
EL 13 de mayo marcó el 160 aniversario de la invasión de México por tropas de Estados Unidos en 1846, con la consigna Remember El Álamo que dos años después, en 1848, culminó con el Tratado Guadalupe Hidalgo.
Semejante a El Maine en Cuba es recordado El Álamo por historiadores mexicanos, y no pocos estadounidenses, como el pretexto utilizado para desencadenar la guerra expansionista en Texas y tratar de justifica el descomunal despojo que EE.UU. perpetró contra el pueblo azteca. La administración del 11º presidente estadounidense, James K. Polk, empoderó a los colonos de Texas y a su propio gobierno para arrebatar a México los estados de Texas, California, Arizona, Nuevo México y otras zonas.
Durante la campaña electoral de 1844, Polo, quien se crió en Tennessee, centro principal de la emigración texana, había basado su plataforma política, como candidato del Partido Demócrata a la presidencia, en un ambicioso programa expansionista que incluía la anexión de territorios británicos como Canadá y la obtención por compra o conquista de Texas y Nuevo México. El objetivo mayor hacia el norte lo constituyó Canadá, que fue frustrado por la resistencia local. El triunfo de Polk, discípulo de Jefferson y partidario de la anexión, fue en el sur, contra México.
“Nuestra confederación ha de ser considerada como el nido del cual partirán los polluelos destinados a poblar América, el peligro actual no radica en el hecho de que España sea la dueña de extensas posesiones americanas, sino que en su debilidad permita que caigan en otras manos, antes de que seamos lo suficientemente fuertes para arrebatárselos, parte por parte.” Estas palabras de Thomas Jefferson en Washington, reflejaban las creencias traídas consigo por los puritanos ingleses que arribaron a América para fundar las 13 colonias y después constituirían los Estados Unidos.
El “nido” de Jefferson se transformó en creencia cuasi religiosa y en hecho político. EE.UU. se auto titula país elegido para llevar al mundo, a hacer crecer su territorio por las buenas o las malas. Para John Quincy Adams, segundo presidente, todo el continente debía ser poblado por esa sola nación, con una única lengua y los mismos principios religiosos y económicos. La doctrina del quinto Presidente, James Monroe: América para los americanos (léase del norte) codificó a partir de la intervención en Cuba su “derecho” sobre el continente; el anhelo anglosajón de hacerse de los restos que quedaban de la desintegración del imperio español, sin injerencia de las potencias europeas. El sexto presidente norteamericano, Andrew Jackson, expresó que Dios había escogido a los estadounidenses como guardianes de la libertad y era su deber intervenir en donde no la hubiera. Así se fue conformando la idea del Destino Manifiesto: ocupar y “civilizar” los territorios deshabitados o poblados por nativos, o mestizos y españoles católicos, como lo sintetizó en 1845 el periodista John L. O'Sullivan en la revista Democratic Review de Nueva York: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios”
Desde fines del siglo XVIII en México y principios del XIX en Cuba, los angloamericanos comenzaron a expandirse, a invadir y ocupar la parte occidental de la América del Norte habitada por los indios y los españoles. El sistema era la guerra o la amenaza de ella, hacerse justicia por su propia mano y ocupar progresivamente el terreno que reclamaban como suyo de derecho. Tomaban como pretextos, entre otros, que los indios, amigos de los españoles, los hostilizaban, cometían horrores, y que los jefes de España los apadrinaban y excitaban; por “respuesta” los colonos atacaban y mataban. La política de EE.UU. era despojar de sus tierras a las tribus, empujarlas al sur y asediarlas para que se movieran más allá de las fronteras. Desde 1812, Luís Onís advertía al virrey Venegas de las ideas de Estados Unidos para fijar sus límites en la desembocadura del Río Norte o Bravo, "tomándose por consiguiente las provincias de Tejas, Nueva Santander, Coahuila, Nuevo Méjico y parte de la provincia de Nueva Vizcaya y la Sonora. Incluían en esos “límites” a la isla de Cuba. Los medios que se adoptan para hacerlo son como los de Bonaparte o Roma para sus conquistas: “la seducción, la intriga, los emisarios, sembrar y alimentar las disensiones en nuestras provincias de este continente.”
