
VALENCIA, Carabobo, Venezuela.—Nueve meses es el periodo natural de la gestación de un hijo, y es, a la vez, el tiempo que lleva aquí Magdeline Domínguez. Vino de Cuba con un temple de atleta a prueba de nostalgias, pero es madre, y esos dones no se separan nunca, sino que siguen dándose de un modo y con tal fuerza, que logran reproducir el amor maternal en quienes la rodean. Ella llegó sin precipitaciones a la pista de goma, y allí encontró un grupo de hombres recios con rostros desconfiados y actitud atrincherada, como suele pasarle al carácter cuando el infortunio de un accidente roba una parte física del cuerpo. “Aquí hace falta un amor diferente”, dijo, y empezó.
Magdeline es, ahora mismo, entrenadora deportiva para discapacitados en la ciudad de Valencia, capital del estado de Carabobo. Vino de Mayarí, tierra holguinera, con las dotes necesarias para promover la cultura física desde lo popular; pero también incursionar en la alta competencia. Así llegó a la Unidad Educativa de Talentos Deportivos Batalla de Carabobo, y entre tantos atletas en formación, encontró a sus muchachos. “Fue un inicio difícil, sobre todo aquí en la pista. Las personas discapacitadas tienen sus reservas, y van dando su confianza poco a poco, en la medida en que se sienten seguros”, relata Magdeline.“Me di cuenta que trataban de probarme, de medir de alguna forma mi profesionalidad. Dudaban de que pudiera ayudarlos, y debía demostrarles.
“Pude haber explotado de impaciencia, pero con cariño se resuelve todo, y sin dar una muestra mínima de lástima los fui acoplando a mi modo. Definí un horario, una disciplina, una nueva rutina de entrenamiento, y los resultados enseguida comenzaron a hablar por sí solos, y a convencerlos. “Desde el principio, la clave fue darles el mayor protagonismo. Si hacían un lanzamiento, les hacía las correcciones en forma de sugerencia: ‘¿no crees que sería mejor tal ángulo?, ¿y si inicias el movimiento antes?, ¿no será mejor cambiar el agarre?”...
“Fui ganando la autoridad poco a poco, porque notaban que el avance era muy rápido, que tenían potencial para mucho más. Entonces sus expectativas subieron, comenzaron a pedirme instrucciones, consejos, mayor intensidad en el trabajo. Fue la hora de poner mis condiciones. “En los últimos dos juegos nacionales, Carabobo fue el estado ganador, con 52 medallas en uno, 27 preseas en el otro, y algunos de los muchachos convocados a la selección nacional. Ahora mismo en Toronto tenemos representación.”
A toda velocidad pasa por su lado Gregorio González, y ella le toma el tiempo: “Muy bien, pero no desaceleres el remate”, le indica. Gregorio nació sin piernas, y aunque desde su silla inició en el baloncesto, no demoró en reconocer que el atletismo era lo suyo. Su constancia lo llevó a unos juegos en La Habana, y de allá volvió con un cariño especial por los cubanos. “Algunos años después nos vino esta bendición de tener a los entrenadores acá, y hasta yo, que ya tenía mucho tiempo en esto, he aprendido más con los cubanos. Con la profesora la relación ha sido especial, y ahorita lamentamos que no pueda irse con nosotros a los juegos próximos, porque irá de vacaciones a Cuba.
“No será lo mismo sin ella allí. Estoy seguro que obtendré medalla y quisiera que fuera ella quien me la colocara en el cuello. Pero de algún modo estará presente, y en su nombre, ganaremos.”
Gregorio no es el único que habla con esas palabras. Hay otros que también son la cosecha de una dulzura sembrada, porque el ejercicio recio del deporte también lleva corazón, y Magdeline ha sabido entrenar sin dejar de entender que el amor es una primera puerta que da paso a la voluntad de los hombres.
“Para la mayoría soy la que escucha los problemas que traen de casa, la que ayuda a vencer la frustración, quien los convence día a día de que pueden más y de que su discapacidad no es ninguna barrera imposible”, apunta.
Ronald Suárez, por su parte, ya tiene otras pretensiones más altas que en sus inicios, y otro carácter también, “porque la entrenadora como que nos amaestró. A veces nos pasamos de arrechos, y ella siempre se comporta a la altura de los problemas, con una ternura que calla todo el impulso”.
Pero a Ronald le emocionan más los resultados que ve en el ámbito deportivo, y ya anda en la búsqueda urgente de las prótesis adecuadas para correr en la pista: “La constancia de la profe ha elevado mis aspiraciones hasta la competencia internacional.”
Y es que el embullo le viene de muy cerca, porque esa misma mañana Jesús Aguilar, su compañero de pista, acababa de lograr allá en Toronto una medalla de bronce. Magdeline lo oyó y lo tomó como broma.“No juegues así”, le dijo, pero los otros atletas corrieron a confirmarle, y la profesora, incrédula, empezó a asimilarlo en una lágrima.
Entendimos entonces que aquel era su secreto: la alta sensibilidad, la razón poderosa del querer de sus muchachos”. Magdeline, o la profe, o la madre, tiene esos otros hijos que le regaló el oficio: “Esa es mi satisfacción, verlos crecer, con un amor más alto que su discapacidad”.













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