
LA INVASIÓN, Táchira, Venezuela.—Quien lo vea así, delgado, más intranquilo que sus dedos cuando pulsan la guitarra, y casi siempre rodeado de un coro de niños entusiasmados, no imagina que Leonel Piñate ha estado, solo con su arte, en los lugares más convulsos del país.
Las guerras que ha vivido no son suyas, al contrario. Llegó cuando el ambiente ardía, en febrero del 2014, bajo la ola violenta de las llamadas “guarimbas” contrarrevolucionarias.
Pero su oficio es el arte, que solo invoca un espíritu de paz, y aunque arribar a un lugar tan distinto al Jatibonico querido de su Isla le provocó un susto natural, muy pronto vio que con sus habilidades podía plantar bandera en cualquier circunstancia, la más peligrosa incluso, y vencer su propia batalla.
Lo demostró con creces en el primer lugar en que estuvo, y luego en el segundo, donde se encuentra ahora; al cual llegó también en condiciones de guerra, para triunfar otra vez.
Leonel se instaló muy cerca de la frontera colombiana, en los bordes de alta volatilidad social que dan cierta fama al estado occidental de Táchira.
El Palotal se llama el lugar exacto, y tan extrema era la pobreza, que él no creyó posible llevarse nada de allí al terminar su misión.
“Me equivoqué. Traje demasiadas cosas, de esas que no se acaban nunca, porque van en el alma y son puros sentimientos”, asevera, antes de hacer su historia preferida.
“Su nombre es Raisan Caicedo. Tiene 22 años, pero para sus padres, y por su padecimiento, sigue siendo el pequeño. Lo oí cantar una vez, en una actividad del pueblo, y cuando me acerqué, con el propósito de integrarlo a mi proyecto, sus papás me adelantaron su problema como si fuera para mí un impedimento: el niño es autista.
“Enseguida supe que para un instructor de arte, la historia aquella sería un tremendo reto, y al instante lo acepté con gran interés. La música revela lo mejor de Raisan, y cuando canta parece que vive su momento de placer.
“Disfruto tanto como él de los ensayos y de sus presentaciones, y a sus padres, cuando lo ven, se les nota una alegría incomparable por el hijo feliz, tomado en cuenta a pesar de su enfermedad.
“El caso de Raisan es especial, es verdad, pero he notado que la misma felicidad la sienten todos los niños que se suman a las opciones culturales.
De pronto no tenían nada, y de momento llega uno con sus iniciativas y les parece lo más grande del mundo.
“Así pasó en El Palotal. Cuando llegué, lo primero que hice fue conformar una estudiantina, con niños que nunca habían visto un cuatro o una maraca, y al poco tiempo aquello era una revolución de músicos pequeños”.
Hace unos siete meses, Leonel fue trasladado al segundo de los escenarios conflictivos, conocido como La Invasión; justo en el borde binacional y en el sitio exacto que poco tiempo después, por delitos asociados al paramilitarismo y el contrabando de extracción, sería un detonador para que Venezuela, en defensa legítima, declarara varias zonas fronterizas en estado de excepción.
Estaba allí cuando irrumpieron las tropas bolivarianas a desmantelar la red criminal que dominaba el sector, y allí permaneció, porque sus niños no podían quedarse, de pronto, sin las opciones que él mismo les ofreció, y que todos los días los salvaban de la marginalidad, por la posibilidad de irse a tocar el cuatro, unas maracas, cantar o bailar una danza.
“Traje a La Invasión la experiencia del trabajo en El Palotal, y otra vez todo salió bien. Hoy no caben en el simoncito (especie de círculo infantil) las niñas que vienen a los ensayos de danza, y tengo tantos pequeños músicos como los tenías allá”.
Sin embargo, los lazos fueron tan fuertes que no pudo desatarlos todos, y como hay cierta cercanía, siguió cultivando sus historias preferidas de El Palotal… como las de Raisan.
“Sigo trabajando con él. Voy hasta su escuela a montar los números, a ensayar, y ya hasta aprendió a tocar maracas.
“Es que no ha sido posible desprenderse. Sus padres me
llaman, mandan por mí cuando está muy alterado y tiene crisis de agresividad, pero hay que ver como lo calma la música.
“Me respeta más a mí que a ellos, y cuando vamos todos juntos a una actividad, quien lo tutea y lo controla, soy yo. Quien le dice Raisan párate, Raisan siéntate, Raisan vamos… soy yo, no el papá.
“Si una actividad termina y yo no me acerco a decirle, ‘Raisan, felicidades, lo hiciste muy bien’, ese niño se va con el corazón roto de la tristeza.
“Eso se llama sensibilidad, y son la cosas que yo llamo la magia de la cultura. Por experiencias como estas es que siempre voy a estar orgulloso de lo que soy.
“Aquí trabajo todos los días al lado de un médico, veo lo que hace y siento admiración. Luego miro mi taller lleno de niños contentos y recuerdo lo que esto era cuando llegué. Ahí está el orgullo mío: la cultura también puede salvar vidas”.













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leonel piñero dijo:
1
15 de diciembre de 2015
07:23:22
Anar dijo:
2
15 de diciembre de 2015
08:00:34
natacha chirole lizama dijo:
3
15 de diciembre de 2015
11:33:04
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