ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Maternal por naturaleza, la enfermera Raiza trajo de la selva un cariño aún más grande por los niños. Foto del autor

PUERTO AYACUCHO, Venezuela.—“Ranero, sí, así mis­mo. Es mi segundo apellido, como de muchas ranas. Espero que no tuviera que ver con venir a trabajar acá”, bromea Raiza Ro­dríguez, quien trajo de la selva intrincada las mejores experiencias de su capítulo amazónico.

Ahora al frente del único Centro de Diag­nóstico Integral (CDI) de esta ciudad, a la en­fermera de Guanabacoa todo le parece menos complicado.

Para el que llega nuevo, rumbo a alguno de los seis municipios de jungla, es una suerte grande encontrarse con ella y darse unos mi­nutos de conversación; porque en su palabra dulce y abundante, repleta de detalles descriptivos y lecciones fundamentales, se rompe el susto de lo desconocido y sientes que vas a la aventura con un tremendo arsenal.

Habla de los lugares con el ánimo de quien quisiera volver, exaltando la belleza natural, el dialecto local, los aprietos cotidianos… y también la  incomprensión y el dolor personal de unos modos de vida que poco tienen que ver con el cubano y los desbordes de su sensibilidad humana.

Al menos sobre Maroa, el municipio que ella habitó y dirigió como jefa del área de salud, parece conocerlo todo, gracias a los me­ses largos que pasó allí mezclada con las co­munidades más lejanas, con su gente humildísima.

Pero las experiencias que narra duelen tam­bién, y hacen saber que es un hábitat ajeno que debes respetar, al cual llegas para dar todo de ti…, aunque dentro del límite de sus tradiciones y leyes ancestrales.

“Es bonito pero muy difícil, sobre todo por el sentido humano de nuestro ejercicio profesional, de concebir la vida como el valor más preciado”.
Con gran dolor Raiza rememora las varias veces que lidió con las costumbres por sanar, por salvar la vida de los niños.

“Para los Kurripakos, por ejemplo, la etnia predominante en Maroa, es casi antinatural que dos nazcan al mismo tiempo. No lo admiten y escogen uno, porque la mujer lactará a ese nada más. Dicen que no puede desgastarse para atender el conuco mientras el hombre pesca.

“Tuve el caso más terrible con una segunda gemelar que salvó la abuela, quien la mantuvo viva con yucuta caliente (bebida a base de una harina de yuca llamada mañoco, plato principal de la dieta indígena).

“La falta de lactancia le desarrolló un sapillo en el tracto digestivo que la puso grave, y ni con los ruegos de los médicos aceptaron darle el pecho.

“Mira, buscamos al juez del pueblo, la GuardiaNacional, al representante de protección de menores; pero hay leyes que defienden los derechos indígenas desde el respeto absoluto a lo ancestral. Si no los convencíamos, no habría nada que hacer, y la niña moriría”.

Para ese entonces, Raiza tenía en Cuba a su niño enfermo, y con una foto en la mano interpeló al padre.

“Le dije: este es mi hijo, enfermo ahora, y yo no puedo atenderlo por estar aquí, salvando a la tuya. La niña también es indígena. ¿Y sus derechos?

“Tanto le hablé que al final lo convencí de traerla a la ciudad. Pedimos otro avión, porque en el primero no quisieron irse. La ingresaron al llegar, pero se habían perdido muchos días convenciéndolos…, y la niña murió”.
Como ese pasaje triste, narra las veces que, con mucho tacto y más grande corazón, lidió sutilmente contra costumbres que privilegian la medicina del chamán, o indican que los niños comen después de los padres, si sobra.
Pero Raiza tiene mejores y muchos más recuerdos, “de las lecciones que fuimos dando en silencio, cuando compartíamos nuestra propia comida con los cinco, seis, siete pequeños que venían con la madre ingresada, y los acostábamos a todos en camitas, mostrándoles cuánto vale un niño, su vida, sin distinciones. Fueron más los que hicimos nacer y los que salvamos”.

Así hizo su lista larga de historias alegres con su equipo de doctores muchachos, de los pacientes que hizo cambiar la forma de pensar con su actitud maternal en la sala, que no dejó de practicar ni cuando se internaba en las comunidades dispersas a lo largo del río Guainía.

“Ahí es cuando era más profesional. Mi­raba la selva alrededor, las condiciones de vi­da, me veía allí tan lejos de casa, y sabía que algo útil había ido a realizar.

“Lo hice y soy mejor. Maroa, con los cubanos, también es mucho mejor”.

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rodo dijo:

1

5 de abril de 2016

07:47:33


Es asombroso, un trabajo que todos deben leer, hasta llevar a las clases de ciencias naturales, Educación cívica, El Mundo en que Vivimos.... Para saber que en pleno siglo 21 con todo el avance tecnológico y científico todavía hay seres humanos que viven en esas condiciones y aprender lo hermoso de la humanidad del cubano, que lleva más de 50 años que dejó atrás similares cosas en los campos de Cuba.

silvio herrera dijo:

2

5 de abril de 2016

10:56:05


Todos tenemos el deber de entregar un mundo mejor del que lo encontramos. El ejemplo de Fidel y Raùl es consecuente con la humanidad. Felicidades a estos combatientes de la salud, continuadores del legado de estos dos dirigentes, por su internacionalismo y colaboraciòn para construir un sistema social justo en la Tierra.

Justa María Rodríguez dijo:

3

14 de diciembre de 2017

16:37:25


Qué lástima que tuve acceso tarde a Internet para ver esta página y a la noticia de Raiza (más de 1 año), no obstante quiero manifestar el orgullo que siento, porque la conozco personalmente. Somos coterráneas, no de Guanabacoa, sino de Nueva Paz, un pueblito de Mayabeque, donde crecimos las dos y fuimos compañeras de estudio en la Lenin. Quiso el azar que ahora las dos vivamos en Guanabacoa, nos encontramos una vez, en medio de un descanso de sus misiones. Después vi a su hermana y supe que volvió a salir de misión a Venezuela. Felicidades, Raiza, siempre pregunto por ti a Raimís, tu hermana, cuando nos vemos las veces que voy de visita a Nueva Paz. A los compañeros del periódico Granma los exhorto a dar seguimiento a la historia de Raiza y las de otros tantos profesionales que brindan su ayuda solidaria en lugares inhóspitos del planeta.