El 22 de febrero de 1819, los Estados Unidos firmaron el Tratado Adams-Onís con España, que modificó los límites de la frontera norte de Texas a favor de los norteamericanos. El método fue el de tomar territorios por la fuerza, y después negociar su cesión. En su libro World Order (El poder en el mundo) Henry Kissinger expresa que en Estados Unidos la Doctrina Monroe se interpreta como la continuación de la Guerra de independencia. “Ninguna nación de América Latina fue consultada cuando las fronteras de la nación crecieron a través del continente, la expansión de América (E.EUU.) fue vista como el desarrollo de una especie de ley de la naturaleza. Cuando Estados Unidos practicó lo que en cualquier parte fue definido como imperialismo, los americanos le dieron otro nombre: el deber proveniente de nuestro destino manifiesto de expandirnos, de regar el continente otorgado a nosotros por la providencia para el libre desarrollo de nuestra anual multiplicación de millones. La adquisición de vastas porciones de territorios pertenecientes a Francia ha sido tratada como transacción comercial en la compra del territorio de Louisiana y como inevitable consecuencia de nuestro destino manifiesto en el caso de México. No fue sino hasta finales del siglo XIX en la Guerra hispanoamericana (cubana) de 1998 que Estados Unidos se comprometió a escala total en hostilidades transoceánicas con otra mayor potencia.” (1)
Miles de colonos estadounidenses llegaban a Texas y formaban comunidades casi autónomas que fueron avasallando a la escasa población mexicana. Kissinger agrega que los intereses de los colonos de EEUU, dedicados al cultivo del algodón y del tabaco con esclavos negros, contaban con el apoyo de los estados esclavistas sureños, para los cuales la anexión de territorios mexicanos representaba la oportunidad de disponer de nuevas áreas de explotación y de enriquecerse. Una ley mexicana prohibió la entrada de colonos norteamericanos, sin que realmente dicha orden pudiera hacerse obedecer, por lo que el ingreso de estadounidenses continuó hasta crear un poder real frente al gobierno mexicano. El momento para llevar a la práctica los sueños expansionistas largamente acariciados, se presentó con la separación de Texas de México, que ellos mismos promovieron. Los colonos estadounidenses respondieron a la hospitalidad otorgada alegando supuestos derechos adquiridos para justificar la intervención del gobierno de EE.UU. En 1833 se envió una representación al Congreso de México para solicitar la concesión a Texas de la calidad de estado de la “República independiente de Coahuila.” Después se estableció el derecho de Texas a separarse de México y organizar un gobierno independiente.
SIETE PRESIDENTES DE EE.UU. EN POSES IMPERIALES
En febrero de 1844, se firmó un armisticio formal entre Texas y el gobierno mexicano de Santa Anna, al mismo tiempo que se negociaba con los británicos el reconocimiento de la independencia de Texas. Pero los texanos desconocieron el armisticio cuando el 10mo. presidente norteamericano, John Tyler, pidió la anexión de Texas a Estados Unidos para detener la creciente influencia inglesa. Al efectuarse la anexión el 1 de marzo de 1845, el gobierno mexicano protestó, pues no había reconocido su independencia; había manifestado que la anexión sería un acto de hostilidad y una causa suficiente para la declaración de guerra. A pesar de que EEUU sufrió una crisis económica y que Gran Bretaña trataba de detener el expansionismo norteamericano, no trataron de recobrar Texas. La inestabilidad política y la escasez de recursos impidieron cualquier intento y favorecieron que Texas y Estados Unidos se prepararan para la guerra contra México, la cual era promovida por la prensa, los intereses de los esclavistas y los especuladores de tierras norteamericanos.
