ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El Ejército de Liberación Nacional (ELN) es la segunda organización guerrillera más grande de Colombia. Foto:
FOTONOTICIA

CARACAS.—Que será un proceso largo y complejo nadie lo duda, pero el acuerdo firmado el pasado miércoles, en esta capital, entre el gobierno colombiano y el insurgente Ejército de Liberación Nacional (ELN) para iniciar en breve un proceso público de diálogo por la paz, es otra puerta que se abre al camino de la concordia definitiva en el país, al anhelo de millones de sus habitantes.

Con tan solo el anuncio de que el segundo bloque guerrillero se sentaría también a la mesa de conversaciones —como desde el 2012 lo hacen en La Habana el Ejecutivo y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP)—, hizo del 30 de marzo un día histórico; no solo porque otra organización fundamental del conflicto se suma a los esfuerzos pacificadores, sino porque abre una oportunidad para el cese definitivo de las confrontaciones armadas en esa nación sudamericana.

Pero los principales analistas señalan que el fenómeno del paramilitarismo y las pequeñas bandas criminales (Bacrim) que se han ido desgajando de los carteles de la droga y otros actores armados, también son piezas claves en la construcción de la paz para Colombia.

El ELN es una organización guerrillera distinta a las Farc-ep, con puntos coincidentes en sus programas políticos, en las reivindicaciones sociales que reclaman, pero diferentes en identidad, historia, estructura y métodos de lucha; por lo cual no puede cuestionarse que no hayan ido juntas al proceso de diálogos de paz.

No obstante, ambas se reconocen como piezas de un mismo conflicto que necesariamente debe terminar, según manifestaron en los contactos autorizados que tuvieron sus directivas en La Habana: dos mesas, un proceso, un mismo final.

La noticia del miércoles, celebrada en varias partes del mundo por activistas, líderes sociales, víctimas, gobiernos nacionales o simples espectadores de una guerra que les duele, no cayó del cielo; sino que es resultado de un periodo relativamente largo, “exploratorio y confidencial” —describe el propio acuerdo—, realizado entre las dos partes contendientes desde enero del 2014 a marzo del 2016 en Ecuador, Brasil y Venezuela, con Noruega unido a los tres como garante y el acompañamiento de Cuba y Chile.

Aunque se sabe que el retraso fundamental de un concilio está en las diferencias naturales de sus partes, no debe soslayarse que solo el tiempo que duró esta “exploración confidencial”, dice bastante de la profundidad de los análisis y la intención persistente por llegar a un acuerdo de diálogo con bases sólidas, que puedan aportar concretamente, en el camino por conseguir la firma del final del conflicto y el logro de una paz estable y duradera.

Dos años y tres meses de exploración también señalan que no hubo mucho divorcio con el proceso paralelo de La Ha­bana, ni que tampoco el ELN solo se animó con los avances notables de las conversaciones en Cuba; pues se puede deducir que el camino comenzó a labrarse cuando las FARC-EP y el Gobierno apenas llevaban poco más de un año sentados a la mesa.

Está claro, además, que el proceso en la Isla liberó algunos obstáculos que de igual modo estarían en las negociaciones con el ELN, e incluso permitiría aprovechar instrumentos y marcos institucionales ya avanzados.

La propia agenda, presentada en un orden de seis puntos principales, refrenda similitudes evidentes e insoslayables a la ruta seguida en La Habana, aunque puedan variar en las especificidades de su ejecución.

El tema de tratamiento a las víctimas (cuarto punto), por ejemplo, ha sido primordial también para las FARC-EP, y en relación a cómo se tratará con el ELN, el propio Frank Pearl, jefe de la delegación del Gobierno, afirmó en conferencia de prensa que este acápite sería el centro de los debates.
Como objetivo medular, por supuesto que el fin del conflicto armado (quinto punto) es horizonte de las dos latitudes, en tanto la implementación (sexto punto) es acción indispensable para materializar los acuerdos de ambas mesas.

Si a pesar de ser dos procesos distintos, la paz en una misma nación es el propósito común, entonces inevitablemente habrá una articulación entre las negociaciones, y así lo prevé el propio acuerdo leído el miércoles por los jefes de las delegaciones: “Una vez hecho público este proceso, se establecerán mecanismos con la Mesa de La Habana para identificar temas en que se requiera coordinación y sincronía”.

