La cifra de migrantes que han huido de las guerras en Siria, Irak y Libia, y se han lanzado al Mediterráneo en busca de “otra vida”, ya superó el millón de personas. Y los conflictos, en uno y otro lugar, continúan.
Los últimos datos cifran en un millón seis mil los emigrados a Europa por mar y tierra. De ellos, la mitad son provenientes de Siria, el 20 % de Afganistán y el 3 % de Irak. Otros infortunados que llegan al nuevo año a la deriva —si no perecen en el cruce—, son de países de la sufrida África. Los muertos contabilizados al tratar de cruzar la ruta marítima suman 2 889.
El caso más conmovedor de esta tragedia fue el niño sirio Alan Kurdi, de tres añitos. El menor, su mamá y su hermano de cinco años se ahogaron mientras intentaban atravesar por mar hacia Europa. La foto de su cuerpecito sin vida, tirado en la arena en la costa griega del Mar Egeo, ha conmovido a la comunidad internacional.
Sin embargo, lejos de constituir un ejemplo para resolver de una vez y por todas la guerra en Siria y buscar recursos para mitigar el hambre de millones de africanos, se ha sumado a esta problemática la represión, el levantamiento de muros y otras medidas adoptadas en varios países del Viejo Continente, en algunos de ellos donde ya la xenofobia antiinmigrantes se había hecho presente.
MIENTRAS...
No hace falta hacer un resumen numérico de las principales dificultades que viene afrontando —y no solucionando— el escenario que dejamos atrás ahora con la llegada del 2016. De esa gran lista, digamos que las guerras continúan; el hambre no disminuye; las enfermedades matan a millones de seres humanos; los efectos del cambio climático no solo amenazan sino que se han convertido en una letal realidad.
No han faltado cumbres y congresos, declaraciones y llamados; reuniones por cientos, pero el terrorismo sigue presente, mientras algunos que dicen combatirlo, hacen lo contrario cuando arman o financian a grupos —terroristas también— que tildan de moderados.
De esa forma recibimos el anuncio por los días finales del año 2015 de que, tan pronto comenzara enero, habrá conversaciones para poner fin a la guerra en Siria.
Rápidamente busqué en mis archivos y encontré cuatro anuncios similares en los dos o tres años que anteceden. Y, en todos los casos, la pretendida solución no llegó. El motivo: fuerzas hegemónicas occidentales encabezadas por Estados Unidos, continuaron con la aplicación del doble rasero de su política, poniendo la condición de la renuncia del legítimo presidente de Siria, Bashar al-Assad.
¿Será este 2016 el año de la paz verdadera en Siria? ¿Lo será para los afganos, los iraquíes o los libios? ¿Se impondrá el diálogo y la flexibilidad por encima del lenguaje de las armas y de intereses foráneos? Ojalá así sea, de lo contrario, seguiremos mal viviendo en un mundo a la deriva.
Otros elementos se suman a la incertidumbre de los venideros meses, días, horas, minutos y hasta segundos. ¿Seguirán el Complejo Militar de Estados Unidos y sus empresas transnacionales, incluido bancos y grandes medios de comunicación, sirviendo de brújula para conducir hacia el barranco los destinos de la humanidad? ¿Seguirá siendo el dominio del petróleo el punto de mira, usado como medio político para desestabilizar países y derrocar gobiernos; y bajar o subir sus precios de acuerdo con intereses hegemónicos?
Sucede otro tanto con los flagelos del hambre y las enfermedades, principalmente en países del Tercer Mundo, que lejos de recibir ayuda para el desarrollo lo que se hace con ellos es sacarle del vientre de sus tierras hasta el último gramo de mineral, mientras se siembra la contaminación, desertificación y otros males que conducen inevitablemente a los grandes efectos que se sufren hoy por el cambio climático.
Sobre el tema clima —quizá el que más urgente solución necesita— todavía vivimos bajos los efectos alentadores de la reciente Cumbre de París. Sin embargo, llegamos al 2016 sin que se conviertan en realidad aspectos tan apremiantes como el financiamiento de los países ricos a los pobres para que puedan emprender medidas que reduzcan o eliminen la contaminación del clima sin renunciar al desarrollo y a la vida.
Terminamos un 2015 y enrumbamos por el 2016 con una Europa llena de cicatrices por heridas causadas por una crisis económica y social que es el mejor reflejo de una cuestión mayor: la crisis sistémica. También, y hay que decirlo, en ese espectro político, no se ha vislumbrado aún la unión necesaria de fuerzas —llámense de izquierda o progresistas— que, puestas de acuerdo puedan constituir el frente necesario que deje atrás las tinieblas del neoliberalismo o capitalismo salvaje.
Son tiempos en los que más se necesita la unión. Allí está la fuerza única que podría revertir la situación de un mundo donde ahora, además, Occidente pone en práctica los llamados golpes suaves y cada vez más el poder mediático al servicio de esos intereses guían acciones de golpes de estado y guerras y exacerban conflictos étnicos y religiosos.















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sonia dijo:
1
4 de enero de 2016
10:32:23
MIGUEL ANGEL dijo:
2
4 de enero de 2016
13:56:30
Javier dijo:
3
4 de enero de 2016
15:20:17
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