Entre lágrimas se despidió una de las figuras políticas más controversiales de los últimos tiempos en Brasil. El carioca de 58 años y excomentarista de una radio evangélica, Eduardo Cunha, renunció la semana pasada a su puesto al frente de la Cámara de Diputados del Congreso. Mantiene su escaño, pero no puede ejercerlo por determinación del Supremo Tribunal Federal.
El principal instigador del impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff insistió en su inocencia y la de su esposa Claudia Cruz y una hija de su primer matrimonio, quienes también están siendo investigadas por sobornos y usar dinero de las cuentas bancarias en Suiza.
Cunha le puso rostro al golpismo en Brasil cuando en diciembre del año pasado anunció que daba luz verde al juicio político contra la primera mujer presidenta del gigante sudamericano en un proceso que se volvió complejo y que, siete meses después, ha desembocado en una crisis política y económica que no parece tener fin.
En aquel momento Cunha se montó en la maquinaria que repitió una y mil veces los supuestos crímenes fiscales cometido por Rousseff y su impacto en la democracia. Sin embargo, las verdaderas razones, al menos para él, fueron netamente personales. Siendo presidente de la Cámara de Diputados exigió a los legisladores del gobernante Partido de los Trabajadores (al que pertenece la exguerrillera) que no votaran en un proceso que se le inició en la Comisión de Ética de la Cámara por “quiebra del decoro”. Ante la negativa del PT, usó todo cuanto estuvo a su alcance para derrotar a los petistas aun sabiendo el costo político de esa movida, que ahora, padece en carne propia.
Fue vendido como el político más poderoso e influyente de un país de casi 200 millones de habitantes. Su “mérito” desafiar públicamente a Rousseff y llevarla al abismo de su carrera política mintiendo, sobornando y manipulando a sus coterráneos en el Congreso.
También trascendió por ser aliado convencido del mandatario interino Michel Temer y de los dogmas del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (centroderecha) al que pertenecen ambos. Su renuncia es vista hoy como otro dolor de cabeza para un gobierno interino que ha intentado por todos los medios posibles proyectar una imagen de legalidad. Cunha representa un sistema corrupto e impune, y su nexo con Temer tiene implicaciones negativas para este último. Conscientes de ello, los asesores del presidente interino de Brasil dijeron que se había mostrado “sorprendido” ante la renuncia. No obstante, varios medios locales como Jornal O Globo dijeron que ambos se habían encontrado y que Temer intentó convencerlo de tomar esa medida.
Pero el silencio tiene un precio. En una de sus alocuciones públicas Cunha amenazó con destapar la caja de Pandora y soltar información que, según él, “liquidaría a medio Congreso”. Esa es la única vía que tiene para mantener su estatus y su influencia.
Varios analistas señalan que Temer busca postergar el juicio del hombre que le despejó el camino hacia Planalto (sede de Gobierno) por lo menos hasta que se decida el impeachment contra Rousseff en el Senado. De hecho, muchos estiman que esto puede suceder a finales de agosto coincidiendo con el fin de las Olimpiadas de Río de Janeiro.
Otra cuestión en juego es quién presidirá la Cámara de Diputados. Cunha está buscando desesperadamente, y así le exige a Temer, alguien fiel a sus intereses para que el proceso no vaya más allá y no pierda los privilegios jurídicos que tiene por ser legislador. Si los pierde podría ser juzgado por la justicia común. Al mandatario interino le conviene, por su parte, una persona influenciable que no melle sus intereses a largo plazo.













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Juan Pablo Becerra dijo:
1
12 de julio de 2016
10:10:55
José Antonio dijo:
2
12 de julio de 2016
11:54:29
Wilfredo. dijo:
3
12 de julio de 2016
16:11:18
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