción en el recinto de espera: ¡buenos días, doctor!
“Buenos días, sí, pero no tanto, no tanto con el santo”, responde en una sonrisa el galeno cubano, a la defensa del elogio que lo compara con el más venerado personaje del imaginario popular venezolano: el médico milagroso de los pobres, José Gregorio Hernández.
Va saludando uno por uno a sus pacientes, que a pesar de las vendas que sin excepción tienen en alguna de las piernas, tratan de incorporarse para ofrecer un saludo más cálido: los hombres un abrazo, las mujeres un beso.
“Siempre ocurre, es muy querido”, señala la recepcionista, que tres veces por semana disfruta esta bienvenida en la sala de rehabilitación Tulio Pineda, de San Juan, la ciudad capital del estado de Guárico.
Hace un año, el doctor espirituano Yanurys Ramírez Herrera trajo por primera vez a esta región el exclusivísimo tratamiento cubano a la úlcera del pie diabético, mediante aplicación directa del medicamento conocido en la Isla como Heberprot-P, y que ya produce Venezuela bajo la insignia Espronepider.
Desde entonces, ni siquiera el primero de los beneficiados ha salido todavía del asombro, de cómo aquel joven llegó de pronto y sanó heridas abiertas que por largos meses tuvieron invalidados a decenas de personas.
“Manuel es uno de los que recuerdo con más cariño”, relata Yanurys. “Vino desde Calabozo, otra ciudad, cuando supo de esta posibilidad; pero llegó con miedo y muchas dudas, dados los criterios de amputación en todas las clínicas visitadas antes. Tiene un taller de autos. Del negocio y su esfuerzo depende la familia, y sin el pie, decía con tristeza, todo acabaría.
“Traía una lesión profunda, pero solo dos dedos eran irrecuperables. Los desarticulamos y el resto lo salvamos. Volvió a su negocio, hoy está activo, y aún mucho tiempo después no encuentra cómo agradecer”. Pero para comprobarlo no es preciso apelar a los recuerdos; solo hay que estar donde el doctor y su equipo, pues la consulta es un raudal de testimonios.
“Todavía no me lo creo. Nadie que vea la cicatriz dice que tuve un hueco de seis centímetros que me llegaba al hueso”, detalla Cándido Rodríguez, de 79 años, que acompañado de su hija llega desde Cagua a la consulta.
“En solo seis semanas ya parece un raspón, y yo comparo los seis meses que estuve en una clínica privada, poniendo parcho sobre parcho y nada. Para las últimas sesiones vengo solo y manejando”.
Le sigue Pedro Paredes, apoyado en las muletas y en el hombro de su madre María. “Es la segunda vez y ya trae una sonrisa. Apenas una sola dosis y parece que a mi hijo le inyectaron toda la esperanza del mundo”.
Pedro no habla mientras le atienden la herida, parece que rezara; pero las bromas que le lanza la enfermera lo distienden. Tras el vendaje final, baja de la camilla sonriente: “Ya no necesito ayuda para pararme. Vuelvo sin falta”, y se despide con un “gracias” bien sonado a todo el equipo.
En una silla de ruedas, con una pierna amputada por la rodilla, entra entonces Ana González. “Nunca es tarde, nunca es tarde”, repite. “Ya no perderé las dos. Estuve a punto, pero vine a tiempo y aquí estoy, salvando el pie que aún me permite pararme. Es una bendición este cubanito”.
Yanurys solo atina a sonreír, con algo de timidez. Ante cada gesto insiste con humildad que no se trata de él, sino del grupo, y recalca mucho la “venezolanidad” de sus dos enfermeras y la doctora casi niña que prepara.
Yasmila Mijares es su brazo derecho. Tiene 22 años de experiencia como enfermera en pie diabético. “Claro, en las curas tradicionales, pues esta maravilla no existía aquí”. Hasta una investigación llevó una vez a un Congreso Internacional de Enfermería y ganó avales para crear en San Juan la primera consulta.
“Pero con la medicina cubana y la llegada de Yanurys todo cambió. Lo que antes llevaba tres meses, ahora se logra en tres dosis de aplicación. Es muy rápida la respuesta al tratamiento y la herida termina totalmente curada. Tanto me gusta y emociona que no he tomado vacaciones”.
Con apenas cuatro meses en la consulta, Eucaris Vázquez, la otra enfermera, ya se declara feliz, “es lo que quiero hacer, definitivamente; mientras Jessica García, la joven cirujana, afirma que fue una suerte descubrir este perfil.
“Es muy gratificante tanto paciente curado en tan poco tiempo. Llegan aquí después de muchas vueltas, ingresos largos y caros en clínicas privadas, amputaciones, desesperanzas, hasta que de pronto entran por esa puerta y encuentran todas las respuestas. Es maravilloso”.
Las tres forman el equipo que acompaña al cubano Yanurys, manos venezolanas y un trabajo conjunto que sintetiza la hermandad posible. “Es su gente, mire, de su misma tierra”, le hace ver a los pacientes cada vez que puede, pero adentro un orgullo insular lo sacude.
El angiólogo y cirujano vascular tiene siete años de experiencia en este campo, pero el capítulo venezolano le ha cambiado algunas perspectivas.
“Aquí tienes la posibilidad de contrastar y ver en su justa dimensión el alto valor humano de nuestra Medicina. Lo que para nosotros en Cuba es muy normal, a ellos les resulta un milagro. Sacan rápido las cuentas y no entienden cómo puede ser posible la gratuidad de algo tan efectivo.”
“Yo mismo, militar retirado, —cuenta Juan Fernández— pagué dos millones de bolívares por un ingreso largo, de curas tradicionales y posible amputación. Me resistí a que me cortaran el pie y entonces vine hasta aquí, sin pagar un centavo y mi pierna a salvo, a un 90 % ya de cerrar la herida”.
Solo en un año han sido curadas 168 personas, y en el mismo lapso hemos ofrecido más de 2 000 consultas e igual número de aplicaciones. ¿Resultado?
Desde entonces ninguno que llegó aquí necesitó amputación y tampoco nadie hizo rechazo biológico al tratamiento. No puede ser mejor”.
Fuera de la consulta, en el área de espera, la gratitud tiene forma de concilio. Los que salen comentan con quienes entrarán lo que verán al quitarse la venda. En unos la satisfacción, en otros la expectativa.
Saben las cualidades portentosas del medicamento, pero ellos prefieren aplaudir la pericia, la calidez del médico cubano “que nos atiende con calor de familia, como un pariente suyo que padece y él lo quiere sanar. Así era José Gregorio, sí señor”.
Con la vista en un papel Yanurys cruza la sala. Todos los ojos lo siguen. Al volver sobre sus pasos una mano se aferra de su mano y lo detiene. Él sonríe y pregunta un porqué con la mirada.
Sin pararse de su silla, Ana responde tras un silencio largo: “¡Gracias, doctor, muchas gracias!”.













COMENTAR
RobertoAntonio Mendoza dijo:
1
24 de agosto de 2016
15:42:42
Maritza Cuéllar dijo:
2
24 de agosto de 2016
19:44:49
Maritza Cuéllar dijo:
3
24 de agosto de 2016
19:45:58
judith herrera dijo:
4
4 de septiembre de 2016
00:26:06
Responder comentario