Novedosa, sin embargo, resulta la participación de la sociedad en la construcción de la paz como primer punto de la agenda; un tema que el ELN llevó como bandera a cada intento fracasado en décadas anteriores, y que ahora tal parece fue considerada positivamente por el gobierno, en pos de que las conversaciones sean “un ejercicio dinámico y activo, incluyente y pluralista”; donde a pesar del carácter bilateral de la negociación, tengan un lugar con voces, con propuestas, los más diversos sectores, organizaciones y tendencias de la sociedad colombiana.

Tampoco puede decirse que en La Habana no se haya promovido esta inclusión. Más de 60 víctimas del conflicto visitaron la mesa, y constantemente llegan vía digital recomendaciones, propuestas, sugerencias de la sociedad civil colombiana que se compendian y preceden cada sesión negociadora; pero que en el acuerdo ELN-Gobierno haya quedado tan explícito y conforme, da magníficas señales de cara a un entendimiento.

Otro aspecto distintivo del nuevo proceso es la pluralidad de sedes que tendrá. Ya se anunció que la mesa pública de conversaciones quedará instalada en Ecuador, que habrá allí una primera sesión, y que luego rotará por otras cuatro naciones, aún sin un orden definido: Brasil, Venezuela, Cuba y Chile, con Noruega sumada como sexto garante.

Para esta fase pública ya no habrá acompañantes, y según trascendió, cada sesión definiría la próxima sede que, en pos de la celeridad manifiesta en el acuerdo, acogerá el diálogo al cabo de un receso siempre inferior al periodo de trabajo.

Pocos procesos de paz en la dinámica mundial han tenido esta peculiaridad. Habrá sin dudas un mayor movimiento, complejidad superior en materia logística, y ya hay quienes cuestionan los riesgos posibles a la confidencialidad o de influencias externas que sobre el diálogo puedan generar los escenarios distintos.

Como muchos aspectos en el orden práctico, esto también está por definir; sin embargo, a los ojos del mundo es visible la connotación política que presupone el compromiso evidente y concreto de varios países latinoamericanos involucrados directamente en la resolución del conflicto.
Que América Latina y el Caribe se consolide definitivamente como zona de paz, dependerá del fin de esa guerra larga, y el esfuerzo integrado de varias de sus naciones en el proceso de diálogo, señala que el compromiso fue serio y materializado en hechos.

Otras dos señales dan fe de que el camino de las conversaciones es el correcto: primero el apoyo internacional refrendado en grandes tribunas como Naciones Unidas, Celac, Unasur o el Movimiento de Países No Alineados, y segundo, el cambio diametral en la posición norteamericana de apoyar la resolución pacífica de la misma conflagración que antes alentó, con un Plan Colombia de diez mil millones de dólares para equipar un ejército que barriera a la insurgencia.

Qué podrá demorar. No lo dudemos. El camino empieza ahora y las diferencias están, aunque parecen dispuestas a merced de una sincera voluntad de paz. Buenas lecciones ya dieron las conversaciones en La Habana, cuyos avances notables en tres años y cuatro meses, rompieron para bien los registros promedio de otros procesos similares en el mundo.

Liada en la sexteta de países que intervienen, otra vez Cuba participa, promueve, acompaña y facilita espacios al diálogo. Artífice ejemplar de la mesa con las FARC-EP, nuevamente participa, ahora en el empeño de completar una paz con un esfuerzo que no quiere dejar a medias. Ya le han agradecido con creces, a la par que su gobierno retribuye en gratitud la confianza otorgada.

Insoslayable en su rol, Venezuela también crece como pilar de un proceso que gestó el presidente Hugo Chávez, y ahora sigue con similar compromiso el gobierno de Maduro, aún en medio de las complejidades que libra contra el boicot de la oposición interna.

Lo cierto es que la región se moviliza y de conjunto abre un camino promisorio.

Tras el anuncio del miércoles, hay más preguntas que respuestas, sobre todo en la concreción práctica de muchísimos detalles; pero con la puerta abierta al diálogo entra también una nueva esperanza, puede verse un camino, y al final, la posibilidad inmejorable de conseguir la paz definitiva de Colombia y de un continente entero.

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