Cinco años de devastadora guerra es tiempo más que suficiente para que los inspiradores del conflicto sirio, concluyan sus acciones de irrespeto a la soberanía de la nación árabe, y acudan de conjunto a la mesa de diálogo donde se pueda encontrar —en primer lugar— la fórmula para acabar con tanta impunidad cómplice hacia los grupos terroristas que operan en ese país.
Siria es un país soberano. Gozó de estabilidad y mostró al mundo índices loables de desarrollo en función del beneficio social.
De no ser así, cómo explicar entonces que el presidente Bashar al-Assad cuente con apoyo mayoritario de la población y haya podido resistir ante una guerra impuesta, financiada y armada desde el exterior.
La gran confirmación siria es que terrorismo hay uno solo aunque Occidente lo identifique de otra forma.
¿Cómo es posible entonces mantener viva la opción de la victoria en un país con un alto por ciento de su patrimonio destruido; con casi todas sus familias mutiladas por las acciones terroristas; con sanciones económicas de Occidente y un entorno donde predominan desde la hostilidad israelí hasta el financiamiento de los grupos terroristas, y la vulnerabilidad de fronteras hoy convertidas en porosas vías por donde cruzan mercenarios hacia Siria y salen miles de toneladas de petróleo que el Estado Islámico (EI) vende ilegalmente y que es su principal fuente de financiamiento?
Sus recursos energéticos —gas y petróleo— por su orden; y su situación geográfica, la han convertido en mirada de la geopolítica mundial y en la fruta deseada por quienes quieren su control para desde allí, ejercer el poder hacia otros países. Pero Siria afronta también —y de manera muy destacada— el interés de Occidente por su ubicación geográfica como camino más cercano en las aspiraciones mayores: Irán y Rusia.
Siria y la República Islámica de Irán han mantenido no solo una buena relación bilateral en todos los aspectos, sino una identificación de sus políticas que constituyen muro de contención contra quienes como ave de rapiña lanzan sus garras directa e indirectamente.
Con respecto a Rusia, es histórica la identificación de uno y otro país en cuanto a su política exterior, principalmente en la región del Oriente Medio y Asia. Moscú cuenta con una base naval en Tartus. La Flota Mediterránea rusa garantiza la llegada de recursos logísticos a Siria y evita que las líneas de suministros se vean afectadas, a la vez que aseguran la defensa antiaérea.
En cumplimiento de la solicitud de Siria, Rusia lleva a cabo misiones militares en ese país desde el 30 de septiembre último con unos 50 aviones bombarderos Su-34, Su-24 y Su-25, cazas Su-30 y helicópteros Mi-28 y Mi-24.
PROVOCACIÓN PELIGROSA
En el contexto sirio actual se hace, más que necesaria imprescindible, la coordinación de acciones militares foráneas para evitar posibles “errores” que puedan convertirse en provocaciones peligrosas.
Ese es el caso del reciente derribo por la aviación turca del avión militar ruso que actuaba contra los grupos terroristas del Estado Islámico en zona cercana a la frontera entre Damasco y Ankara.
Los estados vecinos a Siria y demás potencias occidentales han sido informados debidamente por Moscú de la participación de su aviación militar en estas acciones antiterroristas, a petición del gobierno legítimo sirio.
Por todo ello, el hecho del derribo del avión ruso y la muerte posterior de uno de sus pilotos por parte de los terroristas que operan en esa zona, ha servido para echar más leña al fuego en una zona explosiva y donde Occidente ha jugado —y lo sigue haciendo— a una lucha contra el terrorismo a su manera.
Es real que mientras Occidente declara estar involucrado en la coalición para combatir al Estado Islámico (EI), apoya con dinero y con armas a otros grupos, también terroristas, que utilizan la violencia como objetivo para derrocar al presidente Al Assad.
Un elemento adicional en este contexto que no puede olvidarse es el hecho de que al avión ruso lo derribó en territorio sirio, un avión de la fuerza aérea de un país miembro de la OTAN, engendro militar muy interesado en exacerbar el conflicto y continuar la guerra que tanto beneficio económico aporta al complejo militar estadounidense, cabeza de la alianza atlántica.
La OTAN, que trata de cercar a Rusia utilizando para ello el golpe de Estado y la situación de inestabilidad creada en Ucrania por Occidente, ve con muy buenos ojos todo lo que tienda a crear estados de opinión adversos a Moscú.
Desde el momento mismo en que Vladimir Putin decidió aceptar la petición de Damasco y emprender verdaderas acciones contra el Estado Islámico y todo lo que huela a terrorismo en ese país, Occidente, lejos de cooperar, realiza actos como el del derribo del avión militar ruso y sigue apoyando a otros grupos que dentro de Siria también ejercen el terror, y todo ello con la franca intención de derribar al gobierno de Bashar al-Assad e instalar en Siria a autoridades afines a Washington y Bruselas.















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