Una vez más se acude a la mesa de negociaciones con la intención de enrumbar el destino de Siria; y por ello, de urgencia, se ha convocado una nueva Conferencia en Ginebra, con ingredientes externos, como es natural, y representantes de los grupos opositores, excluyendo a los terroristas.
Hasta el último momento, el tema de los llamados “opositores” ha sido punto de fricción entre quienes, como Washington y algunas monarquías del Golfo, identifican con esa definición a todos aquellos que combatan contra el gobierno legítimo de Bashar al Assad.
No obstante, el gobierno sirio, más interesado que nadie en que vuelva la paz a su país, se ha mostrado abierto al debate e, incluso, una vez cesada la guerra, a convocar elecciones en un plazo relativamente corto.
Sin embargo, para que algo funcione en estos objetivos de paz, tiene que acabarse el terrorismo dentro de Siria. Y para erradicar a los grupos terroristas solo hay una opción: combatirlos y derrotarlos; no financiarlos ni apoyarlos bajo la lupa de opositores.
El momento en que se ha convocado por la ONU, con la colaboración de Rusia y Estados Unidos y, por supuesto de Siria, la actual Conferencia de Ginebra, está matizado por continuadas victorias del ejército sirio contra los terroristas del llamado Estado Islámico (EI) y otros grupos dentro del país.
De igual forma, ha avanzado y consolidado la colaboración militar rusa y los ataques de su aviación, que han permitido liberar grandes extensiones de territorio, ciudades y pueblos a los que ya han regresado más de un millón de personas que habían sido desplazadas por la guerra.
Todo indica que la tranquilidad va abriéndose paso en un territorio infestado por grupos que han actuado con toda impunidad, cruzando fronteras, traficando con petróleo robado a refinerías locales; o vendiendo parte de un patrimonio milenario, el que aun no ha sido destruido por las acciones bárbaras.
En mi opinión, son estas las principales razones que pueden hacer posible esta Conferencia, aunque es prematuro augurar su total éxito.
Es vital que la comunidad internacional y principalmente los componentes foráneos de poder, que de una manera u otra han ayudado a la existencia de estos grupos terroristas suministrándoles armas y dinero, opten de una vez y por todas por cesar ese apoyo y dedicar recursos y esfuerzos a la reconstrucción de Siria y a la convivencia de todos sus hijos en un esfuerzo común por la paz.
Rusia insiste en que haya negociaciones directas entre el gobierno de Damasco y la oposición. Al respecto el canciller Serguei Lavrov apuntó que el destino de Siria solo puede ser decidido por el pueblo sirio. “Pero no en el campo de batalla o a través de un levantamiento, sino con un diálogo político”.
Estados Unidos, por su parte, insiste en “soluciones sin Al Assad”, es decir, supeditar cualquier plan al derrocamiento o la dimisión del actual gobierno.
Pienso que las divergencias de criterio foráneas deben, en primer lugar, contar con la opinión aprobatoria de las actuales autoridades de Damasco, y, además, recordar que esa guerra de cuatro años y medio, ha costado la vida a más de 250 000 personas, mientras 4,2 millones han tenido que migrar allende los mares o desplazarse hacia otras regiones del país.
Obviar estas realidades es perder el tiempo en reuniones y conferencias permeadas por intereses geopolíticos de quienes han convertido la región del Oriente Medio en un campo de batalla, tras el petróleo y el gas que allí anida su suelo.
En el campo militar, aun cuando el avance del ejército local ha sido grande, en las gobernaciones de Alepo, Idlib y Latakia, se mantienen unos 12 000 terroristas del llamado Frente al-Nusra, rama siria de Al Qaeda, y otros 5 000 miembros del Estado Islámico.
Precisamente en esa zona se encuentran los corredores por donde entran armas, municiones y hombres reclutados para formar parte del Estado Islámico, de acuerdo con reportes de la Red Voltaire.
La propia fuente señala que en el norte de Siria, los campos de petróleo de la gobernación de Raqqa se hallan bajo control de un grupo de 2 500 elementos del Estado Islámico; mientras en el noreste, en la frontera con Irak, los campos petrolíferos de Ash Shaddadyi todavía están dominados por 2 500 combatientes del EI.
En el sureste, en la frontera con Irak, efectivos terroristas tienen ocupados los campos petroleros de Abu Kemal.
El escenario, como se constata, requiere de una gran conjunción de factores —internos y externos— que apuesten por el derecho a la vida que tiene el pueblo sirio.
Ese clamor debe prevalecer, sea en los salones de la ONU en Ginebra, o en los centros de poder en Washington, Europa y monarquías del Golfo.
Todos pueden apostar a la paz, a la reconciliación entre sirios, y a volver a levantar un país lleno de cultura e historia que ha sabido sostenerse por sí mismo, resistiendo los embates del terrorismo y el injerencismo exterior.















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