POLK CONVIRTIO A TEXAS EN REPUBLICA
Al tomar posesión el 11no. presidente Polk, el 4 de marzo de 1844, dijo que la agregación de la República de Texas era una decisión mutua entre dos naciones independientes: Estados Unidos y Texas, y no entre su país y México. “Nada tuvo que hacer el gobierno (de Estados Unidos) en la toma de Texas, por la gente de habla inglesa. Los fronterizos la conquistaron por sí mismo, sin la ayuda de los estadistas, ni de los soldados que recibían ordenes de Washington.” (2)
Theodore Roosevelt también afirmó que Texas actuaba por su cuenta y que el gobierno de Washington no tuvo que ver en la separación de Mexico, pero la historia contradice todas esas afirmaciones. “Thomas Jefferson y Andres Jackson jugaron un papel muy importante, decisivo este último en la toma de Texas para Estados Unidos.” (3)
En estas circunstancias que aseguraban la victoria, Polk ideó una “guerra pequeña” con México para apoderarse de California y Nuevo México, a fin de obligarlo por las armas a la venta de estos territorios. Para justificar su guerra planeó la manera de presentar a México como el agresor. El motivo inmediato de la guerra lo encontró en los problemas de límites entre Texas y México, pues en tanto los texanos decretaron que sus límites estaban en el río Bravo, con lo cual Texas hacía crecer su territorio hasta poblados como Taos, Santa Fe y El Paso, los mexicanos los reconocían en el río Nueces. En apoyo a los texanos, el gobierno norteamericano ordenó al general Zacarías Taylor que avanzara hasta el río Bravo y construyera el Fuerte Brown, actualmente Brownsville, sobre territorio entonces mexicano. En enero de 1846, ordenó al general Zachary Taylor el avance desde la bahía de Corpus Christi hacia las riberas del río Bravo. Dos meses más tarde, Taylor se atrincheró frente a Matamoros, donde los mexicanos preparaban la defensa. El general Arista conminó a Taylor a retroceder hasta el río Nueces y ante su negativa, el ejército mexicano cruzó el río Bravo para cortar la línea entre las fortificaciones en el Bravo y el Frontón de Santa Isabel. El 25 de abril de 1846 la caballería mexicana venció en tierras mexicanas a los norteamericanos al mando del capitán Thorton en una escaramuza en el Rancho de Carricitos. La “sangre americana derramada en territorio americano” en esta escaramuza es otro pretexto de PolK para pedir la declaración de guerra.
Al entrar las tropas norteamericanas a territorio de México, tras algunos combates y escaramuzas con los mexicanos, Polk envía un mensaje al Senado para declarar la guerra a México pues “ha invadido nuestro territorio; ha derramado sangre americana en suelo americano y ha proclamado que se hallan en guerra”. Las fuerzas mexicanas ya han sufrido las dos primeras derrotas en el noroeste, en Palo Alto y la Resaca de Guerrero o de la Palma, los días 8 y 9 de mayo, respectivamente. El gobierno de México aceptó reconocer la independencia de Texas si no se daba la anexión, pero Texas la confirmó el 4 de julio de 1845. El gobierno de los Estados Unidos envió a John Slidell con el carácter de ministro plenipotenciario, lo que implicaba la reanudación de relaciones entre ambos países, que en esas circunstancias no podía aceptarse. El presidente Herrera se negó a recibirlo. Además, Slidell traía instrucciones de exigir que México reconociera el río Bravo, no el río Nueces, como límite de Texas y de presionar para que vendiera el territorio de Alta California (que comprendía los actuales estados de California, Arizona, Nevada, Utah y parte de Wyoming, Colorado y Kansas) por veinticinco millones de pesos y Nuevo México por cinco. La guerra duró dos años teóricamente, pero en realidad fue mucho menos. A pesar de las negaciones norteamericanas, hemos visto que todos sus presidentes hasta entonces pensaban y actuaban igualmente agresivos. Dieron pie a esa piadosa frase: Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los americanos.
(1) Henry Kissinger. World Order. Penguin Press. New York. 2014, p.240.
(2) Ramiro Guerra. La Expansión Territorial de los Estados Unidos. Editorial Ciencias Sociales. La Habana 2008, pp. 49-50.
(3) Ibidem













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